Enigmas de la robótica

De los robots se ha dicho prácticamente de todo y se ha especulado casi con todo tipo de escenarios

¿Hacia la sociedad-ficción?

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Xavier Massó_editedXavier Massó /  x.masso@catalunyavanguardista.com

Los robots están de moda. Las expectativas que abren los avances científicos en inteligencia artificial, hacen que una sociedad robotécnica se empiece a vislumbrar como una realidad al alcance de la tecnología en un tiempo tal vez más cercano de lo que imaginamos. Y se abre con ello un escenario repleto de incógnitas sobre cómo afectará a la especie humana y a las relaciones entre los individuos. Puede que, en un futuro no muy lejano, los robots ocupen la mayor parte de los puestos de trabajo actuales, que los humanos los tengan también como mascotas o lleguen a mantener relaciones sexuales con ellos, que se les utilice con fines militares… Aplicaciones todas ellas muy distintas, pero que nos llevan a un mismo tema: los robots y los eventuales efectos de su irrupción entre los humanos.

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CV / Es un lugar común pensar que las creaciones literarias de la ciencia-ficción han inspirado y marcado la dirección que luego ha seguido la ciencia y sus aplicaciones tecnológicas. Desde Dédalo e Ícaro, hasta Isaac Asimov, con sus tres leyes de la robótica y la Psicohistoria, pasando, cómo no, por Julio Verne y sus fascinantes creaciones. Todo ello sin olvidar las utopías y las distopías, de carácter más marcadamente sociológico, pero siempre con la tecnología disponible al servicio de un determinado modelo social, o con éste adaptado a aquélla, cuando no sometido a ella.

El tema de los robots entra de lleno tanto en la propia concepción del hombre sobre sí mismo, como en el modo de relacionarse con sus semejantes 

Según esto, el afán por la consecución de determinados logros se habría visto impulsado por el poderoso influjo que estos modelos y creaciones visionarias, anticipadas a su tiempo, habrían ejercido sobre la voluntad humana, con la imaginación funcionando como referente y acicate de la inteligencia, marcándole la dirección a seguir. El tema de los robots entra de lleno en ello y suscita incógnitas e inquietudes en la medida que podría alterar, muy significativamente, tanto la propia concepción del hombre sobre sí mismo, como el modo de relacionarse con sus semejantes.

Aun así, este lugar común requiere de un matiz, dicho sea sin la menor intención de desmerecer ni banalizar el poderosísimo y activo papel de la imaginación como fuente de inspiración en toda actividad intelectual creativa. El germen de lo concebido por la imaginación siempre parte, inevitablemente, de lo real, de lo materialmente existente, al igual que el constructo resultante sigue siendo deudor de las leyes lógicas que regulan nuestro pensamiento y de la realidad que aporta el material para forjarlo. No estamos pues hablando de imaginación delirante, sino de una imaginación lógica que, como mínimo, concibe algo como posible en la medida que es pensable. Otra cosa será, ciertamente, que sea realizable o no. El viaje a la Luna de Verne lo fue; el que tuvo por destino el centro de la Tierra, en cambio, no parece asequible, al menos hoy por hoy. ¿Lo serán Daneel Olivaw o los Nexus 6[1]?

Dédalo e Ícaro / Wikipedia
Dédalo e Ícaro / Wikipedia

No imaginó Dédalo de la nada su artefacto volador, sino que se inspiró en los seres que tenía a su alcance: los pájaros. Igualmente, los primeros diseños de posibles submarinos eran lógicamente pensables a partir de los peces, y concebibles intelectualmente desde que Arquímedes elaboró su conocido principio. Que luego se pueda llevar a cabo o no, dependerá de que tengamos los conocimientos necesarios y la capacidad tecnológica para ello, así como de nuestra propia naturaleza y la del mundo en que lo proyectemos.

También hay otro factor que debemos resaltar antes de entrar en materia. En términos humanos, o sea darwinianos, evolutivos en definitiva, el acicate que proporciona la imaginación y su voluntad de plasmación de lo imaginado en términos de realización material, se ve enormemente estimulado en contextos de necesidad. Y es en estas situaciones límite cuando se han producido una gran mayoría de los hitos que han caracterizado, en forma de inventos y descubrimientos, los grandes logros de la  humanidad a lo largo de su historia. En definitiva, los materiales con que estaría construido esto que llamamos progreso.

