Hiperactivad, verdad o ficción

Imagen de Patrice Audet en Pixabay

El tema de la hiperactividad resulta un terreno muy cenagoso. Hay quienes niegan su existencia y otros la postulan como una enfermedad, el dos por uno, aunque éste no es el nombre de un aceite milagroso que quita el óxido del fracaso escolar, es un asunto que puede contarse con gotas de humor.

 

David Rabadà | Catalunya Vanguardista @DAVIDRABADA

Oraba un chiste muy lamido que en una conversación entre una madre y una vecina decían lo siguiente.

–          ¿Veo que has tenido gemelos?

–          No son gemelos, es sólo uno, pero hiperactivo.

Muy malo, ya lo sé… Pero los síntomas centrales del TDAH no son el nerviosismo, como muchos creen, sino una falta de autocontrol generalizado. A ello se suma una insatisfacción irracional que el aquejado aprende a suplir inconscientemente con actitudes díscolas. Todo ello puede conllevar un sesgo en la atención del zagal, una dificultad para finalizar las tareas y una excesiva inquietud. Para diagnosticarlo en casa se utiliza un test, el Cuestionario de Conducta de CONNERS, al que los padres deben responder indicando un «nada», «poco», «bastante» o «mucho». Luego, y con las casillas marcadas, se computa el índice de hiperactividad.

Los síntomas centrales del TDAH no son el nerviosismo, como muchos creen, sino una falta de autocontrol generalizado

Las preguntas son: 1. Es impulsivo, irritable; 2. Es llorón/a; 3. Es más movido de lo normal; 4. No puede estarse quieto/a; 5. Es destructor (ropas, juguetes, otros objetos); 6. No acaba las cosas que empieza; 7. Se distrae fácilmente; 8. Tiene escasa atención; 9. Cambia bruscamente sus estados de ánimo; 10. Sus esfuerzos se frustran fácilmente; y 11. Suele molestar frecuentemente a otros niños. Obviamente estas preguntas no son suficientes para un diagnóstico correcto y cabe la observación atenta de un psiquiatra al respecto.

Pero, ¿cuál es la causa de la hiperactividad? Para muchos psiquiatras, pedagogos y asociaciones de familias con hijos hiperactivos la causa es más genética que adquirida, en cambio para muchos psicólogos, neurobiólogos y docentes la causa es más educativa que innata. En ambos lados hay sus excepciones, pero lo básico es que existen estas dos tendencias para explicar el origen del TDAH. Analicemos y evaluemos ambas posturas. Quizás hallemos una solución ante estos escolares.

Si el test anterior lo aplicamos a cualquier infante menor de cinco años daría que todos los humanos hemos sido hiperactivos alguna vez. Todos los niños suelen ser movidos, dispersos y con bajo nivel de autocontrol, algo que define la infancia en si misma. Es más, resulta normal que un niño sea inquieto, que se distraiga con el paso de una mosca y que proteste ante una orden adulta. Durante esta etapa debe aprender a controlarse bajo los límites paternos. Si un chiquillo se mueve cuando padece hambre, soledad, frío o sueño, no se le diagnostica un TDAH sin más.

El test Conners no es suficiente para un diagnóstico correcto del TDAH. Este cuestionario simplemente describe la más temprana infancia que un niño sin límites, premios y atenciones no sabrá superar

Los adultos nos damos cuenta que el zagal se mueve por falta de algo que todavía no ha aprendido, su autocontrol. Un humano maduro sabe, hasta cierto límite, autocontrolarse si siente hambre, soledad, frío o sueño, pero el crío todavía no ha adquirido estos aprendizajes y ante cualquier incomodidad se muestra inquieto y movido. Si el entorno no educa en la espera, la calma y el autocontrol el zagal jamás aprenderá a ganarse las cosas. Cualquier crío necesita adquirir paciencia, rutinas y esfuerzo para su posterior madurez. Por tanto, y como ya se dijo con anterioridad, el test Conners no es suficiente para un diagnóstico correcto del TDAH. Este cuestionario simplemente describe la más temprana infancia que un niño sin límites, premios y atenciones no sabrá superar.

Si un zagal no aprende a autocontrolarse y sigue movido, disperso e impulsivo, saldrá como hiperactivo en el Conners. En tal caso la terapia debería ser una educación que corrija tales deficiencias y no la creencia en una enfermedad. De hecho, un entorno acelerado en lo fácil y la hiperestimulación con libre acceso a televisión, internet o deseos lleva a los niños hacia la cultura del quiero y lo tengo con un clic informático. En ello está el papel de los padres si éstos no ponen límites adecuados a sus hijos, algo que explicaría la expansión del TDAH con cada vez más niños movidos y sin autocontrol, zagales que simplemente llaman la atención para que sus padres ausentes jueguen con ellos, les marquen límites o les regalen estima.

