Hablar de sexo en clase

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Durante la adolescencia explota la libídine y con ello hay que comprender algo biológico en nuestra especie, y es que los humanos somos hipersexuales, es decir, amamos más al sexo de lo que nos imaginamos. Así se lo cuento a mis adolescentes, claro está que con el enfado de algún padre recatado.

 

David Rabadà | Catalunya Vanguardista @DAVIDRABADA

En alguna tutoría de la ESO analizo las siguientes facetas y luego dejo que mis alumnos saquen sus propias conclusiones. Como escribía Desmond Morris, somos monos desnudos. Vayamos a ello.

 

–          Nuestra piel está dotada de infinitud de puntos muy sensibles y orógenos. Pezones, labios bucales, labios vaginales, cuello, orejas, clítoris, glande, escroto, ano y demás zonas, despiertan una inmensa literatura parda entre todos nosotros. Añadamos que la insinuación a distancia existe de manera física y olorosa. Los pechos femeninos no están hinchados de leche, están hinchados, ¿de qué?

–          De aire – respondía algún provocador.

–          No Iván, los pechos femeninos están llenos de grasa para darles la forma redonda y turgente que todo hombre, como tu, disimuladamente o no, otea. De igual forma las nalgas femeninas también acumulan grasas para embellecer y reclamar la mirada furtiva de los machitos. Pero no sólo de formas se reviste el sexo, también de olores corporales en axilas y pubis. Éstos emiten almizcle para potenciar la excitación sexual. En muchos perfumes se añade tal producto para agradar más al consumidor y a quienes desee atraer, ¿o nos perfumamos para las moscas? – los alumnos se reían -. Existen más rasgos que nos alejan del resto de animales. El sexo humano resulta algo muy peculiar, singular y exclusivo. Así pues, y en el juego amoroso, los toqueteos de la piel son fundamentales en algo que ningún otro vertebrado posee, una precópula muy larga. El juego y la insinuación a través de nuestra piel ocupa su tiempo en nuestra especie.

–          ¿Y el aquí te pillo aquí te mato?– ahora otro de los pinta de la clase.

–          Sí, eso también existe Rufián, pero predominan las largas estimulaciones antes de la masturbación o de la penetración. La variedad de posturas y prácticas sexuales en los humanos roza el infinito.

–          Como en el Kamasutra – otra vez Iván.

–          Sí, Iván, todas esas contorsiones jamás las realizan nuestras mascotas – algunas carcajadas al fondo – A diferencia de nuestros congéneres también el orgasmo en nosotros es distinto, muy largo e intenso, infinitamente más que muchos mamíferos próximos. Los monos penetran y la sacan en fracción de segundos. Pero lo que más nos distancia del resto de animales es que no tenemos celo estacional marcado. Cuando las mujeres ovulan, los machos no lo saben. Sin estro que las delate se puede hacer el amor durante todo el año – se ríen algunos -, y por tanto el sexo en nuestra especie no está atado sólo a la reproducción, sino a dos cosas más,  ¿cuáles?

–          Al placer.

–          Exacto María, al placer para bajar la ansiedad, pero ¿y qué más?

–          Al amor.

–          Muy sagaz Silvia, o dicho de otro modo a la mejora de los vínculos de pareja. En resumen, podríamos decir que la mayoría de vertebrados practican el sexo sólo para la reproducción pero los humanos lo practicamos también por placer y para reforzar los nexos conyugales. Todo ello es algo normal, natural y lícito ya que así nos diseñó la evolución biológica

–          ¿Y Dios? – inquirió seriamente Xavier como testigo de Jehová.

–          Ya te he dicho que en clase de ciencias no lo voy a mezclar, aunque si uno defendiera los antiguos creacionistas, hoy llamados del diseño inteligente, debería admitir que Dios creó a nuestra especie con ese don, el placer sensual. Por tanto, hablar de sexo con vosotros debería ser algo normal, natural y lícito. Así os trato como adultos.

–          Pero entonces somos especiales – insistió Xavier.

–          Sí los humanos somos sexualmente muy especiales, somos  hipersexuales, es decir, nos encanta eso del coito y el orgasmo más que a ningún orga-nismo del planeta. Insisto, poseemos el precoito, coito y orgasmos más largos de toda la fauna de la tierra. Ante tal alarde de placer es innegable nuestra apetencia natural por el sexo, conjuntamente con la existencia de la homosexualidad, la bisexualidad y otras prácticas. Por desgracia, y ante la hipersexualidad humana, muchas culturas la han intentado reprimir bajo terribles consecuencias. La ablación, la homofobia, el religioso pederasta y hasta alguna infidelidad son ejemplos de una represión sexual contra natura. Si Dios nos hizo así, fue a su semejanza. Sacad ahora vuestras conclusiones – algunas sonrisas.

–          Y a qué edad podemos hacer sexo compartido.

–          Pues cuando te sientas maduro Rufián. Todos sabemos que la virginidad se pierde cada vez más temprano, pero yo nos os voy a animar a ello. Y tened en cuenta el riesgo de embarazos no deseados o de enfermedades por descuido de goma. Yo sólo os diré que en el momento de hacerlo por primera vez haya tres premisas. Primero saber qué vas a hacer con buena información, a mejor conocimientos mejor toma de decisiones. Segundo como lo vas a hacer para evitar riesgos innecesarios. Y tercero y último, con quién lo vas a hacer para tener claro si será por placer, atracción o amor compartidos. La edad del coito la pone el alumno bien informado y no el ignorante descuidado.

