I Cruzada: Conquista de Jerusalén

Roberto II de Normandía lucha contra los musulmanes durante el sitio de Antioquía (1097-1098). / Wikimedia

Tal día como hoy… 15 de julio de 1099 el ejército cruzado tomaba la ciudad de Jerusalén

 

El 15 de julio de 1099 el ejército cruzado tomaba la ciudad de Jerusalén e iniciando un baño de sangre entre la población, indistintamente entre musulmanes, judíos y cristianos. La conquista de la ciudad supuso la creación del Reino de Jerusalén, concluyendo con ello la I Cruzada, iniciada tres años años atrás, en 1096.

 

CV / En el concilio de Clermont (1095) el papa Urbano II se hizo eco de la petición de ayuda del emperador bizantino Alejo I Comneno, que estaba siendo atacado por los selyúcidas en la península de Anatolia. Al grito de Deus vult –Dios lo quiere, en latín- exhortó a la nobleza de la Europa occidental a partir hacia Tierra Santa para reconquistar los territorios de Jerusalén y los escenarios del Nuevo Testamento en general, en manos musulmanas desde el siglo VII, ofreciendo la indulgencia plenaria a todos aquellos que participaran en la expedición. Detrás de la convocatoria a la recuperación de los Santos Lugares y más allá de la «divina» misión encomendada, había también, cómo no, intereses mucho más prosaicos.

El papa Urbano II en el Concilio de Clermont. Ilustración del Livre des Passages d’Outre-mer, de alrededor de 1490 (Biblioteca Nacional de Francia) / Wikimedia

Desde la muerte de Mahoma en 632, y con la fundación del imperio Omeya en Damasco, la expansión musulmana bajo el pretexto de la guerra santa se había extendido, hacia occidente, por todo el norte de África, Hispania, el sur de Italia y las Galias, hasta ser detenidos por Carlos Martel en la batalla de Poitiers el año 732. Hacia oriente, había ocupado los territorios bizantinos hasta Asia Menor, y tras destruir el imperio persa de los sasánidas, habían llegado hasta los confines de la India. Tras suceder los Abasidas a los Omeyas, la capital del califato se trasladó de Damasco a Bagdad y al poco tiempo el inmenso imperio entró en barrena, dividiéndose en varios reinos y emiratos.

En Europa occidental de finales del siglo XI, a su vez, la situación política estaba relativamente estabilizada con la consolidación del feudalismo tras la caída del Imperio carolingio. Pero al propio sistema feudal le eran inherentes las guerras internas, de la cuales había surgido una nueva casta guerrera, la caballería al servicio de los distintos nobles feudales que constantemente luchaban entre sí. Y las castas guerreras no dejan de ser una molestia para los gobernantes en tiempos de paz.

La destrucción de la Iglesia del Santo Sepulcro por parte del califa fatimí Husein al-Hakim fue vista por la cristiandad como una profanación sacrílega

La destrucción de la Iglesia del Santo Sepulcro por parte del califa fatimí Husein al-Hakim fue vista por la cristiandad como una profanación sacrílega, a la que se añadió la prohibición de la peregrinación cristiana a Jerusalén. Empezaron a surgir entonces predicadores de todo tipo alentando a la reconquista de los Santos Lugares, siendo los más conocidos Pedro el Ermitaño y  Walter el Indigente; estrafalarios personajes a medio camino entre el fanatismo religioso y la ignorancia más intolerante. El propio Pedro el Ermitaño gestionó por su cuenta y riesgo una primera expedición hacia Jerusalén, que consistió en una multitudinaria turba de indigentes que asolaron cuantas ciudades se pusieron en su camino –cristianas o musulmanas- hasta ser exterminados por los selyúcidas en Rüm.

La llamada del papa Urbano II fue distinta en la medida que iba dirigida a las castas guerreras, muy especialmente a la nobleza feudal de medio pelo, a la cual al tiempo que la salvación del alma inmortal en el cielo, se ofrecía la gloria de las conquistas y el botín en la tierra. En definitiva, la posibilidad de alcanzar en los nuevos reinos conquistados un estatus que difícilmente iban a conseguir en la estratificada Europa feudal del siglo XI. Los cuatro nobles principales que atendieron la llamada del pontífice y encabezaron la expedición fueron Godofredo de Bouillon –un caballero lorenés- Hugo de Vermandois –hermano del rey de Francia-, Bohemundo de Tarento –un noble italiano meridional- y el conde occitano Raimundo de Tolosa. Se les añadió con un papel más subalterno el inefable Pedro el Ermitaño, que había sabido ponerse oportunamente a salvo tras la matanza de Rüm…

La toma de la ciudad fue una auténtica masacre

Las cuatro expediciones convergieron en Constantinopla y con la ayuda de los bizantinos comenzaron a avanzar por la península de Anatolia, combatiendo inicialmente a los selyúcidas y progresando luego por Edessa, Siria y Líbano, hasta Palestina. El contingente total debió ser en principio, de unos cien mil hombres. Entre los muertos y los que se iban quedando en los territorios conquistados fundando nuevos reinos cristianos, se calcula que llegaron a las puertas de Jerusalén unos veinticinco mil.

La ciudad de Jerusalén se mantuvo en poder de los cristianos durante setenta años, hasta que Saladino la conquistó la II Cruzada, dando a su vez lugar a la Tercera

La toma de la ciudad fue una auténtica masacre. Un cronista que participó directamente en la I Cruzada, Raimundo de Aguilers, dejó para la posteridad el siguiente pasaje: “Maravillosos espectáculos alegraban nuestra vista. Algunos de nosotros, los más piadosos, cortaron las cabezas de los musulmanes; otros los hicieron blancos de sus flechas; otros fueron más lejos y los arrastraron hasta las hogueras. En las calles y plazas de Jerusalén no se veían más que montones de cabezas, manos y pies (…)”.

La ciudad de Jerusalén se mantuvo en poder de los cristianos durante setenta años, hasta que Saladino la conquistó la II Cruzada, dando a su vez lugar a la Tercera. En total, hubo nueve Cruzadas, que se alargaron desde 1096 hasta 1272.

Dejar comentario

Deja tu comentario
Pon tu nombre aquí