Léonidas aux Thermopyles (Jacques-Louis David) / Wikimedia

Tal día como hoy… 11 de agosto del año 480 aC concluía la Batalla de las Termópilas

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El 11 de agosto del año 480 aC, caían en el desfiladero de las Termópilas el rey Leónidas y sus 300 espartíatas. Estuvieron resistiendo tres días frente a un ejército infinitamente superior, el del emperador persa Jerjes, que tras la victoria avanzó sobre Grecia. La Batalla de las Termópilas marcó el inicio de la II Guerra Médica.

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CV / Diez años antes, el todopoderoso Imperio persa de Darío I había decidido castigar a la ciudad griega de Atenas por el apoyo que había prestado a las ciudades griegas de la costa de Asia Menor que se habían rebelado contra él. Envió un ejército que desembarcó en Maratón, cerca de Atenas, según Heródoto de unos 100.000 soldados. Atenas apeló a la solidaridad griega, pero los espartanos –Esparta era la ciudad militar por excelencia- se hicieron los esquivos o, mejor, los tardones. Cuando llegaron, los 10.000 atenienses dirigidos por Milcíades habían derrotado a los persas en Maratón. Tras la victoria, se le encomendó al corredor más rápido del ejército, Filípides, que marchara hacia Atenas para anunciar la victoria a sus atemorizados habitantes. Corrió 42.195m hasta llegar a la ciudad, llegando justo con las energías para gritar Niké –Victoria- antes de caer muerto. Desde entonces esta distancia es la que se conoce como la carrera de Maratón.

La flota ateniense, al mando del estratega Temístocles, fue decisiva para debilitar los aprovisionamientos persas vía marítima, y crucial en la victoria naval en Salamina. Temístocles había enfrentado a los persas 10 años atrás, en la victoria de la batalla de Maratón / Wikimedia

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Diez años después, el sucesor de Darío, Jerjes, quiso tomarse la revancha y de paso incluir toda Grecia en su imperio. Siguiendo de nuevo los números de Heródoto, el ejército persa contaba con 1.500.000 soldados, una cifra a todas luces exagerada –probablemente también la de Maratón-, pero que nos indica que, en cualquier caso, era un número muy superior al que todos los griegos juntos estaban en condiciones de oponerle. Jerjes cruzó el Helesponto con un pontón hecho de barcas y avanzó desde Tracia hacia el desfiladero de las Termópilas, la entrada natural de Grecia. Esta vez sí, la mayor parte de las polis griegas –no todas- se coaligaron contra el invasor. Los espartanos propusieron la evacuación de todas las ciudades al norte del estrecho de Corinto, que empezaron a fortificar, pero los atenienses, directamente afectados, lógicamente se negaron. Entonces, Leónidas se desplazó hacia las Termópilas con 300 espartanos con la intención de contener a los persas, al menos el tiempo necesario para que Atenas tuviera su ejército operativo. En realidad fueron algo más de 300, pues contaba con atenienses y tropas de otras ciudades, acaso unos 1.500 en total. Desde luego, muy pocos para la que les iba a caer encima.

En las Termópilas hay una lápida del poeta Simónides de Ceos que reza así: “Viajero, ve y diles a Esparta que aquí yacemos por haber caído en defensa de sus leyes”.

Durante tres días los espartanos resistieron con éxito los embistes persas. Hasta que –siempre según Heródoto- hubo un traidor que se pasó a los persas y les indicó un sendero a través del cual podían atacarles por la retaguardia. Un tal Elfiates, resentido porque Leónidas no le había permitido alistarse por culpa de su deformidad física –sin duda una metáfora de su deformidad moral-. Los persas recorrieron el sendero y cayeron sobre los espartanos, exterminándolos por completo.

Hasta aquí el relato mítico-histórico de una batalla cuya veracidad histórica está ciertamente contrastada. En la práctica, el sacrificio espartano sirvió para ganar un tiempo precioso que, ello no obstante, pareció en un principio desaprovechado.

Ante el avance de Jerjes, muchas ciudades griegas aceptaron someterse. En cuanto a Atenas, el oráculo auguró que la ciudad sólo resistiría si se rodeaba de murallas de madera, con lo cual los supersticiosos ciudadanos propusieron derribar las de piedras y construir unas nuevas de madera. Afortunadamente para los atenienses, el ingenioso Alcibíades –futuro vencedor de Salamina-, arguyó que el oráculo no se refería a murallas físicas, si no a la madera de que estaban hechos los barcos de la flota ateniense, y les convenció a tiempo para evacuar a la población a la vecina isla de Salamina. Jerjes entró en Atenas y la arrasó, destruyendo la Acrópolis de la ciudad, que Pericles reconstruyó con creces años después, siendo la que actualmente todavía podemos admirar.

En las Termópilas hay una lápida con un texto del poeta Simónides de Ceos que reza así: “Viajero, ve y diles a Esparta que aquí yacemos por haber caído en defensa de sus leyes”.

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