El 4 de noviembre de 1899, hoy hace 121 años, se publicaba por primera vez ‘La interpretación de los sueños’, una de las obras más influyentes y polémicas del siglo XX, y libro de cabecera de la que luego se denominó la escuela psicoanalítica.

 

CV / Su autor era Sigmund Freud (1856-1939), un médico austríaco de origen judío, especializado en neuropatologías –lo que hoy sería un psiquiatra-, que con esta publicación saltó directamente a la fama por lo novedoso y revolucionario de sus teorías sobre el inconsciente.

La teoría según la cual los sueños pueden tener algún significado no fue en realidad una idea original de Freud. Desde la antigüedad más remota se creía que podían contener mensajes de los dioses u otros poderes superiores, que advertían de los peligros que iban a acechar a su receptor o de su ineluctable destino. Con frecuencia confusos y de difícil comprensión, la interpretación de los signos contenidos en los mensajes oníricos corría a cargo de augures,  sacerdotes o chamanes avezados en las artes mánticas. En el propio Antiguo Testamento, el último hombre que tuvo trato directo con Dios fue Moisés; después de él, Yahvé se comunicará con sus creaturas precisamente infundiéndoles sus mensajes por medio de los sueños o en estados de semiconsciencia. No se trataba, pues, de ninguna novedad, sino en todo caso, de una recuperación.

La ‘Interpretación de los sueños’ entiende que en estado onírico se manifiestan nuestras pulsiones originarias e instintivas, pero que no lo hacen de una forma evidente

Tampoco la idea del inconsciente es originariamente freudiana. Acorde con la concepción anterior, lo inconsciente se consideraba un ámbito liminal, de tránsito, que media entre lo sensible y lo transensible, entre lo natural y lo sobrenatural; un campo claramente proclive a la magia y a las artes adivinatorias. Y como tal fue desechado y trivializado, como mera superchería, desde el surgimiento del Humanismo renacentista, el Racionalismo, la Revolución Científica y la Ilustración, que acabó encumbrando la primacía de lo racional en el ser humano. Para Leibniz, por ejemplo, el inconsciente o los sueños eran manifestaciones desordenadas, o deformadas, de experiencias anteriores, cuyo carácter caótico se debe a que el intelecto no está activo, y sin cabida alguna en lo racional, ni más significación lógica que la evidente en sí misma.

Pero al encumbramiento de la racionalidad humana, que en su proyección científica vendría expresada por Descartes, Leibniz, Newton y Laplace -entre otros-, y en la filosófica por (también) Descartes, Hume, Kant y Hegel, le sucederá en el siglo XIX la reacción romántica y el irracionalismo, desde Lord Byron hasta Schopenhauer y Kierkegaard o Nietzsche, que denunciaran la insuficiencia de entender lo humano en términos estrictamente racionales. Y surgirá el pensamiento o la filosofía de la sospecha, tendencia desde la cual se recuperarán, si bien con otra perspectiva, los no-espacios liminales desechados por el racionalismo. Este esta es la tradición en la cual, aunque médico, se inscribe Freud.

Portada de la edición alemana original de Die Traumdeutung, Franz Deuticke, Leipzig & Vienna, 1899 de Sigmund Freud / Wikimedia

La «sospecha» consistiría, en el campo que nos ocupa, en que acaso la razón y su estructura lógica no sea la suprema instancia humana, sino derivada de otra anterior y el instrumento del que esta se sirve para proyectar pulsiones originarias e instintivas bajo constructos lógicos que nos hacen ver la realidad distinta a como es. En Freud dicha sospecha consiste más bien en una certeza, y en su ‘Interpretación de los sueños’ tal certeza se hace explícita con una teoría del inconsciente que incorpora sus previos estudios sobre la sexualidad infantil, la histeria y el modo como la sociedad organiza la represión sexual. Algo que, a partir de dicha obra, irá sistematizando progresivamente para trascender sucesivamente del ámbito meramente médico al psicológico, al sociológico y al filosófico, desembocando en el inevitable ‘Malestar en la cultura’ (1930).

La ‘Interpretación de los sueños’ entiende que en estado onírico se manifiestan nuestras pulsiones originarias e instintivas, pero que no lo hacen de una forma evidente porque el policía interior que la moral nos ha introducido, el súper-yo, lo impide, en el sentido de que no las queremos asumir. Por esto hacen falta las claves interpretativas, en el secreto de las cuales nos introduce. O sea, el José bíblico interpretando los sueños del faraón, pero con ropajes científicos amparados en su condición de médico neuropatólogo.