El Nautilus de Julio Verne, por ejemplo, era una creación estética inscrita en un relato literario. Sin duda pudo impulsar la realización de algo –los submarinos- que, en cualquier caso, por entonces ya empezaba a existir en términos modernos[2]. Visto así, Verne habría sido, más que un premonitor del submarino, su gran propagandista. Pero la historia del submarino es otra, y en ella, el contexto de necesidad juega un papel también primordial. Por ejemplo, compensar la propia inferioridad naval en el supuesto de un conflicto bélico. ¿Sucedería lo mismo con los robots?

Y algo parecido a este «sí, pero…» que indicábamos en relación al papel  de las creaciones ficticias que habrían marcado el camino a seguir, ocurre con el concepto de progreso. El lugar común sería, en este caso, la caracterización del progreso como un proceso o una  tendencia a «mejorar» nuestra condición y nuestras disponibilidades, pero lo que subyace a él no es sino el sostenido aumento de nuestra capacidad de dominio sobre el medio, sobre la naturaleza, a partir de la adquisición de nuevos conocimientos y de su aplicación sobre él, transformándolo de acuerdo con nuestros intereses. Esta noción, la de progreso, comporta a su vez la consideración de que cada época esté en una situación de ventaja sobre la anterior, de la cual hereda los logros que, a su vez, mejora con nuevos avances. Y surge precisamente en el momento histórico que el estado de conocimientos alcanzado la hace intelectualmente posible, en el sentido de pensable: la revolución científica del siglo XVII y sus posteriores aplicaciones técnicas volcadas a la transformación del medio… en nuestro favor, claro.

No en vano, Descartes dedica una buena parte de su «Discurso del Método» a anunciar las indudables mejoras que su aplicación supondrá para la humanidad, abriendo unas expectativas cuyas consecuencias, como él mismo reconoce, no se estaba aún en condiciones ni de imaginar. Expectativas que se corresponderían a lo que en su momento era ciencia-ficción, pero que hoy son consolidados logros de la ciencia

¿Podemos acabar convertidos en objetos subordinados a nuestros propios logros?

La valoración positiva que merecerá este progresivo aumento del dominio humano sobre el medio parece quedar sobradamente justificada a partir de sus resultados. Ahora bien ¿cuál es, en términos conceptuales, el fin último de este proceso de progresivo dominio sobre el medio? ¿Hacia dónde tiende, de acuerdo con su propia lógica, el despliegue tecnológico? Podemos entonces preguntarnos si el propio proceso desplegado por el ser humano no tenderá a desplazarlo hacia la condición de objeto de sus propias creaciones, subordinándolo a ellas y enajenándolo de su originaria condición de sujeto, de protagonista. No faltan distopías que así lo anuncian.

En definitiva ¿Seguimos controlando el proceso? ¿Podemos acabar convertidos en objetos subordinados a nuestros propios logros? Igualmente, que hasta ahora dicho proceso haya repercutido indiscutiblemente en favor del género humano ¿implica que lo seguirá siendo indefinidamente sólo porque lo haya sido hasta ahora? ¿O nos encontramos tal vez a las puertas de una nueva versión de la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo, sólo que esta vez la contraposición no sería entre humanos –un amo humano y un siervo humano- sino entre humanos y sus propias producciones robóticas?

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La identidad del ser humano frente al robot

De los robots se ha dicho prácticamente de todo y se ha especulado casi con todo tipo de escenarios; desde cómo repercutiría en las estructuras sociales humanas -y en sus valores morales- su implantación masiva en todos los eslabones de la producción, o su adaptación como mascotas y objetos sexuales, hasta su utilización con fines militares. O también ¿qué supondría para la identidad del ser humano mirarse en el espejo de una inteligencia creada por él mismo, pero superior, como mínimo, en muchos aspectos resolutivos? Son preguntas que, a la vista de los progresos tecnológicos, adquieren por primera vez en la historia la categoría de posibles, no sólo en tanto que pensables, sino también de su realización material en un periodo de tiempo más o menos cercano.

Foto: globovision.com.
Foto: globovision.com.

