Immanuel Kant

El filósofo Immanuel Kant / Wikimedia

Tal día como hoy… 12 de febrero de 1804 fallecía Immanuel Kant

 

El 12 de febrero de 1804 fallecía en Königsberg (Prusia oriental) –actualmente Kaliningrado, Rusia-, la misma ciudad en que había nacido 80 años antes, Immanuel Kant, probablemente el pensador más importante de la modernidad y cumbre filosófica de la Ilustración, cuya obra representa un auténtico punto de inflexión en la historia de la filosofía.

 

CV / En las biografías de los filósofos encontramos prácticamente de todo: viajeros, sedentarios, aventureros, políticos, revolucionarios, reaccionarios, religiosos, ateos… Y en la mayoría de casos, no es nada desdeñable la idea de que su recorrido por la vida marcara en buena medida su pensamiento en la línea de la afirmación de Fichte, según la cual de la clase de persona que se sea, dependerá la filosofía que se haga. De ser cierta absolutamente tal afirmación, entonces no hubiera existido la filosofía kantiana.

Immanuel Kant (1724-1804) nació, vivió y murió en la ciudad prusiana de Königsberg, sin que conste ningún viaje más allá de 100 km de su residencia

Porque en el caso de Kant no hay, propiamente dicha, una biografía, al menos en el sentido que haya en su existencia episodios más o menos remarcables que permitan la construcción de un relato biográfico. Claro que Kant no era nada amigo de «absolutos» -a diferencia de Fichte-, de modo que, muy probablemente, no se hubiera sentido nada impresionado por la afirmación anterior.

Immanuel Kant (1724-1804) nació, vivió y murió en la ciudad prusiana de Königsberg, sin que conste ningún viaje más allá de 100 km de su residencia, cuando en una ocasión tuvo que desplazarse tal distancia para impartir clases particulares de matemáticas. Era un hombre metódico y rutinario. Se cuenta que la gente ponía en hora sus relojes cuando Kant pasaba por delante de su casa en su paseo diario, porque siempre lo hacía a la misma hora.

Solo una vez rompió con tal costumbre paseante, y cundió la alarma entre sus conciudadanos, convencidos de que le había ocurrido algo grave. Y sí, había ocurrido algo, pero no a Kant. Había llegado a Königsberg la noticia de la toma de la Bastilla y el estallido de la Revolución Francesa, y Kant, que como cada día había acudido a recoger sus periódicos –estaba suscrito a varios, alemanes y europeos- a la llegada de la diligencia, se había quedado comentando la noticia con la gente y había interrumpiendo su paseo diario…

Era también una persona extraordinariamente bien informada. En cierta ocasión, unos viajeros ingleses se quedaron sorprendidos sobre la minuciosa descripción que les hizo de la gran obra de ingeniería de la época: el Iron Bridge, el primer puente de hierro, construido en Inglaterra y símbolo de la futura Revolución Industrial.

El panorama filosófico en los tiempos del joven Kant estaba dominado por el Racionalismo –Descartes, Spinoza y Leibniz-, los filósofos franceses de la Ilustración –Montesquieu, Voltaire, Rousseau…- y, desde la tradición británica, la filosofía escocesa del sentido común y el empirismo –Locke y Hume, básicamente-.

Descubrió a David Hume, cuya lectura, en las propias palabras de Kant, le despertó de su sueño dogmático

En Alemania se enseñaba la denominada Metafísica Leibniz-Wolff, la sistematización, y simplificación, de la filosofía de Leibniz, expurgada de sus partes más científicas y matemáticas. Ésta fue la escuela en que Kant se formó en la Universidad de Königsberg, en la que luego impartió matemáticas y lógica. Pero insatisfecho con un sistema de certezas tan absolutas como inciertas, descubrió a David Hume, cuya lectura, en las propias palabras de Kant, le despertó de su sueño dogmático. En realidad, Kant llamó dogmatismo al Racionalismo, entendiendo que se fundamentaba en una facultad mental muy lejos de estar demostrada: la intuición intelectual, entendida como la capacidad de conocer sin mediación de la experiencia sensible, el conocimiento puro.

Toda la obra filosófica de Kant es un replanteamiento de la tradición filosófica europea, y a la vez su síntesis y superación

Toda la obra filosófica de Kant es un replanteamiento de la tradición filosófica europea, y a la vez su síntesis y superación. Negará la existencia de la intuición intelectual, afirmando que “Todo nuestro conocimiento comienza con la experiencia (sensible), pero de ello no sigue que todo él provenga de la experiencia”. Propondrá una filosofía crítica que denominará trascendental: “Llamo trascendental a todo conocimiento que se ocupa, no tanto de objetos, sino de nuestra manera de conocerlos en la medida que ello sea posible a priori”, y lo abordará desde la finitud: el conocimiento humano es finito, no absoluto, construyendo su sistema en los distintos ámbitos del discurso humano, el discurso teórico –el conocimiento- y el práctico –la decisión. El primero lo desarrollará en la Crítica de la Razón Pura (1781/1787), el segundo en la ‘Crítica de la Razón Práctica’ (1788). La teoría estérica la abordará en ‘Crítica del Juicio’ (1790).

Su obra es extensísima. Se interesó también por las ciencias naturales, realizando un estudio sobre el terremoto de Lisboa (1755), y elaboró una teoría sobre la formación del sistema solar a partir de nebulosas, denominada teoría Kant-Laplace. Y queda para la historia su magistral definición en el inapreciable opúsculo ‘Respuesta a la pregunta: ¿qué es Ilustración?’ (1784): “Ilustración es la emancipación de la humanidad de su minoría de edad culpable”. Imposible decirlo mejor.

La tumba de Kant en el exterior de la catedral de Königsberg fue uno de los pocos monumentos que los soviéticos respetaron tras tomar la ciudad y anexionarla en 1945

La tumba de Kant en el exterior de la catedral de Königsberg fue uno de los pocos monumentos que los soviéticos respetaron tras tomar la ciudad y anexionarla en 1945. Aún hoy se mantiene la tradición de que los recién casados depositen un ramo de flores sobre la tumba de su hijo predilecto.

Como epitafio, está inscrita en una placa la frase final de su ‘Crítica de la Razón Práctica’: “Dos cosas me llenan la mente con un siempre renovado y acrecentado asombro y admiración por mucho que continuamente reflexione sobre ellas: el cielo y las estrella sobre mí, y la ley moral dentro de mí”.

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