¿Expertos educativos o fugitivos de la tiza?

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

Existe un corolario de asesores, teóricos y expertos pedagógicos que sin dar muchas, o ninguna clase, lucen su título de magisterio, pedagogía, sociología, sicología u otras ramas ante quienes les preguntan sobre educación. Otros que no poseen licenciatura ni grado alguno, también se llaman a sí mismos expertos en educación y andan regalando sus consejos.

 

David Rabadà | Catalunya Vanguardista @DAVIDRABADA

Añadamos a todos los anteriores un buen grueso de docentes, que sin gustarles el aula y sus alumnos, lograron abandonarla para impartir cursos de cómo dar clases a quienes se quedaron en ella y que sí saben hacerlo. Todos estos fugitivos de la tiza ofrecen orientaciones a políticos, docentes y padres, aunque ya no trabajen con adolescentes hace tiempo. En fin, olvidaron, o jamás supieron, que la práctica de la enseñanza siempre devino el mejor máster en educación para poder aconsejar a los demás. Por desgracia, y en asuntos de práctica, muchos teóricos, con o sin título, logran influir en la política educativa nacional.

De asesores educativos buenos de haberlos los hay, pero éstos saben muy bien lo que es dar clase a treinta escolares por aula durante más de 18 horas por semana

De asesores educativos buenos de haberlos los hay, pero éstos saben muy bien lo que es dar clase a treinta escolares por aula durante más de 18 horas por semana. El resto, los malos, discurren por centros y cursos como carroñeros de defectos en donde aferrarse para succionar el sueldo que se les paga. En el argot empresarial se les cataloga, con mi más humilde perdón hacia los insectos dípteros, de moscas cojoneras, aunque en el argot escolar se les bautiza como pedagogós o pedabobos sean o no pedagogos, psicólogos, sociólogos, fugitivos de la tiza, teóricos sin titulación, economistas, abogados o escritores.

En mi experiencia, y cuando en un centro existen en demasía estos supuestos expertos, mal va dirección. Muy probablemente el equipo directivo no sepa cómo resolver los asuntos que debería saber y ha contratado a alguien externo para ello. Sería como si trabajara de arquitecto y contratara a un albañil para diseñar un rascacielos, o como si el ministerio de sanidad estuviera en manos de curanderos. Desgraciadamente eso mismo le ha sucedido a nuestro sistema educativo. Atienda a las siguientes vivencias.

–          Acordamos que los alumnos no podrían ir al baño a beber agua durante las clases – sentenció una asesora pedagógica sin título durante una reunión en un centro de Cerdanyola del Vallès –. Y hay que dar ejemplo de ello, los profesores tampoco podéis.

–          Perdón – intervine con resquemor -, yo siempre voy tomando sorbos de agua en el aula para la garganta.

–          Pues si los alumnos no pueden, tú no debes dar mal ejemplo.

–          Sí, pero el curso de foniatría que nos aconsejaste el año pasado nos informó que para evitar afonías, pólipos y otras patologías en la voz, debíamos beber agua para humectar la garganta durante las clases – y se hizo el silencio y una larga pausa.

–          Ya lo preguntaré – con rabia en su mirada – y os daré una respuesta en la próxima reunión.

Y no hubo respuesta alguna. Parece claro que a esta asesora pedagógica le pesaba más la invención que la práctica.

–          Para imponer una mayor disciplina en el centro – sentenciaba la misma asesora pedagógica -, de ahora en adelante los tutores se encargarán de revisar cada semana todas las faltas que sus alumnos hayan perpetrado en las diversas asignaturas. Consecuentemente deberán sancionar a aquellos alumnos que se les ha llamado la atención por charlar en clase, no traer los deberes o haber sido expulsados del aula.

–          Perdón – intervine de nuevo –, ¿pero no sería mejor que cada docente sancionara al momento, y no esperar que a final de semana lo hiciera el tutor?

–          No – contestó la experta –, el tutor debe centralizar todo lo que ocurre en su grupo.

–          Sí, pero los que no son tutores no tomarán cartas en el asunto. Luego vendrá el de tecnología y me dirá que mis alumnos no le respetan. Por mucho que castigue a mis escolares sólo lograré que me sigan respetando a mí, y no al de manualidades electrónicas.

–          Ya lo preguntaré – otra vez con rabia – y os daré una respuesta en la próxima reunión.

Y tampoco la hubo.

En otra ocasión mantuve una conversación con el presidente de Escola Nova 21, el señor Eduard Vallory. Corría el año 2017 y las clases magistrales estaban en el punto de mira.

–          La clase magistral es algo a extinguir – me comentaba Vallory.

–          Pues los cursos que vosotros creáis desde Escola Nova 21 para nosotros, los docentes, son todos de clases magistrales, con el añadido que vuestra Educación Nueva es más decimonónica que las clases que se imparten en secundaria.

–          Ya, claro,… – me respondió mirando hacia el suelo – Esa es una contradicción que debemos resolver. De todas formas la clase magistral  en secundaria deviene algo ancestral en educación.

–          Pero es que nadie la utiliza en secundaria. Todo profesor que se precie da explicaciones cortas, ejercicios de comprensión, corrección de los mismos y respuestas a las dudas. Ningún docente en su sano juicio pega rollos magistrales de una hora si desea que sus alumnos aprendan.