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La eventualidad de una absoluta robotización de la producción humana, desde el más ínfimo al más alto de los eslabones jerárquicos de la cadena productiva, y las consecuencias que ello acarrearía, abren un amplio abanico de escenarios que van, desde las idílicas utopías, hasta las más inquietantes distopías. Si algo parece claro es que, ya metidos de lleno en la inteligencia artificial, en torno al 90% de los puestos de trabajo actuales podrían ser ocupados por robots dentro de un par de decenios. Eso es al menos lo que afirma Federico Pisono[3]. Si tenemos en cuenta el ritmo de crecimiento demográfico de la población y los índices de desempleo que esta robotización generará, podríamos llegar fácilmente a una situación en la que más o menos el 99% de la humanidad fuera «prescindible».

¿Qué supondría para la identidad del ser humano mirarse en el espejo de una inteligencia creada por él mismo, pero superior, como mínimo, en muchos aspectos resolutivos?

El planteamiento de Pisono resulta particularmente interesante, no sólo  por su condición de experto en la materia y por la forma abierta y sin ambages con que aborda las repercusiones que esta nueva situación puede acarrear según se enfoque y gestione, sino también por las analogías que guarda con tratados de economía como «El fin del Trabajo» (1995), de Jeremy Rifkin, con el cual acaba, en cierto modo, convergiendo en sus conclusiones y propuestas. Aunque sus pronósticos huyen del catastrofismo apocalíptico propio de los agoreros, no por ello dejan de exponerse con meridiana claridad los ciertos riesgos que conllevará un cambio tan radical si no se vehicula correctamente y con suficiente amplitud de miras. Un peligro del que también nos advierte Stephen Hawking[4] cuando nos anuncia que la inteligencia artificial podría acabar con la especie humana. Es, en cierto modo, como si una extraña maldición persiguiera los avances tecnológicos. Y siempre, con el hombre como víctima de los avances que deberían emanciparle de las servidumbres heredadas de la maldición bíblica[5].

 

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Amor y sentimientos con robots

La cuestión incluso se complica más si consideramos la irrupción de la robótica avanzada en otros ámbitos de la vida humana al margen del mundo laboral, como por ejemplo los robots de compañía, incluso pensados para mantener relaciones sexuales con humanos. Este es el parecer de David Levy[6], experto en inteligencia artificial, que considera que hacia el 2050, tal supuesto puede ser perfectamente una realidad. Asegura también que los humanos pueden llegar a desarrollar con respecto a los robots sentimientos como la ternura y el amor.

Un tema, el de la posibilidad de mantener relaciones sexuales con robots, que abre, a su vez, multitud de incógnitas y disquisiciones morales. Por ejemplo: ¿Serían las relaciones sexuales con robots equiparadas por las religiones al bestialismo? O entre los humanos ¿se consideraría como un adulterio? A su vez, si tratamos de yuxtaponer ambos aspectos, parece inevitable que nos venga a la mente la imagen de la Solaria asimoviana, el planeta poblado por humanos solitarios y sociópatas, rodeados de robots a su servicio que velan por ellos con tanto celo que acaban gobernándoles la vida hasta en sus más mínimos detalles.

El sexo con robots, un futuro cada día más cercano
El sexo con robots, un futuro cada día más cercano

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Parece, en definitiva, que lo que hasta hace poco era considerado un constructo de la imaginación más o menos fantasioso, y un tema sin duda interesante para la especulación y las fabulaciones literarias, puede convertirse en realidad dentro de un cierto tiempo. Y que es algo más que una remota posibilidad. Es especialmente significativo que ninguno de los referentes a los que nos estamos remitiendo, sean literatos o novelistas, sino científicos. Pisono, Hawking o Levy, son científicos o expertos tecnólogos. Asimov, por su parte, fue a la vez que novelista de ciencia ficción, un destacado científico. Saben, en principio, de lo que están hablando. La incógnita es, cómo no, si la robotización derivará hacia la realización de la utopía o si, por el contrario adoptará derroteros más bien distópicos. En definitiva: ¿El Dorado o el Apocalispsis?

No es tampoco que haya sido un tema inédito hasta nuestros tiempos el que estamos abordando, pero sí en la medida que se da bajo unos condicionantes que sí lo son en un escenario que cada vez tiene más visos de verosimilitud. No se trata ahora de fabulaciones literarias más o menos inspiradas en una realidad deseada y transformada por la imaginación, sino de una posibilidad real que puede llegar a estar al alcance de la mano. La polémica, no es nueva, pero los términos bajo los cuales se produce, sí.

