Ricardo Moreno Castillo (Madrid, 1950), es licenciado en Matemáticas y doctor en Filosofía especializado en Historia de la Ciencia

La conjura de los ignorantes

De cómo los pedagogos han destruido la enseñanza

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Xavier Massó / x.masso@catalunyavanguardista.com

Ricardo Moreno Castillo, autor de La conjura de los ignorantes

Ricardo Moreno Castillo, autor de La conjura de los ignorantes

Se puede pensar que un ignorante tal vez se sienta mucho más reconfortado si no hay nadie culto a su alrededor. Hasta puede llegar a pasar por lo que no es, si los que le rodean son aún más zafios. Esto no es una afirmación; tan sólo una sospecha. Y toda sospecha se basa en indicios, es decir, en intuiciones que, sin ser pruebas concluyentes, inducen a pensar que puedan llegar a serlo, si se demuestran. Puestos a perseverar, la alternativa está muy clara: convertir las sospechas, o indicios, en certezas, en pruebas: desenmascarar al farsante poniéndolo en evidencia.

Ricardo Moreno Castillo escribió, hace ya una década, el «Panfleto antipedagógico» (El lector Universal, 2006). En él decía, entre otras muchas e interesantes cosas, que analfabetizar a un país es cosa relativamente fácil, pero volverlo a alfabetizar ya no lo es tanto. No le faltaba razón. Fue una obra polémica que levantó sarpullidos; denunciaba lo que estaba ocurriendo en las escuelas e institutos tras la aplicación de la LOGSE.

Como en el cuento del vestido nuevo del emperador, Ricardo fue el niño que denunció y proclamó a los cuatro vientos que el rey iba desnudo. En esta nueva obra le da una nueva vuelta de tuerca al tema. Ahora de lo que se trata es de denunciar a los sastres pilluelos que engañaron al rey garrulo tejiendo un vestido inexistente, y pergeñaron el despropósito en beneficio propio. Y no hay mejor denuncia que demostrar –¡ojo! no simplemente «mostrar»- el carácter fraudulento de las teorías educativas que complementa el subtítulo del libro: De cómo los pedagogos han destruido la enseñanza. Sólo un par de observaciones previas. La primera: se da por hecho que la enseñanza está destruida y que han sido los pedagogos quienes han llevado a cabo tal tarea. La segunda: habrá que demostrar porqué.

“Si el lenguaje crea muchas veces la realidad, el lenguaje vacío también puede llegar a vaciar la realidad”.  

Ricardo Moreno define sin ambages su objetivo al comienzo del libro, en una extensa y nada desdeñable introducción: “Mostrar que la pedagogía es un lenguaje sin contenido, una jerga, y no una ciencia”. Una jerga, por cierto, nada inofensiva, porque, prosigue, “si el lenguaje crea muchas veces la realidad, el lenguaje vacío también puede llegar a vaciar la realidad”. Tampoco, nos recuerda, un discurso estúpido se descalifica por sí mismo, más bien todo lo contrario, tiene efectos multiplicadores, muy especialmente si se presentan como «innovadores». Bueno, al grano. La pedagogía se considera a sí misma –o sus agentes, los pedagogos- una ciencia. ¿Por qué no lo es? El autor nos apunta cuatro razones, nada despreciables, si consideramos que provienen de alguien que, a su condición de matemático, añade la de filósofo.

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La afición que tienen los pedagogos de argumentar ad hominen

En lógica, el argumento ad hominem se considera una falacia –un engaño- que consiste en descalificar al interlocutor por algo ajeno al objeto de controversia. Si yo, por ejemplo, me declaro –como Moreno Castillo- partidario de las pruebas externas o reválidas, y se me replica que esto de las reválidas es franquista, se me está argumentado ad hominem. Con ello quedo descalificado para cualquier ulterior opinión, sin entrar a debatir si este tipo de pruebas son convenientes o no. La falacia consiste en que si las reválidas son franquistas –o sea, malas-, quien las defiende es inevitablemente franquista –verbigracia: peor-. Pero si encima resulta que, yendo a los hechos –que es lo que cuenta-, fue el franquismo quien suprimió la reválida, entonces a la falacia argumentativa –el argumento sañudo-, se le añade la falsedad material del hecho aducido. O iniquidad o ignorancia. Dejémoslo en ignorancia. Pero es que de lo malo, hemos pasado lo peor, en una argumentación que en conjunto es pésima. Por cierto, la mayoría de países avanzados –y de los que avanzan en los informes PISA- siguen manteniendo las reválidas. En España se implantó –imitando a Francia- en 1857. Todo un ejemplo de argumento ad hominem, con el añadido doloso del falseamiento de datos y hechos. Y esto ocurre.

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La reticencia de los pedagogos a cotejar los hechos con la realidad, como exige el método científico

Ni que decir tiene que el constructivismo (no) es una teoría científica

Desde la pedagogía oficial, se ha aducido con frecuencia a la reluctancia de los docentes como explicación al fracaso de las expectativas que habían depositado –ellos, los pedagogos- en la LOGSE. Una ley que, por cierto, vigente aún en este particular, consagra el constructivismo como dogma educativo nacional; como en sus tiempos lo fue la famosa F.E.N. Ni que decir tiene que el constructivismo (no) es una teoría científica. Aquí Ricardo Moreno es taxativo y definitivo, como científico que es: en ciencia, “Si el éxito de un experimento depende de la mentalidad de quienes lo lleven a cabo, este experimento es invulnerable a la crítica científica. Precisamente estas llamadas al cambio de mentalidad denuncian a la pedagogía como una falsa ciencia”.

