La materia de la astucia de la razón o la oportunidad histórica frente a la intempestividad / Wikipedia

¿Juega la historia con dados marcados?

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Xavier Massó_editedXavier Massó  x.masso@catalunyavanguardista.com

Algunos parecen ignorarlo casi todo sobre el material con que se forja la historia. Y firmes en la convicción mesiánica de su correcto proceder, creen que es su voluntad la fuerza que la mueve. Y que su autoproclamado destino manifiesto es alcanzable simplemente a partir de tal idea sobre la fuerza de su voluntad. Si supieran más historia, sabrían que las cosas no funcionan así y que nunca lo hicieron. Dios quiera que no acabemos todos como Macbeth y su exclamación sobre la historia contada por un idiota, pero lo cierto es que nuestros políticos no ponen mucho de su parte para evitarlo.

Todo hecho histórico se produce en un contexto determinado, y en el cual, dada una correlación de fuerzas, ésta apunta a favor de que una idea se despliegue como posibilidad, o no. Y cuando digo «posibilidad» no me estoy refiriendo a la construcción conceptual, donde la noción de posible remite a la mera representabilidad cognoscitiva, sino a que, en tanto que «posible», su grado de conposibilidad–como decía Leibniz cuando afirmaba que todo posible exige existir- presente probabilidades razonables de producirse, de materializarse.

Viene esto  a cuenta de dos noticias recientes. La primera: que en la guerra que se está librando en estos momentos en Siria e Irak –es en realidad la misma guerra-, los países occidentales hayan decidido suministrar directamente armamento a los kurdos, al margen del teórico gobierno legítimo de Irak; la segunda: las declaraciones ayer del máximo dirigente de ERC, Oriol Junqueras, instando a la Generalitat de Cataluña a desobedecer el más que probable veto del Tribunal Constitucional a la consulta del 9 de noviembre. Toda una exhortación a la insurrección institucional.

Los dirigentes independentistas deberían saber que la independencia de un pueblo no se consigue simplemente a partir de la voluntad de este pueblo, por más inequívoca que fuera, lo cual, por cierto, dista mucho de ser el caso catalán. Y deberían saberlo no sólo porque desde su propia lógica interna debiera ser una exigencia objetiva, sino también, y sobre todo, por la responsabilidad histórica y política que contraen. Pero no parecen saberlo. En este sentido, la maldición Gaziel sobre el nacionalismo catalán sigue, me temo, plenamente vigente. “No es lo mismo un jugador con mala suerte que un mal jugador”, les dijo…

Como ya hemos dicho, una cosa son nuestros deseos y voluntades, otra, que la historia funcione de acuerdo a ello. Porque no es así. Veamos sino algunos ejemplos históricos.

La revolución bolchevique sólo pudo producirse en un contexto como el de la Primera Guerra Mundial, que alteró los juegos –sí, «juegos»- de intereses y los equilibrios de fuerzas en base a los cuales se sostenía una determinada realidad. Eso sí, el sentido de la oportunidad, en lo que pertoca a saber leer la situación, jugó sin duda papel decisivo cuando los bolcheviques, o más bien Lenin en sus «tesis de abril», supieron ver la debilidad del gobierno provisional y sacar partido de ella de acuerdo a sus propios objetivos. Pero sin la Gran Guerra, no hubiera habido revolución de octubre.

Tampoco la independencia de los Estados Unidos fue la realización del destino manifiesto de la voluntad colectiva de un pueblo

Tampoco la independencia de los Estados Unidos fue la realización del destino manifiesto de la voluntad colectiva de un pueblo, sino más bien la concatenación de una serie de circunstancias que alteraron un cierto estado de cosas que derivó hacia un escenario donde la correlación de fuerzas permitía ver como posible la independencia de las trece colonias atlánticas británicas. Y los Franklin, Jefferson, Washington y compañía, supieron verlo y actuar en consecuencia. Sin los conflictos entre las grandes potencias del momento, las posibilidades de los sublevados frente a la metrópoli eran prácticamente nulas. La guerra que enfrentó a la Gran Bretaña con Francia –secundada ésta por España-, ofreció esta posibilidad. Sin Inglaterra ocupada en una guerra con sus máximos rivales, y sin la ayuda que éstos proporcionaron a los colonos sublevados, no parece aventurado afirmar que la independencia norteamericana hubiera tenido que esperar unos cuantos años o decenios…

Como el II Reich en su imperiosa necesidad de desembarazarse del frente oriental, aunque fuera propiciando un régimen antitético al suyo, Francia y España obraron contra sus intereses objetivos en aras a las urgencias bélicas del momento, eso es, la guerra con Inglaterra. Pero el surgimiento de una nación soberana en el continente americano no era algo que interesara especialmente a ninguna potencia colonial, sino más bien al contrario.