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Economía y robótica

Con la inteligencia artificial, lo que se augura es la automatización del conocimiento, y con ello irrumpe en ámbitos que creíamos exclusivamente humanos

En el plano económico y desde una perspectiva optimista –fe en el progreso y en el carácter intrínsecamente positivo de los avances tecnológicos- la robotización de la producción puede verse ciertamente como un avance más, como un eslabón superior al que en su momento fue la mecanización. Los desajustes y las consiguientes crisis que su implantación produciría, con sus inevitables secuelas de desempleo masivo y los conflictos sociales que pudieran originarse, se resolverían a medio plazo con la reabsorción de la mano de obra desocupada en otras actividades o en una idílica sociedad del ocio, en la cual la producción habría dejado de ser un problema. Lo mismo habría ocurrido ya durante la Revolución Industrial, que empujó a la población del campo a las ciudades fabriles; o posteriormente, cuando la población desocupada por la mecanización de la industria se reconvirtió la mano de obra al sector terciario, cuya eclosión fue posible gracias precisamente al excedente de producción que dicha mecanización generó.

No lo ve exactamente así Federico Pisono, al entender que hay un cambio cualitativo de envergadura mucho mayor y de naturaleza muy distinta a los que se pudieran haber producido en otros momentos de la historia. Y ello simplemente porque, hasta ahora, la transformación había consistido en automatizar la potencia y convertir -o substituir- la fuerza del hombre, de los animales o de los elementos, por la fuerza de las máquinas. Ahora, en cambio, con la inteligencia artificial, lo que se augura es la automatización del conocimiento, y con ello irrumpe en ámbitos que creíamos exclusivamente humanos. Ésta es la gran diferencia, según Pisono.

Con la revolucíon industrial se suprimieron ciertamente muchos puestos de trabajo, y hubo en su momento resistencia organizada contra este proceso. Pero se crearon también nuevos empleos
Con la revolución industrial se suprimieron ciertamente muchos puestos de trabajo, y hubo en su momento resistencia organizada contra este proceso. Pero se crearon también nuevos empleos

Y sus consecuencias también lo serán necesariamente. La Revolución Industrial automatizó las faenas mecánicas. Con ello se suprimieron ciertamente muchos puestos de trabajo, y hubo en su momento resistencia organizada contra este proceso. Pero se crearon también nuevos empleos. Entiende Pisono que las personas que desplazaban barras de hierro cambiaron de actividad, pero ahora los puestos de trabajo humanos que se van a perder serán los que quedaban de aportación directamente humana: ingenieros, periodistas, gestores… Y no parece que nuestra estructura productiva, tal como está estructurada desde nuestro sistema económico, esté preparada para una generalizada sociedad del ocio. Tal vez la superproducción –mecanizada o robotizada- pueda objetivamente facilitarla ¿pero también subjetivamente? Y a su vez ¿Podría una economía capitalista de mercado seguir funcionando en estas nuevas condiciones bajo las mismas leyes, o estas mismas la llevarían al colapso?

Desde el punto de vista productivo, sin duda habrá mucha mayor producción. Es de suponer también que los robots, además de superar al hombre en calidad de ejecución, no requerirán de periodos de descanso vacacionales, ni fines de semana, ni la pausa para el café, ni se declararán en huelga. Ahora bien, si realmente los robots van a acaparar el 90% de los puestos de trabajo humanos actualmente existentes ¿Qué ocurrirá con los individuos desocupados? ¿Habrá que fingir nuevos empleos? Se plantea una situación que, en cualquier caso, o bien puede suponer la mayor oportunidad de la humanidad a lo largo de toda su historia, haciendo real por fin el mito de Prometeo, o tal vez lleve al colapso convirtiendo a la humanidad, como decíamos más arriba, en objeto subordinado al proceso del que inicialmente fue el sujeto creador… o a la Solaria de Asimov, superpoblada de robots y con una demografía humana ínfima, restringida a las posibilidades de ocupación.

