La edad de la no inocencia, la adolescencia

Ellos, los chavales, aparentan estar muy serios ante los adultos / Pixabay

En primero de la ESO les digo la palabra juego y todo va viento en popa. Con sus once y doce años todavía se sienten muy niños y la rebeldía no suele ser frecuente. En segundo de la ESO puede que la palabra juego funcione pero en tercero la explosión de feromonas lo hace imposible. De hecho, y en ese curso, la eclosión deviene global, universal y para todos los alumnos. Y es que estamos en la plena adolescencia.

 

David Rabadà | Catalunya Vanguardista @DAVIDRABADA

Con tal subidón los chavales exigen que se les vea como adultos, que se les trate como a tales. Ellos así quieren sentirse y por ello imitan ciertos roles, buenos o malos, de los supuestos adultos, nosotros. Así aparecen los primeros cigarrillos, con o sin añadidos, los primeros combinados, con o sin resaca, y hasta las primeras relaciones sexuales, con o sin amor. Debo matizar que con ello no se está haciendo apología de las drogas, del alcohol y del sexo, todo lo contrario, porros, bebida y coitos son la primera puerta a las adicciones y a embarazos no deseados.

Lo más apabullante a esta edad es que pasan ante nosotros, los adultos, tensos, estirados y retirando el saludo. Ese momento resulta algo fascinante

Pero lo más apabullante a esta edad es que pasan ante nosotros, los adultos, tensos, estirados y retirando el saludo. Ese momento resulta algo fascinante. Si en primero, y hasta en segundo, siempre te saludaban y se acercaban a ti, ahora el pacto cambió. Ellos, los chavales, aparentan estar muy serios ante los adultos, como diciendo:

He cambiado, ¿que no lo ves?

Y cortan el puente de comunicación con los adultos, incluso puede que te lleven la contraria, si uno es del Barça se hacen del Real Madrid, si uno es unionista se vuelve independentista, si uno es de izquierdas él de derechas…. Y esa rotura de puentes yo se la contaba en clase, se la mostraba como algo natural, como un futuro previsible de su humanidad. Simplemente habían roto sus lazos con sus adultos para ellos comenzar a serlo. Que simple, que audaz, que maravilloso. Pero que desastre para aquellos padres o docentes que no puedan llegar hasta ellos. Éstos ahora se hallan vetados de la confianza de estos púberes. Aunque para contactar con ellos hay una esperanza, hacerles conscientes de ello.

Eso de no saludarme por el pasillo es algo fabuloso, algo que os conducirá a vuestra madurez. Os sentís tan mayores que ahora os sentís más importantes, y claro está, ya no saludáis tanto. De todas formas esto era algo PREVISIBLE.

Y claro está, cuando se les llama previsibles resulta una afronta. Ellos, los púberes, jamás pretenden ser previsibles sino todo lo contrario, buscan ser diferentes en todo. Con ello logro que la mayoría de recalcitrantes vuelvan a saludarme por los pasillos creando nuevamente un puente de confianza sin la necesidad de tantos gritos en el aula. Ahora, y al entrar en clase, se alegraban algo más de verme y poco a poco se van sentando para atender.  Aun así algún rapaz da la bronca y se pone bravo. Nadie es perfecto y mis métodos no son infalibles. Entonces yo debo imponerme bajo el riesgo de fracasar. Recuerdo en una ocasión que un díscolo se quejaba por recibir gritos de sus padres y profesores, vaya, que le rallaban. Aquel día estaba más enfadado de lo normal y yo no podía con él. Cuando se calmó le conté lo siguiente.

La vecina del tercero no te chilla ¿a que no? – el asintió -. Y es que no le importas ni un bledo. Pero tus educadores a veces se ven obligados a gritarte por algo muy simple, les importas. Sino harían como la vecina del tercero, pasarían de ti. Ahora cuando te griten traduce. Esa bronca significa me intereso por ti, me importas.

Si el grito no gusta, a veces se cae en lo contrario, en el arrullo, algo que también repele a los adolescentes. Ellos no desean sentirse tratados como niños pequeños. Su acné y su interés por algunas imágenes de anatomía comparada delatan ese rechazo. En una ocasión conocí una profesora de secundaria que trataba a sus adolescentes como a nenes de primaria. Esas vocecitas y canturreos llenos de algodón les reafirman todavía más en su negación del saludo y percibían a aquella adulta como un ser infantil, falta de autoridad e hipócrita. Simplemente hay que hablarles con madurez, franqueza y seriedad, algo que sí abre puentes con ellos. Y algo muy importante, tengan o no tengan razón, hay que escucharles cuando estén en calma y respeto. En caso contrario límites y a esperar que amaine el vendaval. Sólo cuando esté pasado lo caliente será efectivo hablar de lo ocurrido con prontitud. De esa forma el escolar acepta de mejor grado la autoridad adulta y empieza a entrenarse para la siguiente fase, el cuarto de ESO y en el cambio de la razón.

Este artículo forma parte de una serie titulada “Fracaso escolar o fracaso político“, a cargo de nuestro colaborador, David Rabadà.

Entrega anterior: ¿Qué es educar? (2)

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