–          Pues no es esa la información que tengo.

–          Te puedo asegurar que en mis más de veinte años de enseñanza la clase magistral no es la norma, es la excepción. ¿O no lo ves por las aulas?

–          Es que verás, yo jamás he impartido clases en secundaria – cosa que yo ya sabía de antemano a sabiendas que él sí daba consejos a políticos y pedagogos de cómo dar clases. Además en su juventud había suspendido reiteradas veces su bachillerato mientras la política educativa estaba bajo su influencia.

Vistos estos sucesos, parece claro que algunos pedabobos y pedabobas, por justificar el sueldo que se les paga, se dedican a entorpecer la labor de los docentes con asuntos teóricos y ajenos a la realidad educativa. Lo más perverso de este tipo de educadores es que resultan hábiles relaciones públicas y alcanzan grandes cotas de reconocimiento social. Muchos, al abandonar el aula y dejar de soportar las consecuencias de sus propias teorías, consiguen dedicarse a diseñar leyes y cursillos para quienes todavía permanecen en clase, es decir, tienen mucho tiempo para llegar a los oídos de políticos y dirigentes.

Los pedabobos y las pedabobas se dedican más a convencer a altos cargos de su importancia que realmente a mejorar el sistema de enseñanza en su globalidad

A los consejeros de esta estirpe les pesa más la teoría que la práctica, y está cantado que los pedabobos y las pedabobas se dedican más a convencer a altos cargos de su importancia que realmente a mejorar el sistema de enseñanza en su globalidad. Para ello utilizan varias argucias. La primera inventarse todo un nuevo argot para simular una ciencia contrastada (ACI, PI, NEE…). La segunda, describir situaciones educativas que jamás han existido (falta de criterio, clases magistrales, falta de creatividad,…). La tercera, vincular educación tradicional con atraso pero innovadora con mejora. La cuarta, apropiarse de didácticas que siempre han funcionado (ser crítico, razonar las respuestas, relacionar los conceptos…). Y la quinta, rescatar como novedades ideas de pedagogos del siglo pasado y anteriores (escuela por proyectos, escuela inclusiva, constructivismo, evaluación por competencias…).

Un ejemplo de todo lo anterior lo viví durante unas jornadas educativas también en 2017. El Departament d’Ensenyament de la Generalitat de Catalunya, conjuntamente con el Consell Escolar, organizaron las jornadas Ara és Demà (Ahora es Mañana) para debatir la futura educación catalana. En cuatro sesiones en el Cosmocaixa, y durante el invierno de 2017, se evidenció que la calidad de los conferenciantes, la información de los mismos y el nivel de organización fueron excelentes. Aún así el debate se convirtió en algo homogéneo ante la baja diversidad de opiniones educativas y ante los dos grandes extremos didácticos: quienes piensan que los centros deben educar más en habilidades que enseñar contenidos, y los que defienden que la escuela debe enseñar más materia que educar emocionalmente.

Ambos defienden la dualidad enseñar y educar, pero cada uno pone más peso en una de las opciones. En definitiva era el contraste entre la visión pedagogista bien establecida en infantil y primaria, contra la enseñanza estructurada más común en secundaria, bachillerato y universidad. En los primeros predomina una visión más humanista de la educación con maestros que no es necesario que dominen su especialidad. En los segundos se argumenta una perspectiva más empirista de la enseñanza con docentes, no secundarios, muy versados en lo que enseñan. A ello cabe añadir artículos médicos y científicos que así la ratifican.

En el Ara és Demà se habló mucho de mejorar la formación docente como en Finlandia y Estonia, pero no en contenidos a enseñar sino en teorías pedagógicas a asumir

En el Ara és Demà se habló mucho de mejorar la formación docente como en Finlandia y Estonia, pero no en contenidos a enseñar sino en teorías pedagógicas a asumir. En resumen, durante las sesiones de aquel Ara és Demà predominaron los educadores pedagogistas en detrimento de la enseñanza estructuralista. Y ello empobreció el objetivo del Ara és Demà, el debate sobre el futuro de la educación en Cataluña. En cierto modo lo que debía ser un debate contrastado resultó un monólogo a favor de un solo sector, el pedagogista. Claro estaba que los principales asesores del Departament pertenecían a esta facción. Ellos son los que desean convertir los centros de enseñanza en centros de socialización cultural y a los docentes en entes creyentes en sólo algunas teorías pedagógicas.

Llegados a este punto cabe preguntarse lo siguiente, ¿a quiénes hay que consultar para mejorar un sistema educativo? Pues los mejores asesores no son estos teóricos sino aquellos docentes que reúnen las siguientes características. Primero, impartir más de dieciocho horas semanales de clase. Segundo, trabajar con más de veinte alumnos por grupo. Tercero, llevar en la educación unos cuantos años cumpliendo las dos premisas anteriores. Y cuarto y último, haber trabajado con alumnos diversos en cuanto a nivel académico, clase social y origen étnico. En definitiva, los profesores doctos.

Este artículo forma parte de una serie titulada “Fracaso escolar o fracaso político“, a cargo de nuestro colaborador, David Rabadà.

Entrega anterior: Finlandia, un sistema educativo en caída libre (42)

 

 

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