Para Rifkin, la solución pasaba necesariamente por la imposición de impuestos a las máquinas, y dedicar lo recaudado a políticas sociales en pro del bienestar de la población

Visto desde el punto de vista de la humanidad en su globalidad, parece ciertamente difícil que el crecimiento demográfico actual pueda casar con tan drástica reducción de demanda de fuerza de trabajo como la que se intuye, al menos en el sistema económico actual. Porque toda producción necesita su mercado, y este, en definitiva, es humano. Pero en el fondo, esto sería ajeno a la lógica intrínseca del proceso productivo en sí. Como en «El fin del trabajo», en el cual Rifkin nos citaba las objeciones de un economista suizo del siglo XIX a lo que consideraba la lógica inherente a la progresiva mecanización industrial, cuyo ideal último, ironizaba, parece consistir en una cadena productiva completamente mecanizada que la reina de Inglaterra pone en marcha para que funcione por sí misma. Pero entonces, se preguntaba ¿Quién compra los bienes producidos?

Algo parecido se plantea Pisono, y llega a una propuesta similar. Para Rifkin, la solución pasaba necesariamente por la imposición de impuestos a las máquinas, y dedicar lo recaudado a políticas sociales en pro del bienestar de la población. Es decir, en una redistribución de recursos que, dicho sea de paso, parece casar bastante mal con las actuales corrientes hegemónicas en política y en economía. Pisono, por su parte, recurre a una noción más reciente: la introducción de una renta básica a todos los ciudadanos para compensar la pérdida de empleos. O eso, o el caos.

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La robótica y el instinto de conservación

También la irrupción de los robots en nuestras vidas genera otro tipo de problemas en forma de dilemas éticos. Un robot al frente de un coche autónomo, por ejemplo ¿Cómo debe programarse para que actúe en caso de accidente inminente? “¿Salva a la abuela, al niño o al vehículo de enfrente?”, se pregunta Pisono, para concluir que este es un tema para filósofos. Los robots, por más avanzados que puedan llegar a ser, carecerían de evolución genética y de instinto de conservación ¿Habría que introducírselo? ¿Hasta qué punto? Asimov lo resolvió en sus novelas con las tres leyes universales de la robótica[7] ¿Pero qué garantías tenemos de que todos los robots se fabricaran sujetos a ellas? Además, Asimov introdujo también muy hábilmente los problemas que dichas leyes entrañaban –problemas de lógica-, tanto para los robots como para los propios humanos, hasta que una cuarta ley[8] acabó situando a un robot excepcional, Daneel Olivaw, al frente de los destinos del universo, o sea, Dios.

Sin llegar al punto que vayan a llegar a ejercer de dioses, los avances en inteligencia artificial sugieren también muchas otras facetas para los robots, más allá de su incorporación a los distintos eslabones de la estructura productiva. Una de ellas, con considerables connotaciones morales y que puede suponer una alteración de los valores hasta ahora dominantes de forma más o menos universal, es la eventual utilización sexual de los robots androides.

Una connotación moral es la eventual utilización sexual de los robots androides
Una connotación moral es la eventual utilización sexual de los robots androides

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David Levy, como ya hemos dicho anteriormente, augura que las relaciones sexuales entre humanos y robots pueden ser una realidad dentro de unos treinta años. Da igual ahora mismo que vayan a ser treinta, que cincuenta u ochenta. Es algo que está en «cartera». Si lo comparamos con la aviación, acaso estuviéramos ahora en la fase de los primeros dirigibles Zeppelin, lejos aún, ciertamente, de los aviones supersónicos y de los vuelos suborbitales. ¿Pero cuánto tiempo transcurrió entre los zeppelines y la llegada a la Luna? Unos sesenta-setenta años. Y ya estamos acaso en los zeppelines de los años treinta del siglo XX; ni cuarenta años faltarían.

Levy afirma también que los humanos desarrollarán sentimientos afectivos hacia sus robots. Ya sea como mascotas o como objetos sexuales. La literatura ha fabulado desde lo más antiguo con esta temática, desde Pigmalión; también el cine. La Psicología, por su parte, lo ha estudiado. Y la verdad, sólo con recordar a los en su momento tan exitosos, hoy antediluvianos, tamagotchi, la cosa parece más que verosímil.

