El Capitán Trueno, un caballero medieval del siglo XII que, acompañado de sus fieles Crispín y Goliat, y en ocasiones de su novia la reina Sigrid de Thule, amigo de Ricardo Corazón de León y de Saladino, recorre el mundo combatiendo la injusticia

¡Hasta siempre, Capitán!

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Murió ayer. Se llamaba Víctor Mora y fue el creador del Capitán Trueno. Durante muchos años firmó como Víctor Alcázar, que más que un nombre artístico fue «contranombre de guerra» para poner sordina a su militancia clandestina y a su condición de expreso político en una lista negra de la que se aprovecharon los de siempre. No fue el único en sufrirlo, Marcial Lafuente Estefanía, por ejemplo, había sido general del ejército republicano durante la guerra civil y también lo padeció.

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Xavier Massó_editedXavier Massó / x.masso@catalunyavanguardista.com

Dicen algunos que todo gran lector ha padecido en su infancia de algún forzado período de reposo que inicia en la lectura para combatir el aburrimiento, y que el vicio se queda pegado al alma. Una perversión, vamos, al menos en el sentido originario del término: desviación de los fines naturales. Ellos sabrán, los rousseaunianos…

Por mi parte, obviando por supuesto lo de «grande» y quedándome en mero «lector», puede que algo haya de esto. Me aficioné al Capitán Trueno con motivo de un forzado período de reposo que tuve que guardar durante tres o cuatro meses debido a una fea fractura de fémur que sufrí a los ocho años. Alguien me trajo un ejemplar una revista juvenil con distintas historietas de cómic de aventuras, humor y reportajes; un magazine, que diríamos hoy. Se trataba de «El Capitán Tueno (EXTRA)». Y así me enganché. Lo demás vino solo.

Primer número del Capitán Trueno

Primer número del Capitán Trueno

Por aquel entonces –el lejano 1968-, aparecían simultáneamente varias publicaciones del Capitán Trueno. Estaba la serie histórica, ya en su fase final, de formato pequeño apaisado, al precio de 2 pesetas, que llevaba publicándose desde 1956. Y el Capitán Trueno mensual de 10 pesetas, que era una reedición posterior de las mismas aventuras, a veces salvajemente mutiladas. También había publicaciones esporádicas en formato de libro y con tapa dura, donde el texto del relato se alternaba con las viñetas ilustradas, en la Colección «Héroes».

Y finalmente, El Capitán Trueno EXTRA, de 5 pesetas por entonces, con el que me inicié en tan entrañable personaje. El producto era algo más acabado en la medida que las viñetas incorporaban distintas tonalidades de rojo al blanco y negro, en una suerte de «precoloración». La revista constaba de varios contenidos, lo cual la hacía particularmente amena. En el reverso de la portada, siempre aparecía algún reportaje histórico, científico o cultural, de carácter divulgativo en texto. Recuerdo algunos: El descenso de Piccard (hijo) con su batiscafo a las fosas Marianas, la conquista del oeste americano, las expediciones de Scott y Amundsen a la Antártida… En la siguiente página aparecían chistes gráficos –como el inefable «Gumersindo el bucanero», con su travieso grumete Remigio-, pasatiempos como «encuentre los siete errores que hay entre las dos imágenes» y una sección de efemérides.

A continuación venía el plato fuerte: cuatro páginas de un episodio del Capitán Trueno –la aventura completa solía ser de tres episodios-. Se trataba de aventuras distintas e independientes de la serie histórica, pero obviamente con el mismo background. Según como, hasta diría que fueron las mejores. A continuación, dos series que se alternaban semanalmente: «El Príncipe Errante» -un proscrito que luchaba contra la ocupación británica de la India- y «Buana Safari» -la vida en una reserva africana en la época pre-poscolonial-. Finalmente «Víctor, el héroe del espacio», aventuras de ciencia ficción protagonizadas por un niño y su simpático robot, que obedecía al nombre de «Rodolfo Tuerca». Y en la contraportada, la impagable «Familia Trapisonda». Vamos, una gozada.

Hace unos años apareció la que se anunció como la última aventura del Capitán Trueno

No duró mucho. Si no recuerdo mal, empecé a hacerme la colección por su número 350 o 360, y concluyó –un jarro de agua fría- con una escueta y lacónica nota anunciando el fin de la publicación en el número 427. Total, pues, unos 77 números a lo sumo, un año y medio. Al poco tiempo apareció «Trueno Color», nueva reedición de la serie histórica, esta vez a todo color, 16 páginas por ejemplar y al precio de 8 pesetas. Otra gozada. Apareció en 1970; recuerdo que tenía 10 años y estaba cursando 1º de Bachillerato. Luego, unos tres años después, acabé dejándolo, no diría que por cansancio, sino por edad: nuevas inquietudes, nuevos intereses… Y me olvidé del Capitán Trueno.

Más o menos a mediados de los años ochenta, reapareció con un formato magazine que imitaba, mal, al EXTRA de cinco pesetas de antaño. Fueron unos trece o catorce números. Por lo visto, Editorial Bruguera entró en suspensión de pagos y liquidó la publicación sin previo aviso… y a media aventura. No estaba mal, no, pero no era el Capitán Trueno de antes… Claro que tampoco uno era el de antes. Más tarde volvió a aparecer en otra editorial, siempre agónicamente, pero ya lo fui perdiendo de vista. El Capitán Trueno con estética manga, simplemente no me «molaba».