¿O qué decir de los nuevos estados surgidos después de la Gran Guerra? Fueron diseñados exclusivamente a partir del interés político de los vencedores y, por cierto, con prohibiciones expresas como que Austria pudiera decidir integrarse en Alemania ¿Alguien puede realmente pensar que fue la voluntad de los polacos, húngaros, sureslavos, checos o eslovacos lo que les hizo entronizarse como estados-nación? ¿O de verdad puede pensar alguien que la independencia de los países de la antigua URSS puede entenderse sin el colapso de ésta a raíz de la guerra fría y del indisimulado apoyo que recibieron por parte de occidente dichas «naciones»? ¿Y la desintegración de Yugoslavia…? Pero volvamos ahora nuestro tema, la provisión de armas a los kurdos y la llamada de ERC a la insurrección.

Kurdos / Wikipedia

Kurdos en 1873 / Wikipedia

Las reivindicaciones históricas de los kurdos son bien conocidas. El Kurdistán, sin haber sido nunca un estado propiamente dicho, es una región que geográficamente se extiende a lo largo de Turquía, Siria, Irak e Irán. Algo se habló de los kurdos en el tratado de Sèvres, pero fue para decidir que no convenía la creación de un estado kurdo. Las razones, como siempre, fueron de naturaleza puramente instrumental y de conveniencia. Por un lado, la recomposición de la república turca de Mustafá Kemal, Attaturk, hubiera forzado un nuevo conflicto al que Gran Bretaña y Francia estaban muy poco dispuestos. También, otra parte, ambas potencias se habían repartido las posesiones árabes del imperio otomano. Con sus denominaciones actuales, Siria y Líbano, para Francia; el resto, Jordania, Irak –y Kuwait con él- Palestina y la península arábiga, para Gran Bretaña. Además, Irán era zona de influencia británica… ¿Para qué mutilar sus recientes conquistas sin ninguna razón objetiva para ello?

Pasaremos por alto los avatares kurdos desde 1920 hasta hoy en día. Nunca, por las razones que fueran, interesó a las grandes potencias un estado kurdo. Pero puede que actualmente las cosas hayan cambiado y que, como mínimo, se considere que vale la pena realizar un ensayo. Permítaseme, en este sentido, especular un poco. Los países occidentales han acordado suministrar armamento a los kurdos iraquíes, pasando por encima del gobierno iraquí, teóricamente el único interlocutor válido. ¿Por qué razón?

En estos momentos, el estado islámico de Irak y Levante, el EI, como se le denomina usualmente, ha emprendido una ofensiva demoledora que amenaza con la creación de un califato fundamentalista en Siria e Irak. Una posibilidad, ésta, que ya quien decide en Occidente ha entendido como una amenaza real. Aunque el EI tiene en Siria una posición consolidada, el gobierno de El Assad parece haberse estabilizado mínimamente también desde el punto de vista militar, así que el EI decidido ir a por el más débil, Irak.

Los únicos que parecen suficientemente cohesionados y con capacidad combativa como para ello son los kurdos autónomos del norte

Irak es un país dividido –sunnitas ,chiitas, kurdos y turcomanos, amén de cristianos nestorianos y otras minorías enfrentadas- y debilitado. En la práctica, un estado fallido absolutamente incapaz de resistir la acometida integrista. Los únicos que parecen suficientemente cohesionados y con capacidad combativa como para ello son los kurdos autónomos del norte. No olvidemos, además, lo esencial, el petróleo.

Vamos a imaginar ahora un escenario que, en el actual contexto, parece cada vez más verosímil, y no es que lo diga yo, sino que así lo ven los analistas del Pentágono y del Departamento de Estado. Imaginemos que la deriva islamista de Turquía sigue adelante, como todo indica que está ocurriendo por ahora, y con ello, una progresiva aproximación a las tesis islamistas que, en su nostalgia imperial, Erdogan prentendería hegemonizar. Estamos ciertamente muy lejos de los tiempos en que la aviación israelí se entrenaba en Turquía y los EEUU amenazaban con arrasar Irak si Saddam Hussein se atrevía a atacarla. Hoy todo apunta más bien en otro sentido… A un lado, pues, está la amenaza de una Turquía islamizada y expansiva en sus antiguas posesiones árabes. Al otro, la eventualidad de una victoria o, como mínimo, consolidación del EI en Siria e Irak, tal vez con la mayor parte de Irak ocupado. Y al lado de Irak está Irán. Si, son bandos aparentemente muy difíciles de reconciliar, pero… ¿Qué sería de Israel y cómo reaccionaría ante tal escenario? ¿Y cómo se garantiza el suministro de petróleo? ¿Quién más queda allí de fiar? Parece claro, los kurdos.

