Jaime I “el Conquistador”

El rey Jaime I el Conquistador, por Jaume Mateu / Wikimedia

Tal día como hoy… 27 de julio de 1276 fallecía Jaime I “el Conquistador”

 

El 27 de julio de 1276 fallecía Jaime I “el Conquistador” en la población valenciana de Alcira. Rey de Aragón y conde de Barcelona por herencia, el suyo fue un largo reinado de 63 años, y su legado político, discutible. Inició la etapa expansionista de la Corona de Aragón –que fue en realidad una obra suya- conquistando los reinos musulmanes de Mallorca y Valencia, pero perdió la mayor parte de sus posesiones feudales en el sur de Francia.

 

CV / Desde que un conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV, había contraído matrimonio con la heredera del reino de Aragón, Petronila, y el hijo de ambos, Alfonso II –abuelo de Jaime I-, se convirtió en rey de Aragón y conde de Barcelona, se produjo una situación políticamente complicada. La misma persona era, como conde de Barcelona, vasallo del rey Francia -soberano titular de la Marca Hispánica-, y a la vez, como rey de Aragón, su igual.

Además, el rey de Aragón poseía, como conde de Barcelona, grandes posesiones feudales en la Provenza francesa, que le convertían en el señor feudal más poderoso de la región. Una situación anómala que no era inédita; lo mismo había ocurrido con el rey de Inglaterra desde los tiempos de Guillermo el Conquistador, quien en tanto que duque de Normandía, era también vasallo del rey de Francia, pero como rey de Inglaterra, su igual.

El conflicto estalló tan pronto como Francia estuvo en condiciones de reclamar su soberanía frente a un rey de Aragón que se había convertido en un señor feudal demasiado poderoso

El conflicto estalló tan pronto como Francia estuvo en condiciones de reclamar su soberanía frente a un rey de Aragón que se había convertido en un señor feudal demasiado poderoso en territorio francés. El pretexto fue la herejía albigense, o cátara, que desencadenó una invasión francesa en forma de cruzada. Pedro II fue derrotado y muerto en la batalla de Muret (1213) y su hijo y heredero, Jaime I, con 5 años de edad, quedó bajo la tutela del nuevo hombre fuerte francés en el Mediodía, Simón de Monfort.

Este fue el escenario que marcó el reinado de Jaime I. De facto, Jaime I seguía controlando Aragón y Cataluña, pero había perdido sus feudos al norte de los Pirineos, a la vez que Cataluña seguía nominalmente bajo la soberanía del rey de Francia. El Tratado de Corbeil puso fin al conflicto. El rey de Francia Luis IX renunció a sus posesiones al sur de los Pirineos –salvo la estrecha franja del Rosellón y la Cerdaña-, que cedió al rey de Aragón y se constituyeron luego como el principado de Cataluña. En contrapartida, Jaime I renunciaba a todas sus posesiones feudales en territorio francés.

Con ello, al rey de Aragón le quedaban solo los territorios peninsulares, y en ellos centró sus proyectos de expansión. Conquistó el reino moro de Mallorca tras una larga campaña, y luego emprendió la del reino de Valencia. También intensificó la colaboración con el reino de Castilla, participando en la conquista de Murcia, que cedió a Castilla, pero que años después, bajo el reinado de su nieto Jaime II, comportó la integración de Alicante en el reino de Valencia.

Eran tiempos en los que frente a la incipiente «razón de estado», primaba la «razón dinástica»

Eran tiempos en los que frente a la incipiente «razón de estado», primaba la «razón dinástica». En este sentido, y a diferencia del reino de Castilla, Jaime I marcó con sus decisiones la impronta que seguiría durante los dos siglos siguientes la Corona de Aragón. Las conquistas de Mallorca y Valencia fueron ciertamente acompañadas de la correspondiente repoblación cristiana mediante el asentamiento de numerosos colonos procedentes del norte, de Cataluña y de Aragón, básicamente –también de castellanos, en algunos casos-, y la adopción de la estructura política de monarquía y cortes medievales, pero con una salvedad que marca la diferencia. En rigor lo que hubo fue un cambio de soberanía, del rey moro anterior a un nuevo rey cristiano, que era ciertamente el rey de Aragón, pero en tanto que rey de Mallorca, o de Valencia. Es decir, estos territorios no fueron integrados a Aragón, sino que se constituyó una suerte de monarquía protoconfederal, muy propia de los tiempos bajomedievales, pero que empezaba a ir ya contra el signo de los tiempos.

Y en cierta medida es posible que esto fuera un lastre para la Corona de Aragón. De acuerdo con este modelo, Jaime I dividió en su testamento sus dominios. Quedaron para el primogénito los territorios peninsulares –Aragón, Cataluña y Valencia-, y para el segundo hijo el reino de Mallorca, al cual se le añadió la franja norpirenaica del Rosellón y la Cerdaña. Y esto fue, lógicamente, el inicio de nuevos conflictos.

Los tres territorios peninsulares fueron declarados inseparables por herencia, pero no así Mallorca ni los que sucesivamente se fueron añadiendo a la dinastía con la expansión Mediterránea –Sicilia, Cerdeña, Nápoles…-; porque se añadían como posesiones dinásticas, no como nuevas incorporaciones al reino matriz. Esto, obviamente, fue una fuente de debilidad que, a la larga, acabó implosionando a medida que se fueron constituyendo en Europa los reinos tardomedievales que prefiguraron las monarquías modernas.

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