En el día internacional del docente

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Xavier Massó_editedX.M / x.masso@catalunyavanguardista.com

Desde el año 2008, en que lo implantó la UNESCO, el 5 de octubre es el día mundial de los docentes. El lema de este año es “¡Invertir en el futuro, invertir en los docentes!”. La idea que se pretende transmitir con ello aparece meridianamente clara, los docentes, en sus distintos niveles desde  Primaria y Secundaria hasta la Universidad, son los encargados de llevar a cabo la transmisión a las nuevas generaciones de los conocimientos que constituyen el acervo cultural e intelectual de la sociedad. Y que una sociedad que no cuide su sistema educativo, está descuidando su futuro. Algo que, por cierto, no parece que tengan demasiado presente los poderes y las distintas administraciones educativas españolas o catalanas. Basta con echarle un vistazo al reciente informe sobre los salarios de los docentes, o en dónde se han cebado con especial saña en los recortes educativos, para percatarse de ello.

También la función docente se encuentra hoy en día más que cuestionada desde posiciones que, amparándose ya sea en los planteamientos de ciertas teorías pedagógicas o, más recientemente, en la irrupción de las nuevas tecnologías, han llegado incluso, en sus manifestaciones más extremas, a plantear la prescindibilidad de la figura del docente o, como mínimo, su reconversión a otras funciones, más o menos asistenciales o residuales. Un planteamiento en mi opinión perverso e intelectualmente ramplón, sin que ello implique por mi parte el menor rechazo a la utilización de las nuevas tecnologías en aquello en que su uso pueda tener de positivo como instrumento, pero no como finalidad en sí, como parece plantearse a veces.

Un debate, éste, que se inscribe en realidad en otro más amplio sobre cuál ha de ser la función y los objetivos de un sistema educativo, porque de ello dependerá, lógicamente, la función que se le asigne al docente.

Tradicionalmente, el binomio docente/discente ha configurado el modelo académico

Tradicionalmente, en las sociedades históricas cuya evolución y complejidad conllevaba la existencia de unos saberes tematizados y sistematizados, la transmisión de dichos conocimientos se ha estructurado alrededor del binomio docente/discente que ha configurado el modelo académico, la academia como institución donde se transmiten estos saberes a unas generaciones que, a su vez, los adquirirán y avanzarán en ellos, permitiendo algo tan elemental como la condición de la posibilidad del progreso. Algo que, de tan consabido, ha llegado a desaparecer del horizonte al que debería atenerse cualquier modelo de sistema educativo.

El cuestionamiento del modelo de la academia como institución, y de la función asignada en ella al docente como transmisor de conocimientos, viene en realidad de muy lejos. Pero para no ser excesivamente prolijos, lo situaremospor un lado, en toda la constelación de movimientos de renovación pedagógica; al otro, la consideración de las nuevas tecnologías como algo que, por su propia naturaleza y por los cambios que está generando en la propia estructura social, serían ellas mismas el medio de transmisión de conocimientos, suplantando al docente y relegándolo a funciones más subalternas y marginales.

Desde el primer planteamiento, que definiremos como pedagogista, la crítica se centra tanto en el primado del método, o si lo preferimos, de la forma, sobre los contenidos materiales de los conocimientos a transmitir, como en la consideración que la función social de un sistema educativo no es la transmisión de conocimientos, sino la formación igualitarista en valores, la coeducación interactiva y, en definitiva, un cambio en la función primordial u objeto del sistema educativo, que no sería ya la «mera» transmisión de conocimientos, sino que consistiría en el primado de la educación frente a la enseñanza.

La función primordial del docente ya no es la transmisión de conocimientos, enseñar, sino que pasa a ser un «educador»

Se trata, según mi criterio, de una contraposición falaz entre los términos educación y enseñanza que parece no entender al segundo como una extensión del primero, y con su propio dominio. Todo ello de acuerdo con una axiología profundamente antiintelectualista que consistiría básicamente en la primacía de los procesos psíquicos sobre los intelectuales, y donde el objeto es, en sí, el alumno. Implícitos a esto son la negación del esfuerzo como valor, el aprender divirtiéndose, el aprender a aprender frente a la adquisición de contenidos o, un mantra que se está abriendo paso con gran éxito recientemente, la prioridad de la inteligencia emocional frente a la intelectual, y su inevitable correlato de priorizar la educación emocional sobre la intelectual etc. De acuerdo con estos planteamientos, que pueden ser más escorados hacia el pedagogismo o hacia el psicologismo según las épocas y las modas, la función primordial del docente ya no es la transmisión de conocimientos, enseñar, sino que pasa a ser un «educador», sin que quede tampoco demasiado claro en qué consiste exactamente tal atributo.

Dicho planteamiento es el resultado de un error conceptual consistente en no saber discriminar entre lo que es el objeto de un sistema educativo y el sujeto de dicho sistema, es decir, el destinatario. Y valga decir que ni aun en el supuesto que el objeto de un sistema se modificara o transformara, podría jamás ser éste substituido por su sujeto o destinatario, aquel sobre el cual se aplica. Porque entonces estamos ante una especie de metonimia en la cual algo se estaría aplicaría sobre sí mismo, lo cual no es el caso y nos lleva a una contradicción irresoluble.