La regulación de las relaciones sexuales a partir de la prohibición universal del incesto es, como afirmó Lévi-Strauss, uno de los signos del salto de la animalidad a la humanidad

Tampoco es que, si queremos verlo como un eslabón cuantitativo más en la trayectoria humana por el planeta, resulte algo tan novedoso. Pero como antes, los condicionantes bajo los que se planea acaso sí lo sean. La regulación de las relaciones sexuales a partir de la prohibición universal del incesto es, como afirmó Lévi-Strauss[9], uno de los signos del salto de la animalidad a la humanidad –del estado de naturaleza al de cultura- en nuestra especie. Luego, las prescripciones y las proscripciones se fueron sofisticando. Pero el incesto siguió existiendo, sólo que proscrito. Lo mismo que el bestialismo o zoofilia[10]. Igualmente, y desde lo más antiguo que nos podemos remontar en el tiempo, constan todo tipo de artilugios destinados al sexo en solitario fingiendo un remedo de copulación.

No sería pues tan nuevo. Desde que uno se enamoró de una estatua y otro de su propio retrato, ha habido prácticamente de todo en el ser humano como especie. Ahora bien, y valoraciones morales aparte ¿Podemos realmente entender las relaciones sexuales entre un humano y un robot como una extensión y síntesis entre el bestialismo, las muñecas hinchables y los consoladores?

Es difícil de imaginar cómo se entenderá antes de que se produzca. Y ciertamente habrá opiniones para todos los gustos. Desde una perspectiva optimista, podríamos incluso decir que tendría una gran cantidad de efectos positivos, tales como acabar con la lacra de la prostitución o con las frustraciones inherentes a los problemas existenciales y disfunciones de origen sexual. Incluso podría acabar con cierto tipo de prácticas vejatorias, y hasta puede que también con los inevitables crímenes de naturaleza sexual que suelen comportar. Bien, asumámoslo ¿Pero se podría entonces producir un robot androide con imagen de niño para pedófilos? Realmente, todo un dilema.

En cualquier caso, la diferencia cualitativa entre el bestialismo, las muñecas hichables, los consoladores y cualquier otro artilugio de los habidos hasta ahora, frente a un robot diseñado para mantener relaciones sexuales con humanos, parece evidente. Porque la simulación o el remedo implícito en los primeros, se trocaría en una similitud que, fácilmente, se podría percibir como identidad. Y hasta es imaginable que el remedo de la copia pasara a ser tenido por el original, quedando relegadas las relaciones sexuales entre los humanos a meras funciones reproductoras. Si consideramos la posibilidad de desarrollar relaciones afectivas con un robot, como asegura Levy, esta eventualidad no parece nada descabellada. Y sin duda alguna supondría un cambio cualitativo  que impondría un antes y un después en la historia de las sociedades y de las relaciones humanas. El mito de Pigmalión hecho realidad. ¿Podemos llamarlo «robofilia»?

Y hasta incluso Pisono podría venir en apoyo de esta tesis, que por otra parte no aborda en sus trabajos, cuando afirmaba que hay tests que demuestran que la gente encuentra más creíbles a los robots que a las personas. Bien mirado, hay que reconocer que, como mínimo en ciertos ámbitos, hasta puede resultar lógico que sea así.

Todo esto expresado en términos estrictamente descriptivos y sin valoraciones morales de por medio. Ahora bien, ¿cómo reaccionarían las sociedades y los individuos humanos ante la perspectiva de robots sexuales, pongamos por ejemplo, al alcance de todo el mundo?

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El fuego, la rueda y el robot…

Tenemos pues que, por un lado, la utilización masiva y generalizada de robots en prácticamente todos los eslabones de producción y sectores económicos, no podemos saber cómo se resolverá, pero sí sabemos que tendrá un impacto enorme que comportará una transformación de las estructuras sociales y económicas mucho mayores que las habidas hasta ahora, desde el descubrimiento del fuego y la rueda. Lo mismo por lo que refiere al ámbito privado con el eventual surgimiento de la robofilia. Nos queda todavía un tercer aspecto, hasta ahora sólo citado: la utilización de los robots con fines militares; una eventualidad si cabe aún más inquietante que las dos anteriores, entre otras razones por los demoledores efectos que podría tener en cuanto a capacidad destructiva.

