«Iconomaquias»: De himnos y banderas

Himno de Riego

De los símbolos a los uniformes

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Xavier Massó_editedXavier Massó / x.masso@catalunyavanguardista.com

Hay simbologías que permanecen en el imaginario colectivo más allá de la memoria individual. La famosa pitada del otro día al himno español y al rey Felipe VI, por parte de los seguidores del Barça y del Athletic de Bilbao, en la final de la Copa, se inscriben de lleno en esta «iconomaquia” y no se dejan  reducir a un mero rechazo visceral –inducido o no- de lo «español» por parte de vascos y catalanes, y por supuesto, trasciende de largo lo meramente futbolístico. Si no queremos entender esto, no entenderemos nada de lo que se está ventilando.

Yo planteo la siguiente hipótesis. Vamos a suponer por un momento que, incluso en presencia del rey, fuera el «Himno de Riego» el que hubiese sonado en el Camp Nou ¿Se hubiera producido la misma reacción? Me atrevo a asegurar que no. Muy al contrario. Incluso con toda probabilidad hubiera sido objeto de vítores y aplausos. Eso sí, Mas no se hubiera reído…

Por surrealista que pueda parecer tal hipótesis, permítanme aun así que, a partir de ella, y asumiéndola como «hecho», hipotético, claro, establezca los siguientes asientos, acaso no tan hipotéticos.

1.- El «Himno de Riego» es tan español como lo pueda ser la «Marcha Real». ¿Por qué, entonces, pitos a uno y aplausos al otro?

2.- El nacionalismo, o el independentismo, que no es sino su explicitación más avanzada en cuanto a recorrido, es incondicional. «Marcha Real» o «Himno de Riego» son, para un nacionalista consecuente, exactamente lo mismo, o las dos caras de la misma moneda: España. Por lo tanto, es de suponer que los activistas que prepararon la pitada, que repartieron banderitas y consignas, y que encontraron un terreno abonado y propicio, hubieran actuado igual que lo hicieron. Sólo que la fervorosa acogida se hubiera trocado en erial, o en claramente minoritaria. Y hasta es posible que sonoramente acallada por la mayoría.

3.- Si aceptamos el asiento anterior, hemos de inferir dos cosas. La primera, que al menos hasta ahora, el independentismo –vasco o catalán, aunque hay matices nada baladíes entre ambos- es en buena medida sobrevenido y de aluvión, aunque pueda acabar enraizando. La segunda, que no es un problema estrictamente vasco o catalán, sino un problema genuinamente español, en el sentido global del término.

4.- La aceptación de la simbología española actual –himnos, banderas…-, heredada íntegramente del franquismo, no goza de demasiada buena salud, en particular sin duda en Cataluña y en Euskadi, pero tampoco entre  sectores del resto de la población española. Indiferencia, desapego u hostilidad, de todo hay sin duda, pero incluso desde una perspectiva estrictamente ciudadana y de «patriotismo constitucional», en el sentido de Habermas, una buena parte de la población española no se siente identificada con «su» simbología oficial. Y persiste otra, difusa pero allí está, que se presenta como alternativa, como afrenta o como borrosa reivindicación de una memoria colectiva que no fue tenida en cuenta en la Transición.

5.- Este es un problema actual y real; despacharlo atribuyéndolo a viejas nostalgias evocadoras propias de un folclorismo anacrónico, sirve sólo para soslayar el problema y decretar el fingimiento como verdad oficial. No es lo mismo que un exministro del PSOE con Felipe González, como Jorge Semprún, que vivió casi toda su vida en Francia, manifestara en sus últimas voluntades que su ataúd se cubriera con una bandera republicana, no es lo mismo esto, decía, que el desapego, la indiferencia o la hostilidad hacia la simbología oficial por parte de estos sectores de población a los cuales me refiero. Se trata de generaciones que nunca oyeron como «oficial» el «Himno de Riego», ni tuvieron como bandera la tricolor, pero no deja de ser significativo que, si no en lo socio-cultural, pero sí en lo simbólico –con lo de cultural que incorpora, claro-, persistan las dos Españas, sin que acabe de surgir una tercera que supere esta dicotomía.

