La Batalla de Leipzig

La Batalla de Leipzig, por Alexander Zaureweid, 1844 / Wikimedia

El 16 de octubre de 1813 comenzaba la batalla de Leipzig, también conocida como la «batalla de las Naciones». Duró cuatro días y fue el mayor enfrentamiento armado que se había visto hasta entonces en Europa.

 

CV / Se enfrentaron, a un lado, el Imperio francés y los aliados que todavía le quedaban –los reinos de Sajonia, Wurtenberg, Nápoles e Italia, y los ducados de Varsovia y Baden-; al otro, la gran coalición, con Rusia, Prusia, Austria, Suecia, y el ducado de Hesse, además de Wurtenberg y Sajonia, que cambiaron de bando los dos últimos días del combate. Napoleón llegó a emplear casi 200.000 hombres, contra 350.000 de los aliados.

Menos conocida a nivel popular que la batalla de Waterloo (1815), la batalla de Leipzig fue en realidad la que marcó la caída de Napoleón, su abdicación y el destierro a la isla de Elba

Menos conocida a nivel popular que la batalla de Waterloo (1815), la batalla de Leipzig fue en realidad la que marcó la caída de Napoleón, su abdicación y el destierro a la isla de Elba. Su posterior fuga, el Imperio de los cien días y Waterloo no fueron en realidad sino un epílogo, o si lo preferimos, un veranillo de San Martín.

Tras la fracasada invasión de Rusia en 1812 y su precipitada y catastrófica retirada –se calcula que perdió más de medio millón de hombres-, Napoleón sabía perfectamente que las cosas las cosas se le estaban torciendo. Había conseguido doblegar a dos grandes potencias como Austria y Prusia, y dominaba toda Italia, habiendo instaurado por toda Europa reinos con regímenes títeres encabezados generalmente por familiares suyos o por algunos de sus mariscales. Pero se le había seguido resistiendo España, que los ingleses habían elegido como campo de batalla para combatirle y desgastarlo.

Ahora, tras la estrepitosa derrota en Rusia, no solo había quedado muy debilitado a nivel militar, también a nivel político significó un duro golpe y la aureola de invencibilidad se había en torno a él se había forjado, fundida en las estepas rusas con lo mejor de su ejército. Y se enfrentaba a dos poderosos enemigos, Rusia en el este, y Gran Bretaña en el sur, en España. Que Austria o Prusia se alzaran de nuevo y se aliaran con rusos e ingleses era cuestión de tiempo, como efectivamente ocurrió.

Durante los meses que siguieron a la retirada de Rusia, hubo una especie de tregua tácita en la que tanto rusos como franceses se dedicaron a intentar reponerse de las cuantiosas pérdidas que habían tenido. Pero Napoleón lo tenía peor que los rusos a la hora de reponer bajas. Y en España las cosas tampoco iban nada bien… La guerra pronto llegó al continente y, como era de esperar, Prusia se unió a Rusia contra Napoleón. Aun con todo en contra, Napoleón consiguió algunas victorias, como en la batalla de Dresde –agosto de 1813-, en la cual los aliados perdieron más de 100.000 hombres. Estas victorias le hicieron creer que todavía podía controlar la situación…

La superioridad numérica aliada fue decisiva. Tras cuatro días de combates y viendo perdida la batalla, Napoleón ordenó la retirada, pero toda su retaguardia cayó en manos de sus enemigos

Pero la incorporación de Austria y Suecia –ésta con su antiguo mariscal Bernadotte al frente, futuro rey Carlos XIV Juan de Suecia- a la coalición desequilibró definitivamente la balanza. Los ejércitos imperial y aliado se encontraron en las cercanías de la ciudad alemana de Leipzig. La batalla empezó el 16 de octubre y se alargó hasta el 19 de este mismo mes. La superioridad numérica aliada fue decisiva. Tras cuatro días de combates y viendo perdida la batalla, Napoleón ordenó la retirada, pero toda su retaguardia cayó en manos de sus enemigos. Al final, se calcula que los franceses perdieron unos 40.000 hombres, además de 30.000 prisioneros. Las bajas aliadas fueron superiores, unos 60.000, pero sus fuerzas también.

Pérdida de toda Alemania y la Europa del este, Napoleón intentó fortificarse en Francia para defenderse contra la más que previsible invasión. Pero disponía solo de unos 100.000 soldados. Francia, tras más de veinte años de guerras continuas, no daba para más. Los aliados disponían de más de medio millón. París fue ocupada el 31 de marzo de 1814, y el Senado depuso a Napoleón el 3 de abril, que optó por abdicar en su hijo, que nunca llegó a reinar.

El Tratado de Fontainebleau dispuso su deportación a la isla de Elba. El Congreso de Viena, a su vez, estableció la restauración de la monarquía borbónica en Francia, con Luis XVIII, hermano del veinte años antes decapitado Luis XVI. Luego vino el epílogo: la huida de Elba, el Imperio de los cien días, la derrota de Waterloo y el definitivo exilio en la remota isla de Santa Elena.

 

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