Nos queda todavía un tercer aspecto, hasta ahora sólo citado: la utilización de los robots con fines militares

Tratándose como se trata del tercer y último aspecto que relacionaremos con el impacto de la robotización y la inteligencia artificial, lo haremos de manera que, aunque algo paradójica, acabe cerrando el círculo remitiéndonos a la pregunta que nos hacíamos al principio, sobre el sujeto cuya progresiva dependencia de sus propias creaciones le acaba subordinando a ellas, convirtiéndole en un objeto más del proceso que él mismo había desencadenado. Algo así como el aprendiz de brujo o el cazador cazado por su propia trampa.

Los efectos de la inteligencia artificial y de la robotización aplicados a la guerra no son nada difíciles de imaginar. En este sentido, nos limitaremos a resumir un excelente relato de Isaac Asimov en el cual se aborda el tema desde una perspectiva tan original como paradójica. El nombre del relato es «La sensación de poder»[11].

Estamos en una Tierra ya totalmente robotizada y donde la guerra la hacen las máquinas. Y en guerra contra otro planeta, costosísima y estancada, porque está dirigida por ordenadores iguales en inteligencia y llevada a cabo por máquinas y robots también tecnológicamente igualados. Los hombres, por su parte, hace siglos que se olvidaron de realizar las operaciones matemáticas más sencillas, como sumar o multiplicar, porque también éstas se les encomiendan a los ordenadores. En resumen, nadie se sabe ni siquiera las tablas de multiplicar.

En el relato de Asimov  "La sensación de poder" el hombre sale barato y es substituible
En el relato de Asimov “La sensación de poder” el hombre sale barato y es substituible

Un buen día, Shuman, un alto jefe de programación, descubre que un empleado suyo, Aub, ha elaborado un sistema que, auxiliado en ocasiones de bolígrafo y papel, le permite emular a los ordenadores resolviendo multiplicaciones y divisiones. Para el empleado se trata de un simple entretenimiento carente de toda utilidad práctica, pero su jefe ve en ello un proyecto que le convertirá en el hombre más poderoso del planeta. Con la ayuda de su empleado, Shuman se introduce en los secretos de unas operaciones hasta entonces reservadas a los ordenadores; ha descubierto que tiene un ordenador en la cabeza y que puede utilizarlo.

El proyecto de Shuman es muy simple, instruyendo a los hombres en los distintos sistemas y métodos para resolución de operaciones que está diseñando,  los podrá substituir por los costosísimos cerebros electrónicos que dirigen las naves espaciales. El hombre sale barato y es substituible. Además, es un método que puede terciar en la guerra entre ordenadores y superarlos. Combinando la mecánica del cálculo con el pensamiento humano, se obtiene el equivalente de ordenadores inteligentes; de miles de millones de ellos, mucho más baratos. Y es que en definitiva, como afirma textualmente Shuman, un hombre es más prescindible que un ordenador. Y le encargan el proyecto.

En realidad Shuman estaba pensando en misiles pilotados que se llevarían también por delante al piloto humano, cuya pérdida es preferible a la del cerebro electrónico que hasta entonces los guiaba. Cuando el auténtico inventor, Aub, se entera de los proyectos de Shuman, decide quitarse la vida para no verse obligado a participar en él. Pero es demasiado tarde, Shuman ya ha aprendido lo suficiente como para poder seguir progresando por sí mismo, en solitario. El relato concluye con el funeral de Aub, y los pensamientos de Shuman:

-Nueve por siete son sesenta y tres- se dijo Shuman, con honda satisfacción- y maldita la falta que me hace un ordenador para saberlo. ¡Tengo una computadora en la cabeza!

Y era sorprendente la sensación de poder que eso le producía.

Frente a la linealidad cronológica que acostumbra a darse en la mayoría de relatos de ciencia ficción, Asimov nos presenta aquí una visión prospectiva invertida, con una desmaquinización de la guerra y su consiguiente humanización a partir del redescubrimiento de las facultades del cerebro humano para ciertos cálculos. Vuelve el hombre, sí, pero ya no como el sujeto que fue iniciador del propio proceso que desencadenó, sino como objeto subordinado a él. Quizás con la excepción de Shuman, pero tampoco se trataba de esto. Toda una paradoja.

