Japón se rendía

El general MacArthur junto al emperador Hirohito en su primer encuentro en 1945, negociando las condiciones del nuevo estado japonés posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Tal día como hoy… 14 de agosto de 1945 Japón se rendía

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El 14 de agosto de 1945 el emperador Hiro-Hito anunciaba por medio de un mensaje radiofónico previamente grabado y difundido través de altavoces instalados en las calles de un Tokio en ruinas, la rendición incondicional del Impero nipón. En realidad, en Japón era el 15 de agosto cuando se anunció la rendición, pero en los EEUU todavía era el 14.  La rendición se firmó oficialmente el 2 de septiembre, a bordo del USS Missouri, el último acorazado construido por los EEUU. La II Guerra Mundial había terminado.

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CV / Había empezado seis años antes muy lejos del Japón, en Europa, con la invasión de Polonia por la Alemania nazi. Ha sido el mayor conflicto bélico de la historia y el que más estragos causó. Llegaron a estar movilizados a filas más de 60 millones de hombres. Las estimaciones sobre el número de muertos dependen de las fuentes, entre 40 y 60 millones; el de heridos, incontable… Fue también la primera guerra que afectó masivamente a la población civil de retaguardia por el uso masivo de la aviación –el ensayo había sido la Guerra Civil española-, muriendo en ella más civiles que militares. Y fue la única en que se han empleado armas nucleares.

Fue también la primera guerra que afectó masivamente a la población civil de retaguardia por el uso masivo de la aviación

Fue precisamente el lanzamiento de dos de estas bombas por parte de los norteamericanos el 6 y el 8 de agosto, sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, lo que llevó a los belicosos y arrogantes generales nipones a convencerse de que cualquier resistencia era inútil. Japón había entrado en la guerra el 7 diciembre de 1941 al atacar por sorpresa la base norteamericana de Pearl Harbour, en las Islas Hawai. En agosto de 1945 tenía la guerra irremisiblemente perdida. En una auténtica premonición, el almirante japonés Yamamoto (1884-1943) les había prometido seis meses de victorias al emperador y a los militares más belicistas. Tras estos seis meses, y la muerte del propio Yamamoto, vinieron las «gloriosas» derrotas. En julio de 1945 Japón tenía la guerra irremisiblemente perdida, y lo único que podía esperar ya era la invasión de su propio territorio nacional.

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Cálculos de bajas y bomba atómica

Y esta era precisamente la última esperanza de los recalcitrantes generales japoneses. Hasta entonces, la guerra en el Pacífico había sido básicamente aeronaval. Se habían quedado sin barcos y sin aviones, pero disponían todavía de un ejército de más de 6 millones de soldados fanatizados. La feroz resistencia presentada en cada una de las batallas anteriores, hacía presagiar una lucha aún más sangrienta y desesperada cuando la población viera invadido su sagrado solar patrio. Y éste era el clavo ardiente al que se agarraban los partidarios de proseguir con el conflicto a cualquier precio.

El estado mayor norteamericano, tras lo de Iwo-Jima y lo de Okinawa, calculaba que la invasión del Japón les iba a suponer un millón y medio de bajas, como mínimo

El estado mayor norteamericano, tras lo de Iwo-Jima y lo de Okinawa, calculaba que la invasión del Japón les iba a suponer un millón y medio de bajas, como mínimo. Una cifra ciertamente disuasoria para un país que llevaba tres años y medio con un tremendo esfuerzo de guerra. Y los japoneses deseaban pensar que quizás los americanos se avendrían a algún tipo de armisticio que les permitiera salvar la cara o, lo más importante para ellos, el honor, porque en sus códigos no entraba la posibilidad de la derrota.

Pero los aliados tenían muy claro que, igual que con Alemania, solo valía la redición incondicional. En cualquier caso, no sabemos qué hubiera ocurrido de procederse a la invasión del Japón, porque llego la bomba atómica. Pero no hace falta ser ningún vidente para comprender que de proseguirse con la guerra, la cifra de muertos hubiera sido infinitamente superior a la producida por los dos bombas atómicas.

Era una guerra, la guerra más atroz de destrucción y muerte que jamás se había producido. Y en las guerras, por lo general, acostumbra a tenderse a que si alguien ha de morir, que sea el enemigo.  De otra cosa tampoco cabe ninguna duda: de haber dispuesto los alemanes o los japoneses de la bomba atómica, la hubieran arrojado sin el menor miramiento. Fue a un precio quizás demasiado alto, pero detuvo la matanza.

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