6.- Asumiendo que tal desapego, indiferencia o rechazo, que de todo hay, es superior en los territorios donde han calado nacionalismos periféricos, donde prima el rechazo; asumiendo también que aquí no se está pretendiendo –¡Dios nos libre!-, ni que la gente se ponga en primer tiempo de saludo ante las melodías de uno u otro himno o bandera, es decir, dejando meridianamente claro que no se está de ningún modo pretendiendo «patriotizar» al personal, ni en un sentido, ni en el otro, ni en ninguno; asumiendo que todavía hoy, a casi ochenta años del final de la Guerra Civil, y a cuarenta de la muerte de Franco, seguimos con la «iconomaquia» de las dos Españas, incluso multiplicada por la proliferación de nacionalismos que se retroalimentan entre ellos; y asumiendo, por fin, de acuerdo con el hilo central de esta entrega, que mientras un himno fue pitado, el otro hubiera sido aplaudido, lo único que se puede concluir es que algo se hizo muy mal durante la transición. Porque lo simbólico no siempre es baladí.

La iconografía del régimen democrático adoptó íntegramente la del franquismo en lo tocante a lo «nacional»

¿Cuál es en realidad el problema? A ver. Por primera vez en su historia, España disfruta de un sistema democrático ininterrumpido desde 1978, año en que se estableció la actual constitución. Se ha integrado en la UE, NATO etc., y ha roto su secular aislamiento de siglos anteriores. Se mire como se mire, se ha progresado y mucho –y quien lo dude, que recuerde, y si no puede hacerlo por razones de edad, que le eche un vistazo a cualquier documental gráfico, bastaría con esto, a la España en blanco y negro de hace cuarenta años, donde lo de «blanco y negro» es mucho más que una simple metáfora-. En todo este tiempo, y con la excepción del intento de golpe de estado en 1981, ha funcionado la alternancia en el poder bajo un sistema bipartidista de hecho. También se aportó una solución al problema de la estructuración territorial del Estado, «inventando» el Estado de las autonomías y el reconocimiento de nacionalidades históricas como Cataluña, Euskadi o Galicia, con cuotas de autogobierno que nunca habían tenido antes estos territorios; lo reitero, nunca desde la Edad Media… Visto así, a vista de pájaro, todo lo anterior, no por ello menos real, parece no tener explicación.

«No es va acabar de fer net», es decir, no se hizo «borrón y cuenta nueva»

En España, con la Transición, y como diríamos en catalán, «no es va acabar de fer net», es decir, no se hizo «borrón y cuenta nueva», sino que más bien sin acabar de saldar cuentas, se abrieron otras nuevas con las viejas aún por cerrar. Creo que ello es especialmente relevante en el campo de lo simbólico. La iconografía del régimen democrático adoptó íntegramente la del franquismo en lo tocante a lo «nacional», acaso con la excepción del «aguilucho» excluido del escudo, sin duda y estrictamente por razones de «vergüenza torera». ¿Por eso sigue sin consolidarse? Puede que sí.

Podríamos ciertamente achacar tales disfunciones a la propia idiosincrasia hispana y a sus pecados históricos, un argumento que no lleva más que al entrecruzamiento de reproches y agravios. Y si digo disfunciones, es porque no se dan en ninguna otra nación occidental más allá de lo anecdótico. Admitir esto sería cerrar el tema dándolo por imposible…

[blocktext align=”left”]¿Los iconos que proyectan la simbolización, son los de un régimen o son los de una «Nación»?

Mucho más sensatamente, al menos según mi criterio, estas «disfunciones» se han atribuido, desde lecturas «revisionistas» de la tan mitificada y modélica Transición, al hecho de que se produjera precisamente una transición, y en la forma como se produjo, en lugar de una ruptura democrática. Limitémonos a lo simbólico como proyección de una determinada iconografía que identifica a un régimen y, supuestamente, a sus ciudadanos. Que ya es bastante. ¿Los iconos que proyectan la simbolización, son los de un régimen o son los de una «Nación»?

Una aclaración: me estoy refiriendo a «icono» entendiéndolo como «signo que mantiene una relación de semejanza con el objeto representado», según la tercera acepción que recoge el diccionario de la RAE. En esta relación de semejanza, el icono sigue siendo un signo en tanto que interpretación esquemática de algo más complejo. Pero si aquello a lo que interpreta o representa es algo abstracto, entonces el signo deviene símbolo en la medida que tal abstracción –la Nación, por ejemplo- se identifica con él, es su concreción y representación «simbólica». Una bandera es un símbolo; un himno, también; por lo que representan en la medida de aquello a lo que representan y con lo que se les identifica y asocia..