Quizás una de las críticas más incisivas que se han vertido contra el psicoanálisis desde la perspectiva epistemológica sea la de Karl Popper

La posterior influencia de la teoría psicoanalítica que Freud empezó a sistematizar y desarrollar en esta obra fue tal que llegó a convertirse en omnipresente en los círculos intelectuales occidentales. Nada escapaba a la exégesis psicoanalítica, desde la sexualidad, la moral y las creencias religiosas, hasta las Matemáticas o Teoría de la Relatividad, pasando por la política, el poder, los lapsus o la razón…  También abundaron sus detractores, que en mayor o menor grado, según el caso, consideraron esta corriente psicológica una mera seudociencia, una superchería ataviada con pretensiones científicas de las que carecía.

Retrato fotográfico de Sigmund Freud, firmado por el modelo (“Prof. Sigmund Freud”) / Wikimedia

Quizás una de las críticas más incisivas que se han vertido contra el psicoanálisis desde la perspectiva epistemológica sea la de Karl Popper. Para este filósofo de la ciencia, el psicoanálisis incorpora en sus axiomas fundantes la negación de cualquier posible refutación, por entenderla afectada por el manto de estos mismos axiomas.

Es decir, si afirmamos que toda la conducta humana responde en último término a instancias inconscientes, quien lo niegue cae del lado de esta misma dependencia de lo inconsciente, sin que sea posible salir del bucle y sin poder dilucidar si es verdadero o falso.

O sea, dicho en términos popperianos, el psicoanálisis no admite «falsación». Y el criterio de demarcación de la ciencia con respecto a la seudociencia es precisamente que toda proposición científica ha de admitir en sus propios enunciados que pueda ser «falsada», es decir, que los hechos la den como falsa, o no. Y esto, ciertamente, el psicoanálisis no lo admite.

Aun así, ‘La interpretación de los sueños’ sigue siendo hoy en día un libro de cabecera para muchos.

 

TAMBIÉN ESTA SEMANA:

Lunes, 2 de noviembre de 998

Odilon de Souvigny, abad de Cluny, establece este día como el de conmemoración de los difuntos.

Martes, 3 de noviembre de 1940

En Montauban (Francia), fallecía Manuel Azaña (n. 1880), presidente de la II República española.

Miércoles, 4 de noviembre de 1899

Se publicaba, en lengua alemana, la obra de Sigmund Freud ‘La interpretación de los sueños’. El editor Franz Deuticke la fechó posteriormente en 1900. Fue una de las obras más influyentes del siglo XX.

Jueves, 5 de noviembre de 1997

Fallecía en Oxford (Gran Bretaña), Isaiah Berlin (n. 1909), pensador e historiador de las ideas.

Viernes, 6 de noviembre de 1917

Tras haber roto con el gobierno provisional y pasar a la clandestinidad, los bolcheviques toman zonas estratégicas de San Petersburgo y se inician los primeros enfrentamientos armados entre la guardia roja y el ejército. Comenzaba la revolución soviética en Rusia. El hecho de que se conozca como «revolución de octubre» es debido a que en Rusia todavía era octubre porque no había adoptado el calendario gregoriano y seguía con el juliano.

Sábado, 7 de noviembre de 1659

En la isla de los Faisanes, en el río Bidasoa, se firmaba entre Francia y España el Tratado de los Pirineos, que ponía fin al conflicto que había enfrentado a ambos países desde 1635, cuando Francia intervino en la Guerra de los Treinta Años (1618-1648). Tras el final de esta guerra, prosiguieron con su guerra particular durante once años más, concluyendo con la derrota española y su liquidación como gran potencia europea. España cedió a Francia todas sus posesiones transpirenaicas, con la excepción de la villa de Llívia, que permanece aún hoy como un enclavado en territorio francés.

Domingo, 8 de noviembre de 1602

En Oxford (Inglaterra), se habría por primera vez al público la Biblioteca Bodleiana. Se inauguró con dos mil libros donados por Thomas Bodley, del cual tomo su nombre. En la actualidad, solo la supera en número de ejemplares la Biblioteca Británica, y es una de las cinco bibliotecas de depósito de derechos de autor de Gran Bretaña.

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