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La afición de la pedagogía a crear neologismos (y acrónimos)

Sin duda, uno de los criterios de demarcación más claros entre ciencias y pseudociencias. Para cualquiera que esté en el mundo de la docencia, será evidente que la proliferación de neologismos y acrónimos para designar cosas elementales que se conocían desde siempre, ha sido exponencial desde la LOGSE. Y como la LOGSE lleva ya más de veinte años, el progresivo desprestigio y desgaste de estos neologismos tenidos por taumatúrgicos –el lenguaje que crea la realidad-, ha obligado a substituirlos por eneologismos si cabe aún más abstrusos e innecesarios.

Una cosa es que, en cada ciencia o disciplina, exista un registro lingüístico propio, difícil de entender para el profano en la materia. Aquí se está hablando de otra cosa: de la confusión intencionada y de la vacuidad de contenidos de la disciplina en cuestión. Se está distinguiendo entre saber y superchería.

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Las patochadas y estupideces que dicen los pedagogos (a la luz del análisis)

Puede parecer un improperio algo vesánico, por eso debo insistir en que lo que el autor denuncia, lo demuestra. En realidad es a este cuarto punto al que dedica Ricardo Moreno el resto del libro. A recoger textos públicos escritos, leídos, pronunciados o evacuados por notorios think tank de la pedagocracia más selecta. Una selección de antología, valga el pleonasmo.

Algo así como si un astrólogo le espetara a un astrónomo que no sabe nada de «estrellas»  

Se podría pensar que considerar «patochadas» y «estupideces» lo que dicen los pedagogos, y más siendo el auténtico leitmotiv del libro, pudiera acaso ser algo irrespetuoso. Vamos, que se pueden sentir insultados. Y cualquiera merece un respeto; claro que sí. Alguien quizás pudiera también pensar que el bueno de Ricardo tiene algo personal contra los pedagogos y que por esto, por resentimiento, intenta machacarlos inmisericordemente. En realidad, este es el tenor de las críticas oficiales. Pero hay dos razones que inducen a pensar que no es así. Veamos, porque la cosa tiene enjundia.

La primera, que desde la pedagogía oficial cada vez se abunda más en «mantras» tales como que los profesores no sabemos enseñar (a enseñar), que no estamos debidamente formados para atender a nuestros alumnos, etc… Algo así como si un astrólogo le espetara a un astrónomo que no sabe nada de «estrellas». ¿Quién empieza faltando al respeto? ¿Quién opina sobre lo que no sabe, o quien se defiende desenmascarando la farsa de un charlatán?

La segunda, más concluyente y demoledora. Todo lo que dice Moreno Castillo, lo demuestra a la luz del análisis; el análisis racional y lógico; ¿O hay otro?

Analfabetizar a un país es cosa relativamente fácil, pero volverlo a alfabetizar ya no lo es tanto

En el «antiguo» cómic del Príncipe Valiente, decía un etilizado Sir Gawain que nadie puede hablar más de diez minutos seguidos sin mostrar su nivel de ignorancia. A la vista de los textos, y al análisis del autor del libro me remito, algunos ni pueden rebuznar en décimas (de segundo) sin ponerse en evidencia. El problema de fondo ya lo definió el mismo Ricardo en su Panfleto antipedagógico: analfabetizar a un país es cosa relativamente fácil, pero volverlo a alfabetizar ya no lo es tanto.

Portada del libro

Portada del libro

A lo largo del libro leemos textos ininteligibles, tópicos y «topicazos». ¿Ininteligibles, por qué? Pues porque no tienen ni sentido ni referencia. Ni resisten el análisis. También alusiones ad verecundiam, y hasta ad baculinum, contra los reticentes, entre los cuales me incluyo.

Por cierto que tampoco es tan pacífico el «enemigo». Al menos, según lo que me comenta el autor de otro libro reciente y en la misma tendencia que el de Ricardo. En Román paladino: amenazas (telemáticamente anónimas). Para legos en la materia, frente al, argumentum logicum, que consiste en eso que se le llama en catalán «enraonar», está el argumentum baculinum, o sea, el duelo a bastonazos. Lástima que a nuestros alumnos de hoy en día, «Goya» sólo les suene a unas pastas de dibujo que el abuelo les contó que utilizaba en la escuela; consecuencias pedagógicas.

Un libro excelente, imprescindible para cualquiera interesado en educación, con independencia de su actividad profesional. Hay que conocer a los que marcan discurso: a los pedagogos, por lo que escriben y luego hacen. Y por la inconsistencia de lo que aseguran.

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Referencia:

Moreno Castillo, Ricardo

La conjura de los ignorantes. De cómo los pedagogos han destruido la enseñanza  

( Editorial Pasos Perdidos, 2016)

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