Ettore Scola in memoriam

Se va con él también una forma de entender y hacer cine; un cine crítico e inteligente / Imagen: La Nuit de Varennes (1982), de Ettore Scola

El último de los grandes

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Xavier Massó_editedXavier Massó / x.masso@catalunyavanguardista.com

Con Ettore Scola se va el último de los grandes directores italianos y uno de mis favoritos. De la generación posterior a los Fellini, Antonioni, Rosellini, de Sicca y Visconti, todas y cada una de sus películas tenían un especial encanto e interés… que sólo un gran maestro sabe incitar. Se va con él también una forma de entender y hacer cine; un cine crítico e inteligente, que sabía establecer con el espectador complicidades sólo en apariencia facilonas y construidas sobre la base de las cosas bien hechas. Algo que cada vez se echa más en falta.

De su filmografía recuerdo especialmente Le Bal (1983), el recorrido por una sala de baile parisina a lo largo de medio siglo, o La Familia (1987), pero sobre todo, su impresionante  La Nuit de Varennes (1982) – Mondo Nuovo, en su versión italiana-, para mí, sin duda la mejor. Una película en la cual, bajo el formato de La Diligencia (1939) –Stagecoach-, de John Ford, nos sitúa a personajes históricos viajando de París a Varennes en verano de 1791, tras los pasos de un prófugo Luis XVI, en uno de los momentos más cruciales de la Revolución Francesa, que había huido de las Tullerías para reunirse con los ejércitos austroprusianos y, bajo su protección, marchar sobre París y restaurar el absolutismo. Fue detenido con su familia en Varennes, disfrazado y viajando de un incógnito que no supo disimular, reconocido por un palafrenero gracias a su parecido con la silueta de una moneda, y detenido por el alcalde de este pueblo al que tales hechos hicieron pasar a la historia. Su captura y vuelta a París marcó su sentencia de muerte.

De la generación posterior a los Fellini, Antonioni, Rosellini, de Sicca y Visconti, todas y cada una de sus películas tenían un especial encanto e interés

Durante el trayecto en diligencia, unos espléndidos Harvey Keitel, que encarna al escritor americano Thomas Paine, Jean-Louis Barraux, que interpreta al disoluto y mordaz periodista Restif de la Breton, Hanna Schygulla, en su papel de dama de compañía de la reina María Antonieta, y un sublime y otoñal Marcello Mastroiani haciendo las veces de un Casanova decrépito que sabe que se va del mundo y que quiere verlo por última vez. Un mundo cambiante e incierto, donde lo nuevo pugna por suplantar a lo viejo que se resiste… Todo ello sin olvidar a Jean-Claude Brialy, Laura Betti y Daniel Gélin, el juez reaccionario y corrupto, su amante, la cantante de ópera venida a menos, la adinerada viuda productora de champagne y el paje-peluquero de la princesa cuyo equipaje es el vestido que iba a enfundarse Luis XVI ante su ejército de mercenarios. También está el comerciante que lo único que pretende es un cambio económico que le facilite enriquecerse, pero nunca el cambio político ni social; y la criada negra que se lía con el joven e irreverente estudiante revolucionario que viaja en la baca del carruaje.

Ettore Scola / Wikipedia
Ettore Scola / Wikipedia

A lo largo del viaje hacia una Ítaca nada prometedora para la mayoría de ellos, los pasajeros de la diligencia hablan de política, de moral, de amor, de religión, de lo nuevo y de lo viejo, de lo humano y de lo divino. Cada cual desde su perspectiva, desde sus ideas, desde su posición, desde su edad… Toda una reflexión sobre la vida y la sociedad en unos tiempos especialmente convulsos y reducidos al papel de meros espectadores de unos acontecimientos que les trascienden. Unos tiempos que, con independencia de su posición ante ellos, ya no son los suyos.

Entre las inolvidables frases soltadas como aforismos, destacaría a Mastroiani/Casanova pillado en un «sinpa» después de la opípara ingesta con que se ha obsequiado en la fonda y pagando con una letra sin fondos, exigiéndole como condición al  posadero que grite ¡Viva la dignidad!; la meada prostática del mismo Casanova y del libertino de la Breton, donde este último se lamenta de que “Se nos castiga por donde pecamos”; la afirmación de Paine sobre Luis XVI y su captura: “Un rey que huye es cada vez menos rey”. O al del amanerado peluquero, enamorado de Casanova, criado para ser servidor y empeñado en ello cuando, horrorizado por las conversaciones sobre la revolución y la aspiración a la felicidad, se inclina sobre el regazo de su dueña y exclama lastimeramente: ¡Felicidad, qué cosa más repulsiva! Y la lapidaria descripción de La Breton sobre unos campesinos que increpan a los pasajeros de la diligencia y se niegan a empujarla en un desnivel pronunciado: “Princesa, es que han descubierto que son pobres”.

Lo dicho, una obra maestra. Esta noche la veré de nuevo, en homenaje a Ettore Scola. Se lo merece.

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