La bandera negra, blanca y roja del II Reich representaba lo que había sido la Alemania del káiser; tras su abdicación al final de la I Guerra Mundial, la República de Weimar la substituyó por la histórica de los revolucionarios de 1848, negra, roja y amarilla –lo mismo con el himno-; Hitler la substituyó por la cruz gamada y, tras su derrota, la RFA la repuso de nuevo como bandera nacional alemana, hasta hoy en día. Los símbolos no son algo baladí, insisto.

Bandera francesa
Bandera francesa, oficialmente adoptada en 1794 / Wikipedia

La Francia revolucionaria suprimió la bandera dinástica de los borbones e implantó la republicana tricolor como símbolo de la Nación -un concepto que surge precisamente con la Revolución Francesa-. Con la restauración absolutista de Luis XVIII y Carlos X, se reimplantó la borbónica. Luis Felipe, el monarca de las barricadas, reimplantó la tricolor, añadiéndole el escudo de los Orleans. Con la II República, se suprimió el escudo y desde entonces es la bandera francesa. Si todavía queremos más simbología ¿Qué decir de La Marsellesa?

Podríamos seguir con otros muchos ejemplos. Brasil, que tras los Braganza introduce en su bandera la máxima positivista «ORDEM E PROGRESSO»; o Italia, Portugal… En general, el cambio de un régimen monárquico por otro republicano o «nacional» en el sentido moderno del término, siempre comportó un cambio de iconografía, como declaración de intenciones y para desligarse del régimen al cual sucedía. En unos casos mediante irrupción violenta, revolucionaria o contrarrevolucionaria, en otros en aras a la superación de antiguos conflictos como símbolo de recociliación, de una unidad y de un orden en el cual los viejos enemigos se pudieran identificar y sentirse cómodos, más o menos cómodos…

Aquí no fue así. Más allá de haber sido una transición a la democracia pilotada por futuros exfranquistas, con una oposición débil cuyo único objetivo era, en la mayoría de casos, asegurarse una pensión o alcanzar el poder –según a qué generación pertenecieran-, se transigió, o mejor, se tragó con todo, a cambio de una legalidad democrática. Y se renunció también a lo simbólico. Uno de los episodios más emblemáticos de dicha renuncia a lo simbólico fue sin duda el primer comité central del PCE después de la conflictiva legalización, en 1977, con una inmensa bandera rojigualda cubriendo la mesa central de la reunión. Muy bien, Yo cedo ¿Pero en qué cede usted? ¿Sólo me legaliza? Disculpe, eso va de soi en una democracia.

No, ciertamente, la bandera rojigualda no era franquista, pero era la del franquismo, un régimen surgido de una atroz guerra civil; el franquismo la restituyó en una declaración de intenciones sin equívoco posible; como con el «Himno de Riego» prohibido y la «Marcha Real» restablecida. Todos, todos los iconos del franquismo, sin apenas excepción, fueron impuestos como símbolos de la nueva democracia española. Acaso para dejar muy claro de dónde provenía y a quién se debía.

Lo simbólico se proyecta sobre nuestra construcción de la realidad, y va acompañada de hechos

Las estructuras del franquismo que habían ejercido de pilares de la dictadura no se tocaron más allá de meros maquillajes, y en la mayoría de casos, ni esto, aunque es cierto que fueron metamorfoseando con el tiempo y adaptándose progresivamente a la democracia. Pero en lo simbólico, nada de nada; todo atado y bien atado. Se podrá alegar que lo simbólico es para filósofos cassirerianos o antropólogos Geertzianos, y que en realidad es una discusión ociosa. Tal vez, pero no tanto. La democracia española no rompió amarras con el franquismo hasta mucho después, cuando ya era historia. Habrá sin duda quiénes piensen que lo simbólico es metafísica más ganas de incordiar. Pero lo cierto es que lo simbólico se proyecta sobre nuestra construcción de la realidad, y va acompañada de hechos. Para muestra, un botón: el himno español sigue siendo pitado y sentido como ajeno u hostil para muchos ciudadanos españoles.