Ya digo, pienso de veras que lo que ahora se está haciendo al suministrarles directamente armamento es sólo un ensayo, y a ver qué pasa. Pero no me extrañaría que ante un desmonoramiento general del actual status quo en Oriente Medio, la hipótesis de un estado kurdo fuera tomando cuerpo. Además, siempre sería una amenaza para una Turquía islamizada, pero con un 15% de población kurda, lo que la obligaría a actuar quizás más prudentemente. Es decir, que si acaba habiendo un estado kurdo, será porque se estaría dando un contexto en el cual la correlación de fuerzas, y los intereses que en ella están en juego, es favorable a la conveniencia de la creación de dicho estado. Ni afirmo ni niego que vaya a ocurrir, simplemente lo describo como posible ante el cariz que están tomando los acontecimientos.

Por el otro lado tenemos la declaración de ERC y la campaña independentista de Mas que la ha convertido en hegemónica. Vamos a ver, ciertamente, pensar Cataluña como estado independiente es posible conceptualmente sin incurrir en contradicción. Pero es posible en la medida que es cognoscitivamente representable, a diferencia, por ejemplo, de pensar un círculo cuadrado. Pero pienso también que el grado de conposibilidad –Leibniz, una vez más- de este «posible» en el contexto y correlación de fuerzas actual, es prácticamente cero. Simplemente porque es innecesario y, en consecuencia, con la excepción de los iluminados mesiánicos y la caterva de políticos orates cuya talla no da ni para repartidores de butano –dicho sea con todo el respeto hacia los repartidores de butano- no le interesa absolutamente a nadie más. Y lo diré categóricamente: ni aun con un 80% de independentistas en Cataluña bastaría para ello. Porque para que Cataluña fuera independiente, habría de interesarle a alguien más… a alguien más importante que los catalanes o el resto de españoles. Sin más. Y como digo, hoy en día no le interesa a nadie.

No hay nada eterno en política más allá del concepto humano de tal eternidad –entre 50 y 100 años en la actualidad. El Príncipe de Salinas hablaba de 200, hace 150 años-. Por lo tanto, nadie puede asegurar si alguna vez Cataluña será efectivamente independiente. Lo que sí puedo asegurar es que si algún día llegara a serlo, sería en un contexto político internacional muy distinto al actual, y con intereses externos que auspiciaran dicha independencia.

 “Si todos somos materia de la astucia de la razón, por qué no también los dirigentes independentistas. Claro que, dada su mediocridad, tal vez se trate de una estrategia evitativa”.

Y hoy por hoy, esto no se da ni tiene asomos de darse. Las razones del porqué son muchas y muy variadas. Daré simplemente una contrarazón que, sin ser definitiva, parece más que razonablemente suficiente: jamás población alguna, a lo largo de la historia humana, ha devenido independiente con el simple concurso de su propia voluntad identitaria, sea esta real o ficticia, a partir de la diferenciación de su lengua o idiosincrasia frente a otra. Siempre, aunque en ocasiones este haya sido el pretexto, han concurrido otras motivaciones e intereses, internos y externos. Sobre todo externos. Y este no es el caso.

Por lo demás, no polemizaré aquí sobre los argumentos según los cuales Cataluña es un país ocupado por una potencia extranjera, ni entraré a discutir quién le roba más al pueblo catalán, una actividad, ésta, a la que propios y extraños parecen dedicarse con igual fruición.Simplemente formularé una pregunta, porque resulta ya cansino seguir abundando en tales vulgaridades ¿A quién más, fuera del indeterminado porcentaje de catalanes que estén por ella, le interesa hoy en día la independencia de Cataluña como para promoverla o auspiciarla? O, parafraseando el chiste del inolvidable Eugenio “¿Hay alguien más?” Porque si no lo hay, y eso los dirigentes independentistas están obligados a saberlo, mejor dejarlo correr y a otra cosa mariposa…

En Hegel, la materia de la astucia de la razón refería al carácter productivo de la negatividad dialéctica. A aquello que, aun siendo una característica claramente reprobable desde el punto de vista moral, se sublimaba en su realización histórica. Napoleón, por ejemplo, era un megalómano obsesivo con ribetes paranoicos. Pero la instrumentalización de su ambición personal se tradujo en el legado del Derecho en toda Europa y nada fue lo mismo después de él; no fue su persona, sino su legado lo que triunfó. La astuta razón histórica, nos decía el viejo Hegel, se valió su ambición para llevar a cabo una misión que, otro menos megalómano, acaso no habría llevado a término.

La razón se vale de los individuos, pensaba Hegel, para sus realizaciones históricas colectivas. En nuestro caso, en Cataluña, puede que también sea así, pero acaso más bien en la faceta evitativa de la cual la razón debe también sin duda valerse, «poniendo» en según donde a ciertos individuos para evitar que consigan sus objetivos.  Sólo de esta manera se puede entender la irredenta mediocridad intelectual de nuestros dirigentes, al menos desde la perspectiva de la filosofía de la historia de Hegel.