Final de la Guerra Civil Española

Wikimedia / Photograph by Bates Winifred

Tal día como hoy… 1 de abril de 1939 finalizaba  la Guerra Civil Española

 

El 1 de abril de 1939 el general Franco, cabecilla de los militares sublevados contra la República en 1936, dictaba su último parte de guerra: “En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, la tropas nacionales han alcanzado sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”. Burgos, 1º de abril de 1939”. Comenzaba una sangrienta dictadura que se prolongó hasta la muerte del dictador en 1975, en la cama.

 

CV / Duró exactamente dos años, ocho meses y quince días. Había empezado como una asonada militar decimonónica, y se convirtió en guerra civil al fracasar en las ciudades más importantes de España –Madrid, Barcelona, Valencia, Bilbao…-. Fue el primer conflicto bélico moderno y campo de pruebas para las grandes potencias; el primero que vio el uso masivo de la aviación tanto para destruir objetivos militares como civiles; y el primero en que los blindados mostraron su potencial ofensivo… Para algunos fue la última guerra romántica –si es que hubo alguna vez algo que se pueda llamar así, para otros una revolución, y para los vencedores una cruzada, así, sin más, como las de la Edad Media…

Los sublevados contaron con abundante apoyo humano, material y logístico de las potencias fascistas –Italia y Alemania, así como Portugal-

Los sublevados contaron con abundante apoyo humano, material y logístico de las potencias fascistas –Italia y Alemania, así como Portugal-. La República solo contó en la práctica con los voluntarios de las Brigadas Internacionales y el apoyo material de la URSS, siempre pagado al contado y supeditado a los cálculos políticos de Stalin en función de sus intereses geopolíticos y diplomáticos; a diferencia de Franco, a quien Hitler y Mussolini suministraron moderno material a crédito, además de generosos regalos de multinacionales petroleras norteamericanas.

Y tal vez si llegó a convertirse en una guerra fue gracias a la hipocresía británica,  como cuenta el historiador militar inglés Anthony Beevor, que entiende que sin la colaboración de Gran Bretaña desde su base en Gibraltar, Franco no hubiera podido trasladar el ejército de África a la Península, aportando pruebas materiales de dicha «desinteresada» colaboración. Francia simpatizaba con la República, pero su supeditación a Gran Bretaña la inhibió de cualquier apoyo, siquiera logístico, a la República; lo pagó muy caro luego, en 1940.

Las últimas esperanzas de la República se habían consumido militarmente tras la batalla del Ebro

Las últimas esperanzas de la República se habían consumido militarmente tras la batalla del Ebro; políticamente con los acuerdos de Múnich, en que Inglaterra y Francia dejaron vía libre a Hitler, y con el pacto germano-soviético de colaboración. Luego vino la batalla de Cataluña, tras cuya caída la República solo controlaba ya el cuadrante sudoriental de la Península –con Madrid y Valencia-. Y Hitler, fortalecido, se cuidó mucho de cometer alguna nueva tropelía que pudiera desencadenar un conflicto europea antes de que la guerra española concluyera. Supo esperar cinco meses antes de invadir Polonia…

Ninguna guerra tiene un final glorioso, más allá de la épica propagandística de la derrota o la victoria. Pero el final de la República fue, además, mezquino; acaso la culminación de las disputas y rencillas que recorrieron todo el curso de la guerra en el bando republicano: Concluyó con un golpe de estado dentro de la propia República.

Sin duda la guerra estaba irremisiblemente perdida, y solo cabía resistir a la espera de un improbable vuelco en la situación política europea que precipitara el estallido de la guerra en el continente. Esta era la posición del presidente Negrín, convencido, además, de que la represión que se iba a desencadenar por parte de los vencedores sería implacable. Estaban con él los comunistas –ahora abandonados por Stalin y sin ejércitos que mandar tras la caída de Cataluña- y otros sectores republicanos. Pero no todo el mundo lo veía así. Y empezaron las conspiraciones.

Comunicado emitido por el Cuartel General del generalísimo anunciando el fin de la guerra / Wikimedia

El coronel Segismundo Casado, comandante en jefe de la Junta de Defensa de Madrid, inició contactos secretos con Franco y los quintacolumnistas para negociar una paz «decimonónica», algo que demuestra que, después de casi tres años de guerra, todavía desconocía la auténtica naturaleza del enemigo. No obtuvo resultado alguno, pero llevó a cabo en cualquier caso su golpe de estado. Primero fue la insurrección en Cartagena- , que fue sofocada por las fuerzas leales; y luego el golpe en Madrid. Contó con el apoyo de destacados dirigentes republicanos, civiles y militares: el socialista Julián Besteiro, el anarquista Cipriano Mera –jefe del IV cuerpo de ejército-, el general Escobar, y con la aquiescencia del general Miaja; también Wenceslao Carrillo, padre del dirigente comunista Santiago Carrillo… La idea era que liquidando al Partido Comunista y a Negrín, Franco estaría más predispuesto a negociar una rendición «digna».

Ni por ésas. Mientras la República se autoinmolaba con una guerra civil interna y centenares de fusilamientos, Franco tomaba posiciones. Cuando Casado controló la situación y trató de entablar negociaciones, Franco inició la ofensiva final, que concluyó con el famoso parte de guerra del 1 de abril. Ni siquiera tuvo misericordia con los que le habían facilitado la tarea; los que no partieron al exilio, fueron encarcelados o fusilados: Besteiro murió enfermo en prisión sin atención médica alguna, Escobar fue fusilado… Y tantos más, hasta doscientos mil.

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