«La Gloriosa»

Caricatura sobre las etapas del Sexenio Democrático, desde la revolución de 1868, pasando por el Gobierno Provisional, el reinado de Amadeo I o la Primera República hasta que en diciembre de 1874 el General Martínez Campos aparece restaurando el escudo de la monarquía histórica. Caricatura de «La Flaca» con el encabezado de “La Madeja”, 1874. / Wikimedia

Tal día como hoy… 19 de septiembre de 1868 se iniciaba «La Gloriosa»

 

El 19 de septiembre de 1868, el general Prim y el almirante Topete, leían ante las tropas y el pueblo de Cádiz la proclama que anunciaba la rebelión contra la reina Isabel II.  El manifiesto concluía con la frase «¡Viva España con honra!». Se había iniciado «La Gloriosa».

 

CV / Los últimos años del reinado de Isabel II se caracterizaron por un progresivo giro hacia el autoritarismo y el conservadurismo más rancios. Pocos reyes habían frustrado como ella las expectativas, acaso excesivas, que en su persona se habían depositado; solo su padre Fernando VII, conocido como el rey «felón». Había empezado a reinar con tres años de edad, bajo la regencia de su madre, María Cristina, en 1833. Y con una guerra en principio dinástica en la cual, en virtud de la ley sálica, los tradicionalistas negaban el derecho de una mujer a ser reina. Los sectores más tradicionalistas y la Iglesia se agruparon en torno a su tío, «Don» Carlos, que se reclamaba legítimo heredero a la corona por haber muerto su hermano sin descendencia masculina.

Los últimos años del reinado de Isabel II se caracterizaron por un progresivo giro hacia el autoritarismo y el conservadurismo más rancios

Su reinado fue una continua zozobra entre progresistas y moderados –estos ayudados por los tradicionalistas, carlistas, clericales etc-, con algunos cortos periodos de relativa estabilidad durante el gobierno de O’Donnell como primer ministro, y su «Unión Liberal», que intentó convertir en síntesis del liberalismo, y que acabó derivando hacia el moderantismo. Con el tiempo, y al decir literario de Valle Inclán, la suya fue «La Corte de los Milagros». La reina, a la vez que de temperamento impulsivo y apasionado –sus amantes fueron públicos y notorios-, por sus convicciones religiosas experimentaba remordimientos que la impulsaban luego hacia la beatería más timorata. Aterrizó por la corte un cura, Antonio María Claret, que se convirtió en su confesor, y éste se trajo a palacio a una monja, Sor Patrocinio, que supuestamente entraba en trance y le aparecían en el cuerpo los estigmas de Cristo.

Juan Prim en 1869 / Wikimedia

El último sostén de Isabel II, alejados ya de ella tanto unionistas como progresistas, era el general Narváez, conocido como «el espadón de Loja». Los unionistas estaban dirigidos por el defenestrado general O’Donnell, y los progresistas por otro general, Prim. Con la situación política completamente deteriorada y la monarquía cada vez más debilitada y desprestigiada, O’Donnell optó por una coalición entre unionistas y progresistas. No pudo llevarla a cabo porque murió en Biarritz, en noviembre de 1867 –al parecer debido a la ingesta de ostras mal estado-, pero dejó las debidas instrucciones a sus camaradas.

Tras la muerte de Narváez en abril de 1868, los preparativos de la rebelión se aceleraron. El líder de los progresistas, el general Prim, estaba exiliado en Londres, el sucesor de O’Donnell entre los unionistas, el general Serrano, deportado a las Canarias con muchos otros generales unionistas. Terció un atrabiliario personaje, el duque de Montpensier, hijo del derrocado Luis Felipe de Orleans y cuñado de Isabel II, que aspiraba a ser rey de España, y fletó el buque que iba a traer a los generales unionistas a la Península. Prim, por su parte, viajó con nombre falso desde Inglaterra hasta Gibraltar, y antes de llegar al Peñón embarcó en una falucha que lo llevó, acompañado por Ruiz Zorrilla y Sagasta, a la fragata «Zaragoza», en Cádiz, donde se unió con el almirante Topete.

El plan era sublevar a la flota y a la guarnición de Cádiz, y desde allí, una columna con las fuerzas disponibles marcharía hacia Madrid

El plan era sublevar a la flota y a la guarnición de Cádiz, y desde allí, una columna con las fuerzas disponibles marcharía hacia Madrid, mientras Prim navegaría por el Mediterráneo utilizando su prestigio para sublevar a todas las guarniciones sumándolas a la revuelta. Los unionistas no tenían claro lo de destronar a Isabel II, y muchos de ellos solo aspiraban a un pronunciamiento que cambiar el rumbo político en una dirección que les aportara pábulo. Prim, en cambio, lo tenía muy claro.

La fecha prevista era el 18 de octubre, pero el barco de las Canarias no llegó, y Prim convenció a Topete para lanzar igualmente la proclama. El 18 se sublevó la flota de Cádiz, y el 19 la guarnición de Cádiz se sumaba a la rebelión. El manifiesto rezaba así:

“Españoles: (…) Hollada la ley fundamental, corrompido el sufragio por la amenaza y el soborno, muerto el Municipio; pasto la Administración y la Hacienda de la inmoralidad; tiranizada la enseñanza; muda la prensa (…). Tal es la España de hoy. Españoles, ¿quién la aborrece tanto que no se atreva a exclamar: «Así ha de ser siempre»? (…) Queremos que una legalidad común por todos creada tenga implícito y constante el respeto de todos. (…) Queremos que un Gobierno provisional que represente todas las fuerzas vivas del país asegure el orden, en tanto que el sufragio universal echa los cimientos de nuestra regeneración social y política. (…) Españoles: acudid todos a las armas, único medio de economizar la efusión de sangre (…), no con el impulso del encono, siempre funesto, no con la furia de la ira, sino con la solemne y poderosa serenidad con que la justicia empuña su espada. ¡Viva España con honra!”

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