Humor y corrección política

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En el día de los Santos Inocentes

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Xavier Massó_editedX.M. / x.masso@catalunyavanguardista.com

Uno todavía recuerda cuando tal día como hoy de no hace tantos años, aún se acostumbraban a gastar bromas y hasta los periódicos y las radios soltaban en sus noticiarios alguna «inocentada», es decir, alguna noticia estrafalaria, en ocasiones con visos de verosimilitud, que algún crédulo desprevenido se creía a pies juntillas. También, según parece, aunque esto lo vi mucho menos, algunos guasones se dedicaban a colgar en la espalda de los transeúntes las famosas «llufas», unos muñecos de papel recortado que los burlados paseaban sin saberlo convirtiéndose en objeto de mofa del personal.

Una curiosa manera de celebrar la efeméride de una masacre infantil bíblica de más que dudosa veracidad histórica, pero masacre al fin y al cabo. Y es que el humor, desde el chiste procaz hasta el más refinado, pero sobre todo el segundo, estaba sin duda mucho más presente en nuestra sociedad que en la actualidad. Hoy los periódicos ya no publican inocentadas, y si lo hicieran, seguro que habría alguna regulación legal que obligara a informar al pie del falso notición, con letras claras y de mayor tamaño que la noticia, de su condición de inocentada… no fuera a creérselo algún bobo y se quedara traumatizado por la tomadura de pelo. Y claro, algo así carecería absolutamente de objeto.

La verdad es que el sentido del humor nos ha abandonado; el día de los inocentes y también durante el resto del año

La verdad es que el sentido del humor nos ha abandonado; el día de los inocentes y también durante el resto del año. No seré yo, desde luego, quien defienda el humor chabacano y vulgar que tanto ha proliferado por estos pagos, y que sigue proliferando, consistente en la simple chanza del defecto o la tara, como los príncipes se mofaban de la joroba de sus bufones, entre otras cosas porque no me parece que sea humor, sino simple burla grosera. Pero sí defiendo la necesidad social de un cierto sentido de la ironía, entre otras razones, porque irrita sobremanera a los neopuritanos de lo políticamente correcto y a su rigorismo. Aunque sólo fuera por esto, ya valdría la pena conservar el sentido del humor.

Y también porque, mucho más importante, la ironía implícita al humor inteligente comporta, tanto individual como socialmente, un ejercicio intelectual cada vez más en desuso: el establecimiento de una distancia frente a uno mismo que implica caer en la cuenta de que tal vez no haya muchas razones para tomarnos a nosotros mismos demasiado en serio. Y esto es sano porque vacuna contra los rigorismos, las intolerancias y fanatismos propios de los predicadores a los que tanto irrita. Porque relativizar las cosas a través de la ironía implícita al humor, acostumbra a mostrarnos que tal vez no son tan dignas de ser tomadas en serio como en principio podíamos haber pensado.

[blocktext align=”left”]Sí, el humor es sin duda una buena vacuna contra el fanatismo y la intolerancia; hasta puede que contra la ignorancia

Sí, el humor es sin duda una buena vacuna contra el fanatismo y la intolerancia; hasta puede que contra la ignorancia. Sin duda por eso hoy escasea tanto. Es verdad que, en principio, podría parecer todo lo contrario, y hasta puede que lo sea en sus niveles más groseros. Todos habremos oído chistes de gusto pésimo y cargados de sexismo, racismo o trivialización de la violencia. Sin duda es así en su versión más procaz, la de ese falso humor que abunda en los defectos y en los tópicos para producir la risa facilona y burlesca propia del tonto.

Aun así, pienso que no es tanto una cuestión de las temáticas objeto de chanza, como del tratamiento que se le dé. Y la proscripción del tratamiento humorístico de ciertas temáticas por su supuesta sensibilidad social, más bien pienso que ha tenido un efecto perverso: mientras que el humor irónico y fino prácticamente ha desaparecido, el procaz y chabacano sigue ahí haciendo apología de todo aquello que se pretendía proscribir, pero con un elemento añadido: la sociedad está perdiendo la capacidad de establecer una cierta distancia con respecto a sí misma y se queda circunscrita al aquí y ahora propio de la inmediatez. Y esto, se mire como se mire, es una pérdida alarmante.

Es verdad que los objetos abordables humorísticamente acostumbran a ser, por lo general, individuos o colectivos social y culturalmente menospreciados o estigmatizados, así como también que, casi siempre, precisamente por su condición cultural, hay subyacente alguna axiología en toda forma de humor. Desde los cornudos hasta las prostitutas; desde los homosexuales hasta la violencia de género; desde los colectivos marginales hasta los curas; desde el ensañamiento con el tonto hasta la exculpación del pilluelo. Siempre, siempre, hay algún tipo de desgracia que recae sobre el objeto de mofa previamente estigmatizado por unos supuestos valores que podría decirse que quedan enaltecidos al cebarse con el infortunio del vejado. Y esto, sin duda, es moralmente indeseable… ¿Pero incondicionalmente y a cualquier nivel? A mí me parece que no.

Porque si no, al final, acabará ocurriendo lo que ya ocurre, que no se podrá hablar de nada

Porque también está aquello de que “quien canta su mal espanta”. Y si es verdad que hay un cierto humor procaz que se encarniza con los tópicos culturales, no lo es menos que también hay otro humor que los pone en evidencia y cuestiona, sin que el objeto, ya se trate de un cornudo o de un homosexual, tenga porque incidir necesariamente en ningún tipo de estigmatización más allá de la hipocresía moral de los rigoristas de siempre. Porque si no, al final, acabará ocurriendo lo que ya ocurre, que no se podrá hablar de nada. Y la acriticidad por decreto acabará imponiendo el aquí y ahora de una inmediatez ramplona e hipócrita. Los chistes políticos sobre el franquismo aun en plena dictadura, por ejemplo, no reflejaban sino a una sociedad que, incluso atemorizada o subyugada, no se tomaba demasiado en serio al apergaminado régimen que la gobernaba. Que incluso muchos franquistas contaran chistes de Franco, es una prueba de ello. Hoy, en cambio, esto no se da.

Cualquier sociedad tiene sin duda sus complejos y sus tópicos, y hacer humor sobre ellos no implica necesariamente su superación, sino una simple catarsis, pero puede ser el paso previo necesario. Insisto en que no estoy intentando defender el humor procaz y tópico, pero de ahí a que un chiste sobre un accidente aéreo suponga estar haciendo burla de todas las víctimas de los accidentes aéreos, hay un trecho: el que va de la inteligencia a la estupidez, de la relativización al rigorismo… Por eso, y aun a sabiendas que a veces tal vez se traspase la frontera, sigo defendiendo un humor libre de corsés políticamente correctos. Porque el humor, el bueno, aquel cuyo recurso es la ironía, es una forma de espantar nuestros miedos ridiculizándolos y ridiculizándonos a nosotros mismos.

No está de más recordar que en la novela de Umberto Ecco “El nombre de la Rosa”, el libro proscrito era precisamente el supuesto tratado sobre la risa escrito por Aristóteles. A ningún totalitarismo le gusta el humor inteligente; al puritanismo de lo políticamente correcto, tampoco. Porque una sociedad que sepa reírse de sí misma, siempre será más sana, menos fanática y menos manipulable. Y al que no le guste, pues que no se ría.

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Xavier Massó

Licenciado en Filosofía y en Antropología Social y Cultural

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