Con la hiperactividad no hay análisis químicos que la corroboren y al final todo depende de un cuestionario y de las opiniones de alguien

Cabe añadir que en otras patologías estudiantiles como dislexias, sorderas, problemas de lateralidad o miopías, la anomalía suele decretarse sin discrepancias entre los especialistas. Ello sucede por dos razones, existen pruebas clínicas que las detectan y los individuos afectados suelen manifestar su problema con claridad. Pero con la hiperactividad no hay análisis químicos que la corroboren y al final todo depende de un cuestionario y de las opiniones de alguien. El dictamen de éste es lo que decreta si uno padece o no tal síndrome sin que haya datos físicos o químicos al respecto, sólo observaciones. Se insiste, el fallo del especialista surge de descripciones del aquejado y sólo un científico puede realmente detectar con mayor objetividad a los hiperactivos.

Lo más preocupante es que algunos padres sienten en algunos falsos diagnósticos un mástil en donde aferrarse ante cualquier mal resultado de su hijo, es decir, viven agazapados al diagnóstico y ven a su hijo como a un enfermo. Un día atendí a los siguientes padres.

–          ¿Sabe que nuestro hijo sufre un trastorno de la atención con hiperactividad? – me preguntaron estos progenitores.

–          ¿Un TDAH? Claro que lo sé. Ya fui informado en su momento.

–          Pues esa es la causa de tantos exámenes suspensos en su asignatura. Él necesita una atención especial. Nos gustaría saber como le atiende ante esta patología.

Pero lo que les dije no les gustó en absoluto. En clase, y bajo la excusa de una supuesta hiperactividad, ese alumno había pasado a una hipoactividad, es decir, que no pegaba ni golpe, o dicho de otro modo, no terminaba los ejercicios que yo le preparaba con exclusividad. Eso sí, los padres me insistían que la medicación resolvería esa apatía por los deberes. Quizás la tendencia y la necesidad de resolver rápidamente cualquier problema educativo impulsa estas creencias. Además, sólo en casos psiquiátricos bien diagnosticados la terapia con fármacos parece justificable y necesaria. Y aún así, siempre debe ir acompañada de una terapia educativa y correctora. En ello están de acuerdo la mayoría de psiquiatras, algo que nos lleva a ver la causa del TDAH como una combinación entre hábitos y genética.

 

Hiperactividad, innata o adquirida

Gracias a la tomografía se conocen actividades singulares en el neurocórtex cerebral de los hiperactivos. En febrero de 2017 la revista The Lancet Psychiatry publicó uno de los trabajos más extensos al respecto. Se compararon las resonancias magnéticas cerebrales de 1.713 afectados por el TDAH con las de 1.529 individuos sin hiperactividad. Los resultados detectaban diferencias significativas en cinco estructuras del cerebro interno, el más ligado a las emociones que a las razones. Ello indicaba que el TDAH era consecuencia de un retraso en la maduración cerebral de los individuos. Pero esta sazón era, ¿innata o adquirida?

El TDAH puede tener una predisposición genética pero una educación que no promueva el autocontrol puede despertarlo

Las diferencias cerebrales detectadas en tomografías y resonancias pudieran responder al entorno educativo y no a su diseño genético de base. Nuestras redes neuronales, y su consecuente maduración, reaccionan más a lo aprendido y no a nuestros genes más primitivos y heredados. Además, sabemos que las dopaminas están implicadas en el TDAH y éstas responden a estimulaciones externas como el miedo, el sexo y el deporte. De hecho el individuo con TDAH reduce su ansiedad con una de las tres acciones anteriores: miedo, sexo o deporte. Por tanto el entorno puede reeducar su disfunción y no cabe ver al hiperactivo como a un paciente determinado por su genética. Es decir, el TDAH puede tener una predisposición genética pero una educación que no promueva el autocontrol puede despertarlo.

Si lo anterior es cierto, los padres no deberían tratar a un hijo hiperactivo como un enfermo, y ni mucho menos exigir a los profesores que se esfuercen para que el afectado no trabaje tanto. Tal perspectiva hace que se trate a los hiperactivos como incapacitados, algo nada estimulante para un estudiante, algo que en nada aviva su dopamina. Sin embargo la política educativa nacional prefiere tratar a estos jóvenes como a unos incapacitados.