Parece indudable que nos estamos encaminando hacia una era robotécnica

A lo largo de su recorrido por la Tierra, la humanidad ha pasado por distintas fases de acuerdo con las capacidades a su alcance para producir los recursos que precisaba: antropotécnica, zootécnica, eotécnica, paleotécnica, neotécnica… Cada una de ellas supuso un eslabón más en la línea de un progreso, hasta ahora más o menos lineal, que le ha ido proporcionando en sucesivas fases mayores cotas de bienestar en su agónico recorrido contra el medio por la supervivencia. Unas mayores cotas de bienestar, de progreso, en definitiva, que le ha proporcionado un cada vez mayor dominio sobre el medio, transformándolo a su favor. ¿Seguirá siendo así?

Parece indudable que nos estamos encaminando hacia una era robotécnica. Y puede que de ella sepamos en gran medida cómo será y las posibilidades que ofrece, pero no lo que nos comportará. Aquí, en realidad, sólo nos hemos planteado algunas de las preguntas que estas incógnitas suscitan. Lo cierto, en cualquier caso, es que no hay ninguna razón objetiva que impida seguir con la línea del progreso. Sólo, acaso, el propio ser humano. De nosotros, de todos nosotros, dependerá.

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Notas al pie:

[1] Daneel Olivaw es el robot creado por Isaac Asimov en sus novelas los robots y el ciclo de Trántor, que acaba rigiendo los destinos del mundo en la última secuela de las Fundaciones –Robots y Tierra-. Los Nexus 6 son el modelo más perfecto de robots replicantes en la película Blade Runner y la novela en que se inspira: “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, de Philip K. Dick.

[2] Incluso en términos contemporáneos. Por entonces -20000 leguas de viaje submarino se publica en 1869-, Monturiol había realizado ya sus pruebas con los «Ictineo» I y II, en 1859 y 1864, respectivamente, los primeros submarinos con motor de combustión. Por su parte, Peral construye 15 años después de la publicación de la obra de Verne –en 1885- el primer submarino con propulsión eléctrica. Con anterioridad, había habido otros diseños de submarino, siempre con propulsión humana –digamos a pedales-, como sería el caso del CSS Hunley, construido por la Confederación durante la guerra civil americana (1861-1865) para combatir el bloqueo naval de Charleston. Y por supuesto, hay noticias de navegación humana entre dos aguas a partir de la bolsa de aire que se produce al volcar una barca.

[3] Federico Pisono, informático italiano afincado en Silicon Valley, autor del libro “Los robots robarán tu empleo pero está bien: cómo sobrevivir al colapso económico y ser feliz” (2013).  http://www.lavanguardia.com/economia/20160612/402444177550/habra-tumultos-sociales-y-perdida-de-empleos.html  También: http://www.eluniversal.com.co/suplementos/dominical/los-robots-robaran-tu-empleo-pero-esta-bien-134882

[4] Entrevista a Stephen Hawking: http://www.eluniversal.com.co/ciencia/stephen-hawking-la-inteligencia-artificial-podria-acabar-con-nosotros-178564

[5] La Biblia, Antiguo Testamento. Génesis, 3:19 : “Te ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la misma tierra de la que fuiste sacado. Porque polvo eres y al polvo volverás”

[6] David Levy, “Amor y sexo con robots”(2008). Ref: http://www.lavanguardia.com/vida/20160612/402444715099/robofilia-sexo-con-robots-dilemas-morales.html

[7] En el universo asimoviamo, las tres leyes de la robótica son las siguientes: la primera, un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitir que sufra daño; la segunda, un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si contradicen la primera ley; la tercera, un robot debe proteger su propia existencia, siempre que no entre en conflicto con la primera o la segunda ley.

[8] La cuarta ley, o ley cero de la robótica, la introduce Asimov en una de sus novelas y es elaborada por un robot, R. Giskard Reventlov, quien antes de «morir» se la transmite a su «amigo», el también robot R. Danell Olivaw. La ley cero reza como sigue: un robot no hará daño a la humanidad o, por inacción, permitirá que la humanidad sufra daño.

[9] Claude Lévi-Strauss (1908-2009) es una de las máximas figuras de la Antropología moderna, muy especialmente dentro del campo del estructuralismo.

[10] Prácticas sexuales entre hombres y animales.

[11] Isaac Asimov, “Sensación de poder” (1958)

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