Hace unos años apareció la que se anunció como la última aventura del Capitán Trueno, a cargo de dos guionistas que compraron los derechos de autor, en la cual el héroe moría, ya maduro y viudo, protegiendo un supuesto tesoro cátaro. Un truño del que sólo diré que es merecedor de la pena de cárcel para los guionistas que perpetraron semejante bazofia. Y nada más, que si no me iré de la lengua.

Cartel de la película

Cartel de la película

La película, por su parte, fue mala-peor-pésima sin duda alguna, pero más disculpable. Y aun suerte que al final no fue Antonio Banderas quien hizo de Capitán Trueno. De la intérprete de Sigrid, mejor corramos un tupido velo… Más allá de sus deficiencias manifiestas, la película incurre en un gazapo que traiciona al Capitán Trueno: admite fenómenos sobrenaturales y magia negra, algo ajeno por completo a su espíritu. Sí, cierto, a lo largo de sus aventuras, nuestro Capitán topa con dragones míticos, bestias corrupias prehistóricas y monstruos inefables, pero no hay brujas ni hechiceros con poderes sobrenaturales, no hay magia ni rey intocable, sino impostura, porque al final siempre acaba habiendo trampa. Se trata de trucos urdidos para perpetuar el dominio y la sumisión por parte de los aprovechados y desaprensivos; engaños que la luz de la razón, el propio Capitán Trueno, siempre acaba desenmascarando. No, definitivamente, no hay pensamiento mágico en El Capitán Trueno, sino racionalista.

¿Qué más decir del Capitán Trueno, un caballero medieval del siglo XII que, acompañado de sus fieles Crispín y Goliat, y en ocasiones de su novia la reina Sigrid de Thule, amigo de Ricardo Corazón de León y de Saladino, recorre el mundo combatiendo la injusticia, viaja en globo siglos antes de que aparecieran los primeros aerostáticos, navega hasta América y Oceanía en unas épocas en que de dichos territorios no se tenía ni noticia, y que parece poseer, además, el don de lenguas, hasta entonces privativo de los apóstoles por mediación directa del Espíritu Santo?

Para muchos críticos y no menos sesudos expertos, El Capitán Trueno es un típico producto sociológico de la España franquista, portador de unos valores obsoletos y reaccionarios que se transmitían a las jóvenes generaciones de una sociedad alienada, anacrónica y reprimida. Un análisis que me parece viciado de forma y tremendamente ramplón: el propio de «progres» avezados en detectar reaccionarismos en todas partes menos en sí mismos, o de psicoanalistas que no son sino un síntoma manifiesto del cuadro mórbido que dicen venir a curar. En fin.

En la que para mí es su mejor novela, Arturo Pérez-Reverte nos presenta en «El Club Dumas» -no confundir con la infame versión cinematográfica del dueto Polanski-Deep- una reunión semiclandestina que toda una constelación de renombrados intelectuales celebran anualmente para realizar una lectura de «Los tres mosqueteros», de Alejandro Dumas. ¿Cómo estos intelectuales de primera línea, autores y críticos de grandes novelas y ensayos, catedráticos universitarios de prestigio mundial, se reúnen para leer conjuntamente una obra tan menor como esta? Muy simple, es una cuestión de reconocimiento, de agradecimiento, y tal vez también de nostalgia. Porque cualquiera que sea el peldaño que cada uno de ellos ocupe en la escalera de la intelectualidad y la cultura, y por más arriba que estén, saben y admiten que los primeros escalones que tuvieron que subir y les impulsaron hacia la lectura fueron los Dumas, los Salgari, los Verne…

Nunca te fíes de alguien que menosprecie al Capitán Trueno

¿Y por qué no? También El Capitán Trueno o tantos otros cómics ilustrados –El Príncipe Valiente, El Hombre Enmascarado, Astérix, Tintín…-. Eso sí, claro, siempre y cuando no hagamos como Wittgenstein y tiremos la escalera gracias a la cual hemos subido una vez nos creemos arriba. La verdad es que en esta metáfora no anduvo nada afortunado el bueno de Ludwig Josef Johann. En primer lugar, porque la escalera no lleva a ninguna azotea, sino siempre a escalones superiores; en segundo, porque aunque hubiera azotea y se llegara a ella, tampoco hay ninguna razón para tirar la escalera; tal vez haya que descender algún día, y hasta puede que sea saludable a veces…

Nos daba William Faulkner tres inolvidables consejos de aquellos que, por más razonables que sean, siempre estarán para incumplirse: “Nunca comas en un restaurante que se llame «Mamá» -o «el fogón de la abuela» o cualquier cosa por el estilo-, nunca juegues al póker contra un hombre con cara de perro, y nunca te acuestes con una mujer que ha tenido más problemas que tú”.

Yo añadiré un cuarto: Nunca te fíes de alguien que menosprecie al Capitán Trueno. Seguramente que también estará para ser incumplido, qué duda cabe. Pero al menos, sepamos que será culpa nuestra lo que nos caiga por no haberle hecho caso, no suya, no del Capitán Trueno.

Eso sí, con la bazofia que prolifera hoy en día en temas de cómics y lecturas juveniles, no me extraña que luego se lea tan poco. No fue el caso de mi generación, o al menos el mío; tuvimos, tuve, al Capitán Trueno. Gracias, Víctor Mora, por ello, gracias por El Capitán Trueno. ¡Hasta siempre, Capitán!

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