La hoguera de las vanidades

Bernardino de Siena organizando la hoguera de las vanidades, Perugia, del Oratorio di San Bernardino, por Agostino di Duccio, construido entre 1457 y 1461 Crédito: Wikimedia

Tal día como hoy… 7 de febrero Girolano Savonarola prendía en Florencia la hoguera de las vanidades

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El 7 de febrero de 1497, el monje dominico Girolano Savonarola (1452-1498) prendía en Florencia la hoguera de las vanidades. Se quemaron en ella toda clase de objetos considerados blasfemos, mundanos y pecaminosos: instrumentos musicales, libros clásicos griegos y latinos, tratados científicos, obras de Petrarca y Bocaccio, tableros y juegos de ajedrez… A destacar también varios originales de Botticelli, que el propio pintor aportó «voluntariamente» para evitar ser objeto de las iras del predicador y sus fanáticos seguidores.

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Fray Bartolomeo - Florence, Museo di San Marco
Fray Bartolomeo – Florence, Museo di San Marco

CV / La hoguera de las vanidades venía siendo una tradición que tenía lugar el martes de Carnaval, vigilia del miércoles de ceniza que inicia la Cuaresma. Consistía en la escenificación simbólica del tránsito entre los Carnavales y la Cuaresma: del comportamiento licencioso y casquivano, al de penitencia y rigor para la expiación los pecados cometidos, que culminaba con la Semana Santa. La gente solía quemar las máscaras, los cosméticos y los disfraces utilizados. Se eliminaba así, si bien no el cuerpo del delito -nunca mejor dicho-, sí al menos los materiales cómplices. Con Savonarola todo esto adquirió unos tintes mucho más agónicos.

Girolamo Maria Francesco Matteo Savonarola era un predicador dominico que destacó muy pronto por el tono jeremíaco de sus sermones, exhortaciones y alegatos contra todo lo mundano. Llegó a Florencia anunciando catástrofes en 1482, con la ciudad en pleno esplendor renacentista bajo el gobierno de Lorenzo de Médici, el «Magnífico», mecenas del arte y uno de los primeros protectores de Miguel Ángel. Sus diatribas no tuvieron muy buena acogida. Fue considerado un fanático agorero y se le expulsó de la ciudad en 1487.

Con sus rencores redoblados por el resentimiento, regresó tres años después a una Florencia lejos de sus mejores momentos, empobrecida y en plena crisis por la guerra con Francia. Esta vez tuvo más éxito. Con la entrada en Florencia del rey francés Carlos VIII, a quien Savonarola veía como el emisario de Dios, estalló una revuelta que expulsó a los Médici y, bajo el amparo francés, puso a Savonarola como máximo gobernante de la ciudad, instaurando inmediatamente una teocracia basada en el terror y el miedo.

Durante su mandato, se persiguió y asesinó a los homosexuales, se cerraron las tabernas y espacios de diversión pública de todo tipo, se prohibieron las bebidas alcohólicas, el juego, la ropa «impúdica», los perfumes y cosméticos, las fiestas, la música no sacra… La policía tenía órdenes de requisar cualquier cosa que, en su enfermiza mente, favoreciera la vanidad y el pecado, siendo un ilustrativo ejemplo de este tipo de artefactos diabólicos los ya citados tableros y juegos de ajedrez… Durante su mandato fueron condenados a la hoguera cientos de ciudadanos por impiedad; en algunos casos por vestir demasiado ceñidos, si eran hombres, o por no ir suficientemente holgadas y cubiertas, como imponía el recato, si eran mujeres. Nadie se libró de su furor fanático.

Es en este contexto que se produjo la conversión de la hoguera de las vanidades en una exaltación de salvajismo e intolerancia. El 7 de febrero de 1497 no se quemaron los disfraces y máscaras de un carnaval que no había tenido lugar, sino objetos blasfemos como los antes mencionados. En la renacentista Florencia, Savonarola se anticipó en casi medio siglo a Calvino, y en medio milenio a los nazis. Todo un pionero.

El 23 de mayo de 1498 fue ejecutado a garrote y sus restos quemados en la hoguera inmediatamente después en la Piazza de la Signoria de Florencia

Fue precisamente a partir de esta hoguera que las cosas empezaron a torcerse para este paladín del fanatismo. En Florencia empezó a surgir una oposición organizada contra él. Su gran valedor, Carlos VIII -que moriría poco después- empezó a tener problemas: la escuadra española de Galcerá de Requesens y los tercios del Gran Capitán le infligieron sendas y severas derrotas que comprometieron seriamente su aventura italiana.  Fue entonces cuando el Papa Alejandro VI –un Borgia-, recobró de repente la memoria y se acordó de las invectivas, insultos y maldiciones que aquel molesto dominico llevaba años lanzándole… y decidió tomar cartas del asunto. Exigió a Florencia su entrega y amenazó a la ciudad con el Interdicto si no cumplía la orden. Dicha pena, que consistía en la prohibición de impartir los sacramentos y la sepultura cristiana, aterrorizó a los fanáticos supersticiosos que aún le seguían, perdiendo con ello aún más apoyos.

Savonarola fue detenido en el convento de San Marcos y encarcelado, siendo torturado durante seis semanas, hasta que confesó los cargos que se le imputaban. El 23 de mayo de 1498 fue ejecutado a garrote y sus restos quemados en la hoguera inmediatamente después en la Piazza de la Signoria de Florencia. Sus cenizas fueron arrojadas desde el Ponte Vechio al Arno, en cuyas aguas se extinguieron definitivamente los fuegos de su propia vanidad.

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