Guerra de las Malvinas

Un Westland Wessex en la Isla Ascensión en mayo de 1982

Tal día como hoy… 4 de mayo de 1982, tuvieron lugar las primeras bajas británicas en la Guerra de las Malvinas

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El 4 de mayo de 1982 un cazabombardero argentino hundía el destructor británico HMS Sheffield, causando 20 muertos. Fueron las primeras bajas británicas en la Guerra de las Malvinas. Dos días antes, el submarino HMS Conqueror había hundido el crucero argentino ARA General Belgrano -una bañera de antes de la II Guerra Mundial-, causando 323 muertos. La cosa empezaba a ir en serio.

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CV / El 2 de abril, Argentina había invadido las islas Malvinas, cuya soberanía reclamaba desde la primera mitad del siglo XIX, cuando habían sido ocupadas por los ingleses. Pero la reivindicación histórica fue un pretexto patriotero para desviar la atención de la población de problemas mucho más graves que una atávica reclamación territorial histórica.

Leopoldo Fortunato Galtieri, presidente de facto de Argentina quien ordenó la operación Rosario / Créditos: Tupolepo

Argentina vivía desde 1976 bajo una dictadura militar particularmente represiva y sangrienta, con miles de asesinatos, torturados y desaparecidos. Un país al que bien podía aplicársele la frase de Churchill sobre la España franquista: ocupado por su propio ejército. Eran los tiempos de las dictaduras militares impulsadas por los EEUU para frenar al comunismo en el continente americano, su patio trasero. Y valía todo. Lo había expresado con meridiana claridad años antes el secretario de estado Foster Dulles en relación a algún dictadorzuelo centroamericano: “Será un bastardo, pero es nuestro bastardo”. Y el Tío Sam protege a sus vástagos, sean legítimos o bastardos.

Los milicos argentinos entraban en la segunda categoría. Y ya se sabe que en las rencillas entre hermanos, el padre velará por todos, pero si es entre legítimos y bastardos, acostumbra a optar por los primeros. Y aliados, lo que es aliados de verdad, los Estados Unidos tenían solo dos: Inglaterra e Israel.

Pero tal vez absorbidos por los altos estudios estratégicos propios de su profesión, en el escaso tiempo libre que les dejaba su ocupación principal de genocidas, los generales argentinos ignoraban este extremo geopolítico. Tampoco la cosa les iba muy bien. El país estaba sumido en una crisis económica galopante y las protestas de la población iban en aumento a pesar de la brutal represión. Una dictadura apestada que empezaba a resultar molesta incuso para los que la habían auspiciado.

La mandataria británica Margaret Thatcher tampoco pasaba por su mejor momento; su popularidad se estaba desmoronando

Pero los milicos querían seguir mandando, entre otras razones para que nadie les pidiera cuentas de sus crímenes. Y concibieron un plan para perpetuarse, apelando al nacionalismo más ramplón y al inevitable enemigo exterior. Así que con un olfato digno de los más altos estadistas, decidieron que el enemigo iba a ser Inglaterra. Caía tan lejos que no iban a liarse a tiros por un quítame allá estas islitas.

Pero erraron el cálculo por doble partida, y por doble ignorancia. En primer lugar, porque Inglaterra nunca ha sido un país excesivamente proclive a poner la otra mejilla; más bien todo lo contrario. Y cuando la ha puesto es porque no había más remedio. Como ante China con Hong-Kong. Pero Argentina no era China. La mandataria británica Margaret Thatcher tampoco pasaba por su mejor momento; su popularidad se estaba desmoronando. Así que el farol de los fatuos milicos porteños le vino muy bien domésticamente hablando: a reverdecer el patriotismo y las grandezas imperiales a costa de aquellos payasos, y victoria asegurada en las siguientes elecciones, para seguir desmantelando el estado británico del bienestar. Quedaba el Tío Sam, sí, pero los únicos que no ignoraban cómo iba a reaccionar eran al parecer los miembros del alto mando argentino. Era una disputa entre legítimos y bastardos; no había color.

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El desembarco británico y la rendición argentina

La armada británica recorrió tranquilamente los 15.000 km de ruta hasta las Malvinas. Mientras tanto, los milicos bravuconeaban en concentraciones patrióticas con una jerga antiimperialista que en sus bocas sonaba a parodia, a la vez que, con una perspicacia logística y militar digna de Aníbal, los soldaditos argentinos carecían de ropa de abrigo en un clima extremo con el invierno echándoseles encima.

Los británicos desembarcaron y el ejército argentino se rindió. El 14 de junio se firmaba el cese de las hostilidades

Cuando empezó la guerra de verdad, la marina argentina optó por la heroica estrategia de permanecer en puerto; la aviación consiguió hundir algunos buques ingleses, hasta que se quedó sin aviones ni misiles. Y los soldaditos argentinos ateridos de frío estaban mucho menos motivados que sus jefes pertrechados de bebidas espirituosas en las suntuosas trincheras de Buenos Aires, a 2.000 km de distancia. Los británicos desembarcaron y el ejército argentino se rindió. El 14 de junio se firmaba el cese de las hostilidades.

Los generales argentinos descubrieron dos cosas. La primera, que no era lo mismo masacrar a su pueblo que enfrentarse a un ejército moderno; la segunda, que su siniestra dictadura tenía los días contados.

Y el Tío Sam mató dos pájaros de un tiro. Ayudó a su aliado de verdad, en lo político y en lo ideológico –el tándem Reagan/Thatcher-, y se deshizo de un bastardo que ya era innecesario. En definitiva, una guerra de opereta al servicio del poder, con muertos de verdad. Como todas las guerras. Murieron 649 argentinos y 255 británicos.

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También un 4 de mayo se cumplen estas otras efemérides

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