 

¿Cómo iniciar la anterior clase de sexo?

Parte de la política educativa nacional no vería con buenos ojos la sesión anterior pero es que falta algo por contar. La clase descrita no se puede impartir sin un buen trabajo previo con los alumnos. Ir tan al grano implicaría reventar su acné y mancharnos todos juntos. Debe haber una hora precedente que mentalice seriamente a los púberes. Esta conversación es la que sigue. Primero avisaba a mis alumnos que se iban a reír mucho al principio. Sólo mencionar la palabra sexo ya provocaba las hilaridades de algunos. Y entonces les preguntaba.

–          ¿Por qué os reís? Si os hablo de la polinización de las flores apenas reaccionáis pero si os comento el coito humano saltáis a la palestra.

–          Hombre profe, es que eso es algo muy íntimo – este era Luis, uno de etnia gitana.

–          Pero sólo por eso nos reímos. Mis calzoncillos son algo muy íntimo pero no os hacen reír tanto. Por tanto, ¿qué más hay que el sexo provoca nuestras carcajadas?

–          A mi me pone nerviosa hablar de ello.

–          Eso se llama pudor María. Y la reacción natural de los humanos ante una tensión interna por nervios e intimidad, ¿cuál es?

–          La carcajada – otra vez Luis.

–          Exacto, de hecho el humor se basa en ello, en crear una situación absurda que se resuelve de manera inesperada. Nuestro cerebro en ello sufre una contradicción y cuando aparece el desenlace entre lo lógico y lo ilógico, descarga la tensión en forma de sonrisa. Analizad la mayoría de chistes y os daréis cuenta de ello. Con el sexo pasa lo mismo.

Y los alumnos se daban cuenta de ello y su mirada les cambiaba. A la segunda clase el nivel de carcajadas disminuía considerablemente ya que la tensión era menor y el grado de novedad también. A la tercera se hablaba sin pudor de las posturas sexuales, de sus riesgos, de sus placeres y de todos los métodos anticonceptivos. Las preguntas surgían y se daban detalles de la anatomía de los puntos G, U, clítoris, ano, oreja, cuello, labios bucales, labios vaginales y todos los tacos que conllevaban. Asimismo se les mostraba sus equivalentes cultos mencionando el cunilingus, la felación y los nombres de muchas posturas ya sin pudor y sin chistes como el 69, el sexo oral y hasta el anal. Se llegaba a la masturbación, masculina o femenina, que daba placer y restaba ansiedad ante los exámenes u otras situaciones, algo sano, natural y necesario. En fin que el sexo por placer existe pero que el sexo por amor refuerza los lazos entre la pareja, aunque sobre todo la goma siempre por medio. En todo aquello ya no había cachondeo en clase, sólo curiosidad y aprendizaje. Para mi era un placer mantener una conversación tan madura con mis alumnos. A través de ella les estaba conociendo mucho mejor.

Por último, y al final de la unidad, no oficial en el libro, les soltaba la bomba, que si estaban preparados a su edad para hacer el amor. Eso daba una nueva vuelta de tuerca al asunto, una nueva tensión y algunos alardes de masculinidad pero sin respuesta clara. La mayoría decían que no y una minoría calló al no ser vírgenes. Otros vitorearon sus hazañas fuera de la clase. Lo importante era mantener mi neutralidad. Aún sin estar de moda reprimir el sexo, tampoco hay que alentarlo sin control entre los adolescentes. Hablar de sexo en el aula resulta algo fascinante pero muy peligroso. Yo les concluía que encontraran el momento en su madurez, que amando a alguien mejor pero que si lo hacían por placer era digno y natural también. Ahora que la pedagogía por competencias resuelva el resto, eso sí, sin cargarse la transmisión de conocimientos.

 

El peligro de la seducción

Entre docentes y alumnos existen riesgos en asuntos de sexo: el de la seducción y el del enamoramiento. Recuerdo a una alumna, que bajo deseos más allá del pupitre, estuvo a punto de arruinarme la carrera. Ella, muy díscola y frustrada por mi exigencia en clase y falta de reciprocidad personal, me acusó de unos graves arañazos en sus brazos. La directora del centro me exigió explicaciones y al descubrir que la escolar se había lesionado a sí misma, así dio testimonio el resto de la clase, no la sancionó ni exigió que me pidiera disculpas. Desde ese día aprendí un truco para no ser acusado jamás de tales difamaciones. En caso de tener una charla con una alumna en clase, o en la sala de entrevistas, dejo siempre la puerta abierta para estar a la vista de todo testimonio y ahuyentar cualquier rumor sobre posibles acosos. Todavía me entra miedo de las posibles consecuencias de aquella difamación, pero no por ello he dejado de impartir mis clases de sexo entre los púberes. Al fin y al cabo, deben saber hacer el amor, sus relaciones de pareja pueden depender de ello. De todas formas, en mis ciencias experimentales, no haremos prácticas en el laboratorio, no tema.

Este artículo forma parte de una serie titulada “Fracaso escolar o fracaso político“, a cargo de nuestro colaborador, David Rabadà.

Entrega anterior: Muros e histerismo (4)

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