Invención de la cerilla

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Tal día como hoy… 7 de abril de 1827 se vendía la primera caja de cerillas de la historia

 

El 7 de abril de 1827, el químico y boticario John Walker (1781-1859), vendía en su farmacia de Stock-ton-on-Tees (Inglaterra) la primera caja de cerillas de frotación de la historia. Las había inventado el año anterior, aunque como el mismo reconoció, fue una serendipia.

 

CV / Como todo el mundo sabe, aunque quizás hoy en día ya no debido a los encendedores/mecheros, la cerilla o fósforo es un utensilio que produce fuego por frotación, consistente en una varilla de material combustible y cabeza con una substancia que, al frotarse con una superficie rugosa, produce calor por fricción alcanzando la temperatura de ignición del compuesto, que se enciende.

Aunque hoy en día pueda parecernos algo muy normal y simplón, no por ello la cerilla deja de ser uno de los grandes inventos de la historia, al permitir obtener fuego instantáneamente, sin los complicados procedimientos que se utilizaban antes. No en vano, además, el control del fuego en la prehistoria permitió al hombre iniciar su singladura hacia la civilización.

Las primeras cerillas de que se tiene constancia se produjeron en China hacia el siglo X. Consistían en bastoncillos de pino impregnados con azufre

Las primeras cerillas de que se tiene constancia se produjeron en China hacia el siglo X. Consistían en bastoncillos de pino impregnados con azufre. Es probable que algún viajero las trajera a Europa en los tiempos de Marco Polo. Pero no fue hasta 1669 que un alquimista camino de convertirse en químico, Henning Brandt, consiguió aislar el fósforo. Poco después, en 1680, el químico inglés Robert Boyle -el de la ley de Boyle-Mariotte-, lo frotó con un pedazo de madera embadurnada con azufre, y observó que el papel se encendía al frotar.

En realidad, el primer fósforo moderno lo inventó en 1805 el químico francés K. Chancel, con una mezcla de clorato de potasio, azufre, azúcar y goma, que se encendía al sumergir la cabeza en un recipiente con ácido sulfúrico. Poco operativo y extremadamente peligroso, el invento no funcionó.

Diez años después, John Walker, nuestro personaje de hoy, se encontraba en su laboratorio haciendo experimentos para obtener un nuevo explosivo. Tras remover la mezcla de productos químicos que había en el platillo con un palito, observó que dicha mezcla se había secado adquiriendo una forma de lágrima. Para quitarla, no se le ocurrió otra cosa que rascarla en el suelo haciendo presión, y observó con sorpresa que se encendía. La gota del extremo del palito contenía una mezcla de sulfuro de antimonio, clorato de potasio, goma y almidón. Le puso al invento el nombre de Congreves, por el cohete Congreve, un arma utilizada por los británicos a principios del siglo XIX. Empezó a fabricarlos y se dedicó a venderlos en su farmacia.

Tras remover Walker la mezcla de productos químicos que había en el platillo con un palito, observó que dicha mezcla se había secado adquiriendo una forma de lágrima

Un amigo de Walker, el famoso químico Michael Faraday (1791-1867), le recomendó encarecidamente que patentara el invento, pero Walker rehusó hacerlo; en parte por modestia -no se consideraba un auténtico inventor- y en parte por principios. Pero siempre los hay más avispados y codiciosos. Un tal Samuel Jones registró la patente aquel mismo año, poniéndoles a las cerillas el nombre de «lucifers».

Pero el recorrido posterior del fósforo no fue nada fácil. Despedían un olor nauseabundo, la llama era inestable, y la reacción inicial al frotar era muy violenta, lanzando chispas a considerable distancia y produciendo fácilmente lesiones. Lo del mal olor se arregló con el fósforo blanco, pero había otros muchos problemas. Las cajas de cerillas tenían que ser herméticas, y en cada una había fósforo suficiente para matar a un hombre. Los obreros que trabajaban en las fábricas donde se elaboraban sufrían necrosis por la inhalación de los vapores del fósforo blanco y fue prohibido en varios países.

En 1898, dos químicos franceses elaboraron una cerilla a base de sesquisulfuro de fósforo, en lugar de fósforo puro, y clorato de potasio. Era capaz de encenderse al frotarse con cualquier superficie rugosa y no era tóxico. Lo que luego se llamaron fósforos de seguridad se basó en la separación de los ingredientes. Azufre y clorato potásico en la cabeza de la cerilla, y la superficie sobre la que se frota de vidrio en polvo, cola, fósforo rojo y sulfuro de antimonio. De esta manera. la cerilla solo podía encenderse en ninguna otra superficie.

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