Más botones de muestra. En un post de hace un año, denunciaba que el primer acto de Felipe VI como monarca hubiera sido la inauguración de un monumento, en la plaza Colón, creo recordar, a los miembros del cuerpo de la Policía Nacional que habían muerto víctimas de actos terroristas; ¿Desde cuándo? ¿Desde Fernando VII o las guerras napoleónicas? No. La lista la encabezaba un conocido asesino y torturador, Melitón Manzanas, primera víctima de ETA allá por el año 1968. Y es de suponer que debe figurar también en los anales de las asociaciones de víctimas del terrorismo. ¿Y por qué no iniciaba la lista el teniente Castillo, asesinado por falangistas en julio de 1936? ¿O tantos otros?

La falsa idea de la reconciliación que se ha vendido por aquí replicaría sin duda, en su versión benévola, claro, que el teniente Castillo no era un policía nacional, sino un guardia de asalto, republicano, para más señas. Bien, de acuerdo, pero es que resulta que el cuerpo de policía de los Guardias de Asalto, creado por la II República, se reconvirtió en el cuerpo de Policía Armada de la mano del franquismo. Y ahí está lo bueno, tampoco Manzanas era, en rigor, un policía nacional, sino un policía armado. El cuerpo de Policía Nacional surge con la democracia, reconvirtiendo al de Policía Armada. ¿Por qué entonces Manzanas encabezando la lista? ¿Estamos hablando de reconciliación o de olvido? ¿Y si es olvido, quiénes han de olvidar y qué o a quién?

Si el monumento, por ejemplo, hubiera tenido como objeto a la Guardia Civil ¿Por dónde hubieran empezado? ¿Por los caídos en los tiempos del Duque de Ahumada? ¿Por los guardias civiles caídos leales a la República? ¿Por el general Escobar, fusilado por Franco? Mucho me temo que no. Igualmente, cualquiera que se dé un paseo por algún museo militar español, podrá comprobar que el ejército republicano no existió, nada… O el triste destino de los militares de la UMD… Olvidados por la democracia.

No todo es simbólico, los tics perviven; lo simbólico sólo los delata, nada más que los delata en los hechos.

Y lo peor de todo no es esto. Parafraseando a Tayllerand, que a propósito del asesinato por la policía de un líder opositor francés comentó «es mucho peor que un crimen, es un error”, aquí nos lo podríamos aplicar perfectamente.

Comentábamos antes aquello del «no es va acabar de fer net», o el borrón y cuenta nueva que no se llevó a cabo. Las cuentas que no se saldaron, abriendo de nuevas sin cerrar la viejas. La democracia no rompió amarras con el franquismo, sino que lo perpetuó, al principio incluso estéticamente, luego sólo simbólicamente. La asunción de toda la simbología franquista par parte del nuevo Estado deterioró enormemente la imagen de España como la nación que se nos estaba vendiendo como nueva. Y paralelamente se abrían nuevas cuentas a cargo de otros nacionalismos. Quien salió perdiendo fue España. No podía resultar creíble que desde quien la representaba, un Estado atiborrado de simbología franquista, articulara un discurso que desenmascarara a los nacionalismos periféricos emergentes como lo que en realidad eran: metamorfosis carlistonas, justamente como ellos mismos. Sólo así, o sólo por esto, puede seguir manteniéndose la parodia del nacionalismo «progresista» frente al «reaccionario» o centralista.

Será sin duda una gilipollez pitar hoy en día un himno, pero la iconografía franquista aplicada a la democracia no ha acabado de consolidarse. Y por eso tampoco debería sorprendernos tanto, y menos aún escandalizarnos, que en ciertos ámbitos se vitupere al himno español actual. Muchos españoles siguen sin considerarlo suyo, sino impuesto, y no sólo por parte de nacionalistas de signo contrario.

¿Qué se hubiera podido hacer en su momento, es decir, cuando todo esto se gestó o se impuso durante la Transición? Pues no lo sé, acaso una más de tantas componendas como se llevaron a cabo ¿Monarquía con bandera tricolor? ¿Una nueva bandera? ¿Un himno nuevo?…

Si hay alguna vez una segunda transición, la atención a lo simbólico es algo que debería tenerse en cuenta. Un país muy poco lampedusiano, éste.

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