Si al presunto hiperactivo se le dice y repite que padece una enfermedad, el chaval se cree incapacitado y acaba por desarrollar otra anomalía, un QTTT, que trabaje tu tía

En mi experiencia he visto a muchos alumnos con TDAH que una vez diagnosticados su rendimiento cayó en picado. Piense en lo siguiente, si al presunto hiperactivo se le dice y repite que padece una enfermedad, el chaval se cree incapacitado y acaba por desarrollar otra anomalía, un QTTT, que trabaje tu tía. Quizás ese nuevo trastorno, el QTTT, sea el origen del infinitivo que sufren, qatear. En fin, que sin quererlo hemos hecho fracasar al alumno bajo su nuevo QTTT algo que le ha convertido en un cateto sin que él fuera culpable de su inapetencia estudiantil.

He observado también hiperactivos con un elevado coeficiente de inteligencia. Éstos, y al ser continuamente amonestados, derivan en actitudes agresivas o disruptivas. Me explicaba un día el psiquiatra Dr. Miquel Casas que de una forma inconsciente, estos chavales aprenden que con una acción física enérgica estimulan su dopamina para después sentirse relajados. Por dicha razón muchos de ellos buscan placer en ello y llegan a la disrupción, a la marihuana o a otras actividades relajantes.

–          ¿Saben que Oriol ha faltado dos días a clase falsificando los justificantes de ausencia? – inquirí yo a unos padres de un TDAH.

–          Sí, pero creemos que es algo comprensible – respondió el padre con aplomo y educación.

–          ¿Comprensible?

–          Oriol nos ha contado que la mayoría de profesores le acosan verbalmente y eso le afecta mucho. Por eso se ausenta del colegio.

–          ¿Saben entonces que Oriol no quiere pegar ni golpe?, ¿que se pasa las clases riendo, provocando a los docentes y que por eso éstos le exigen, que no acosan?

–          Dada su hiperactividad todo eso es normal. Ustedes deberían tenerlo en cuenta – cierto, su dopamina hallaba placer en ello –. Su ritmo de trabajo es inferior al de los demás – discutible ya que el alumno era muy inteligente y su capacidad no era inferior, sólo su voluntad era nula.

 En fin, que el problema de aquellos padres volvía a ser que se creían en demasía la hiperactividad como una enfermedad que incapacitaba a su hijo, y no como algo a superar con hábitos correctores y algún fármaco.

 

Una solución al TDAH

He observado, y experimentado, que con grandes dotes de autoridad, que no autoritarismo, se modula a los hiperactivos. De hecho mejoran sus notas y su capacidad de trabajo. Esto encaja con muchos datos psiquiátricos. Según el mencionado Dr. Casas del Grup de Recerca de Psiquiatria del Hospital de la Vall d’Hebron en Barcelona, el hiperactivo reduce su disfunción cuando hace deporte, practica el sexo o siente miedo. Que los hiperactivos se mueven para reducir su ansiedad ya lo sabemos, que el sexo es una buena fuga para reducirla también, pero que el miedo sea otra forma de frenarla sólo algunos docentes lo tienen en cuenta.

Desconozco qué puede argumentar la psiquiatría a favor o en contra, pero por los casos que conozco, la autoridad, que no el autoritarismo, funciona bastante bien ante la hiperactividad

Desconozco qué puede argumentar la psiquiatría a favor o en contra, pero por los casos que conozco, la autoridad, que no el autoritarismo, funciona bastante bien ante la hiperactividad. Cabe indicar aquí que a tenor de los últimos avances en neurobiología pudiera ocurrir que la hiperactividad fuera una disfunción a superar con esfuerzo, algo de miedo, amor y hábitos familiares férreos. Pero la política educativa prefiere contentar a los padres que no orientarles hacia una mejor educación.

Investigaciones recientes han demostrado que en el aprendizaje la atención influye más que la capacidad innata del individuo, es decir que el entorno puede más que la genética y que por tanto, la capacidad no es del todo innata, se trabaja. Si la hiperactividad hunde sus raíces en lo adquirido, ésta pesa más que lo innato y por tanto los malos hábitos la desatan y por el contrario, los buenos la pueden desactivar. Muchos educadores saben que una educación motivadora, con autoridad y con retos, llamada estudio esforzado o deliberate practice, crea chicos brillantes con gran independencia del genoma heredado. Estudios de neurociencia también afirman que el ambiente afecta más que la genética en el talento de los estudiantes. Un estudio efectuado durante más de siete años sobre unos 2000 niños, afirmaba que el entorno social y cultural ostenta mayor influencia que la genética en sus CI o coeficientes de inteligencia. Para más información se puede consultar por Internet, Proceedings of the National Academy of Sciences USA del 19 de diciembre de 2007.

