La concurrencia del ciberacoso “es cada vez mayor”

Alrededor de un 20% son cibervíctimas en riesgo y, de ellos, casi la mitad lo son de forma graveImagen: Vive UNIR

Las víctimas de ciberacoso y los agresores padecen estrés, pero en diferentes niveles

Según un estudio de investigación de la UNIR

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Si hay algo que une a todo el mundo por igual es el uso constante y diario de las nuevas tecnologías. Incluso muchos bebés juegan con los móviles paternos y los niños pequeños se descubren como verdaderos expertos en todo tipo de aplicaciones. Pero tanta innovación conlleva una cara más perniciosa, en la que se incluye el incremento del ciberacoso entre adolescentes. No es para menos, ya que alrededor de un 20% son cibervíctimas en riesgo y, de ellos, casi la mitad lo son de forma grave. A buen seguro, muchos verán afectados sus niveles de estrés psicofisiológico; si bien este evolucionará de diferente manera en función del rol que los chavales ejerzan: el de cibervíctima o el de ciberacosador.

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UNIR / En esta línea, un equipo de investigadores de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR), perteneciente al grupo de investigación ‘Análisis y prevención del ciberacoso-Cyberbullying-OUT’, ha aportado las primeras evidencias al respecto. El estudio, pionero en su campo, ha evaluado cambios en el perfil de liberación de cortisol (hormona asociada al estrés) según los distintos roles implicados en esta problemática. Lo han hecho gracias a un trabajo realizado con más de sesenta alumnos de Educación Secundaria Obligatoria (ESO) y Bachiller.

Encuentran evidencias empíricas sobre cómo las cibervíctimas y los ciberagresores presentan perfiles de liberación de cortisol distintos

El grupo, formado por psicólogos, psicopedagogos y sociólogos, ha encontrado evidencias empíricas sobre cómo las cibervíctimas y los ciberagresores presentan perfiles de liberación de cortisol distintos. “Ello puede suponer cambios en el eje hipotalámico-hipofisiario-adrenal; es decir, a nivel biológico y estructural, según la violencia se ejerza o se padezca activamente”, explica Joaquín González-Cabrera, director del departamento de Psicología de la Educación y Psicobiología de la UNIR e investigador principal del grupo Cyberbullying-OUT, dependiente del Vicerrectorado de Investigación y Tecnología (UNIR Research).

El experto explica que estos resultados, compilados en el trabajo denominado Relationship between cyberbullying roles, cortisol secretion and psychological stress,  constituyen una evidencia “de que una nueva problemática se suma a todo el conjunto de daños ya conocidos que se producen cuando una persona es maltratada en el tiempo”. Por eso, el pasado 2 de junio se presentó esta destacada aportación en el I Congreso Iberoamericano de Neuropsicología en Bilbao. Y no solo eso, sino que su trabajo –“el primero en evaluar los roles del ciberacoso”- también está siendo evaluado “en Computers in Human Behavior, un referente en la comunidad científica”, anuncia González-Cabrera.

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La punta del iceberg

Pero no es la única cita importante, ya que del 23 al 25 de junio acudirán al 4th International Congress of Educational Sciences and Development, en Santiago de Compostela, con resultados de otros trabajos realizados por el grupo. En concreto, se centrarán en un estudio hecho con más de 2.500 alumnos de ESO y Bachiller de siete centros de diferentes comunidades y que mostró una prevalencia general cercana al 20% en los casos de cibervíctimas ocasionales y del 10%  en cibervíctimas graves. Como consecuencia, mostrarán la problemática existente en numerosos centros de nuestro país, donde la concurrencia del ciberacoso “es cada vez mayor”, reconoce González, si bien matiza que dicho incremento puede deberse también a que “hoy en día estamos más sensibilizados con dicha problemática y la conocemos mejor, por lo que es natural que se hable más de ella”.

El punto fuerte de este método es que analiza el triple rol que pueden adoptar los sujetos: cibervíctimas, ciberagresores o ciberobservadores

No obstante, también señala que los responsables de algunos centros con los que han trabajado “no eran realmente conscientes de todo lo que ocurría, se sabe que el ciberacoso está ahí, pero solo conocen la punta del iceberg”. Porque, en opinión de González-Cabrera, el hecho de que los menores utilicen el móvil a edades cada vez más tempranas puede repercutir directamente en el incremento de este fenómeno “debido al mal uso” de estas tecnologías y a la “falta de madurez para utilizarlas”.

Para intentar paliarlo, y de cara al próximo curso académico, el grupo de investigadores se está formando para poder implantar, en algunos de los centros educativos que han participado en su estudio, programas de prevención e intervención que minimicen esas conductas y aumenten habilidades sociales como la empatía, la inteligencia emocional, la resolución de conflictos o la autoestima, entre otras. En concreto, trabajarán con el proyecto denominado Cyberprogram 2.0, de Maite Garaigordobil y Vanesa Martínez-Valderrey, “que no solo se centra en el acoso, sino que aborda una serie de habilidades sociales que permitan a los chavales afrontar situaciones de riesgo”, explica el docente.

En opinión de González, el punto fuerte de este método es que analiza el triple rol que pueden adoptar los sujetos: cibervíctimas, ciberagresores o ciberobservadores. Además, promueve habilidades transversales para reducir el ciberacoso “Son los tres grandes actores de esta problemática y los ciberobservadores ocupan un papel fundamental para aumentar el fenómeno o para reducirlo”.

Por ahora, reconoce que están empezando con este proyecto, pero no se ponen límites. “Puede convertirse en una iniciativa a medio-largo plazo, ya que la idea secundaria sería dar formación a los orientadores para que estos, a su vez, actúen con los estudiantes”, incide el experto, para quien sería de gran interés “lograr hacer un trabajo mayor, semejante al informe Cisneros, pero en relación a la prevalencia del ciberacoso”.

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