O puede que tal error conceptual no lo sea en realidad, sino que se utilice como pretexto para desplazar el objeto del sistema educativo hacia funciones meramente asistenciales, con lo cual no sólo queda desnaturalizado, sino que la función de sus agentes queda también substancialmente modificada. Cuando en el año 2003, el por entonces ministro de educación francés Luc Ferry, proclamaba en su “Lettre a tous ceux qui aiment l’école”, que la función primordial de un sistema educativo es la transmisión de conocimientos, estaba cargando contra este planteamiento que, someramente, hemos tratado de dibujar aquí.

El segundo planteamiento que cuestiona el papel tradicional del docente, el de la aplicación o implementación de las nuevas tecnologías en el sistema educativo, no niega necesariamente, al menos desde su perspectiva teórica, que el objeto de un sistema educativo siga siendo la transmisión de conocimientos, sino que pone el énfasis en la utilización de dichas tecnologías como medio para la transmisión de  dicho conocimiento, arrogándoles con ello, al menos parcialmente, la función que el docente había venido ejerciendo tradicionalmente en dicho proceso de transmisión.

Desde esta perspectiva, hemos de decir de entrada dos cosas. La primera, que sin duda alguna las nuevas tecnologías han venido para quedarse y pueden ser sin duda un instrumento sumamente eficaz en la facilitación de las tareas tanto  docentes como discentes. La segunda, que en modo alguno la irrupción de estas nuevas tecnologías supone, a mi juicio, la substitución o la alteración de las funciones del docente, cuyo papel, en lo esencial, sigue plenamente vigente. Se trata simplemente de un medio auxiliar que puede ser sumamente eficaz, y en este sentido, se encontraría categorialmente en el mismo ámbito que las pizarras enceradas o las bibliotecas, pero no de un agente del sistema educativo. No verlo así, en mi opinión, es caer en una fascinación papanatas que confunde los fines con los medios, y a éstos con los agentes. Y así trataré de demostrarlo.

La «culpa» no la tienen las nuevas tecnologías, sino la intencionalidad «educativa» a la que se subordinan

Otra cosa es que, desde planteamientos hibridados que superponen una determinada ideología pedagógica con la utilización de las nuevas tecnologías, se siga postulando, explícita o implícitamente, la negación de la transmisión de conocimientos sistematizados como función primordial del sistema educativo, pero en este caso, la «culpa» no la tienen las nuevas tecnologías, sino la intencionalidad «educativa» a la que se subordinan.

Hemos dicho, y lo mantenemos, que categorialmente hablando, las nuevas tecnologías ocupan el mismo ámbito que las pizarras enceradas, las bibliotecas o los libros de texto. Son medios auxiliares contenedores de información y, ahí radica su inestimable aportación, pueden facilitar un acceso más directo y rápido a dicho información, pero no por ello son más transmisores de conocimiento que una biblioteca.

Su gran ventaja consiste en que, frente a la limitación en el espacio y en el tiempo de una biblioteca, ya sea particular, de un instituto o pública, las nuevas tecnologías ofrecen un acceso directo e inmediato a la biblioteca global, a la información sin más limitaciones que las inherentes a la naturaleza finita del conocimiento humano. Pero de la misma manera que, salvo posibles y excepcionales autodidactas, o el personaje de “La Náusea” de Sartre que estudiaba a través de la Enciclopedia, nadie ha obtenido su formación académica empezando de cero sólo en una biblioteca, tampoco las nuevas tecnologías ofrecen esta posibilidad.

Ni los libros ni las máquinas «enseñan»; quienes enseñan son los docentes, y sólo después de haber adquirido la base necesaria, a cualesquiera niveles,  puede uno «aprender» y hasta «aprehender» de los contenidos que, ya sin el docente, pueda obtener de un libro o en una máquina. Porque una cosa son los depositarios de contenidos de conocimiento, y otra el conocimiento y la base necesaria para su adquisición. Empezando por lo más elemental: nadie puede aprender a leer y a escribir, a sumar y a restar, solo frente a un libro o a una máquina.

La figura del docente es inseparable de la del discente. Y mientras haya discentes, habrá docentes  

Porque el conocimiento humano, tanto desde la perspectiva de sus contenidos sistematizados, compartimentado inevitablemente en distintas disciplinas según sea su objeto y el modo de aproximarse a él, como desde el de su adquisición progresiva a lo largo de un recorrido pautado y debidamente graduado, requiere de un proceso de transmisión a lo largo del cual su aprendizaje va consolidándose a distintos nivelesen sucesivas fases. Y a dicho proceso de aprendizaje les es inherente algo de lo que el instrumento auxiliar carece, la transmisión a través del razonamiento de otro humano que haga inteligible lo que, de entrada, no lo es. Aunque sólo fuera por eso, la figura del docente es inseparable de la del discente. Y mientras haya discentes, habrá docentes. Por más que algunos se empeñen en lo contrario.

Sirvan estas modestas líneas hoy, día internacional del docente, como homenaje a todos aquellos docentes que, denostados por los poderes políticos que, a la vez que les ponen palos en la ruedas a la realización de la labor que ellos mismos les han encomendado y los señalan como culpables de sus propios estropicios y frivolidad, siguen contra viento y marea ejerciendo y creyendo en la maravillosa labor de transmitir el conocimiento a las nuevas generaciones. Una tarea impagable y, con demasiada frecuencia, impopular, desagradecida y no reconocida socialmente. Eso también, como docente, lo sé muy bien.

Xavier Massó

Catédratico de Filosofía de Enseñanza Secundaria