Un estudio efectuado durante más de siete años sobre unos 2000 niños, afirmaba que el entorno social y cultural ostenta mayor influencia que la genética en sus CI o coeficientes de inteligencia

Añadamos a lo anterior que familias con autoridad firme en donde se practica el estudio esforzado crean alumnos sin problemas educativos y sin hábitos hiperactivos. Estos padres realizan prodigios con sus hijos gracias a una gran dedicación y a un buen ideario moral. Luego llegaremos a ellos. La genética está allí, pero no para creernos dirigidos por ella, sino para moldearla.

En el año 2006 la Cambridge University Press publicó The Cambridge Handbook of Expertise and Expert Performance donde K. Anders Ericsson, Paul J. Feltovich, Robert R. Hoffman y Neil Charness compilaban una serie de artículos y observaciones que demostraban algo paradójico, que los expertos no nacen, se hacen, es decir que los buenos hábitos pueden despertar los buenos genes, las capacidades innatas. Otra vez aquí, la educación que motiva y pone retos a los hijos, estudio esforzado, crea chicos brillantes, hasta niños prodigio. Ejemplos de ello fueron Mozart en la música, Tiger Woods en el golf y Judit Pólgár en el ajedrez. Todos ellos recibieron una educación muy temprana destinada a dominar cierta especialidad. Ello nos vuelve a indicar que una educación bien dirigida potencia las capacidades innatas y reprime hiperactividades y demás chacras.

La idea que los niños brillantes no nacen, se hacen, choca con nuestra concepción determinista del tan de moda genoma humano. Bajo este prisma, todo parece contenido en los genes pero es la cultura quien amasa el barro de nuestras capacidades innatas. Heredamos potenciales gracias a nuestros cromosomas pero bajo un buen influjo los buenos llegan a fructificar y los malos apearse. Cómo decía Robert Skidelsky, miembro de la Cámara de los Lores británica y profesor emérito de Economía Política de la Universidad de Warwick.

<< Nuestra naturaleza puede predisponernos a aprender, pero lo que aprendemos depende de cómo nos crían >>

A tenor de los últimos descubrimientos en neurobiología, los superdotados surgen más del influjo familiar que no del genoma heredado, todo lo contrario de lo que creen los padres agazapados al diagnóstico de un TDAH. En marzo de 2007 la investigadora del Centro de Regulación Genómica de Barcelona, Mara Dierssen, declaraba lo siguiente.

<< Los modernos estudios de neurociencia indican que el ambiente influye más que la genética en el talento musical. Puede existir una predisposición genética, pero cuando se estudian casos de gemelos univitelinos que se han criado en entornos diferentes, uno musical y el otro no, se comprueba que lo más influyente es el ambiente. Algo parecido sucede con los idiomas. Es decir, la genética está siempre en un segundo plano con respecto a los hábitos [educativos] >>

La mayor capacidad memorística, la mayor adquisición de conocimientos y su placer intelectual conllevan mayor motivación y autocontrol

Se insiste por tanto que el esfuerzo cuenta más que la capacidad innata y que el TDAH puede reducirse con ello. Si se dan las condiciones para que el alumno se sienta empujado hacia el esfuerzo todo fluye hacia el éxito. Si existe una familia comprometida, más unas leyes exigentes en los currículos, el esfuerzo aparece y con él la mayor fijación de mielina en los axones neuronales. Cabe recordar que el ritmo y crecimiento de esta sustancia alrededor de los axones influye en el aprendizaje, la memorización, la inteligencia y el autocontrol, todos ellos antídotos de la hiperactividad.

La mayor capacidad memorística, la mayor adquisición de conocimientos y su placer intelectual conllevan mayor motivación y autocontrol. De ahí los resultados que ya mencionamos del equipo en el Hospital Infantil de Cincinnati, que a más esfuerzo, más mielina y mayor cociente intelectual en los niños. Pensar lo contrario es creerse atrapado por un fatalismo genético que nos condena al fracaso escolar. En tal caso nadie debería hacer esfuerzo alguno. Pero los datos dicen todo lo contrario. Veamos en el próximo apartado los factores que despiertan la hiperactividad entre nuestros zagales, y hasta sus soluciones.

Este artículo forma parte de una serie titulada “Fracaso escolar o fracaso político“, a cargo de nuestro colaborador, David Rabadà.

Entrega anterior: Anorexia bajo protección (22)

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