La magia de la innovación

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«Parece que la Administración se conforma con redactar normativas donde aparece el término “innovación”, como si se tratara de una palabra mágica, que funciona con tan solo mentarla».

 

Josep Otón / Fundación Episteme

Yo, como cualquier profesional consciente de las exigencias de su oficio, apuesto por la innovación, a pesar de que no me acabe de gustar esta palabra. Parte del prejuicio de pensar que cualquier novedad es mejor que lo precedente. Y, por supuesto, no todos los cambios son acertados. A veces, parece como si el objetivo de las leyes educativas sea presumir de nuestro talante “innovador” y no tanto conseguir que el alumnado aprenda. En la educación hacemos como con los teléfonos móviles, hay que estar comprando siempre el último modelo para poner de manifiesto nuestra presunta modernidad.

En vez de innovación creo que sería preferible hablar de “mejora”. En el caso de la educación, también es apropiado referirse al término “actualización”. Un buen docente procura estar al día y actualiza constantemente tanto los contenidos de su materia como las metodologías didácticas correspondientes. Ahora bien, a pesar de lo que digan las leyes y las normativas, no lo tiene nada fácil. Se le margina en los debates públicos relativos al proceso educativo, se le asignan responsabilidades propias de otros perfiles profesionales y, además, se le ponen trabas cuando intenta innovar, mejorar o actualizar su trabajo. Señalo algunos ejemplos.

¿Dónde están los departamentos didácticos? Se trata de un órgano de coordinación que tiene asignado un espacio físico y un tiempo del horario para dedicarse al debate, al intercambio de experiencias y materiales, al trabajo en equipo, al diseño de actividades y a su evaluación. En cambio, en algunas Comunidades Autónomas como Cataluña, la tendencia es, con la normativa en la mano y en la práctica diaria de los institutos, que se están difuminando e, incluso, desapareciendo. ¿Cómo se puede innovar sin este recurso imprescindible?

¿Dónde están las licencias de estudios retribuidas? Si la Administración aspira a tener profesores y profesoras formados y preparados para actualizar su práctica, esta sería una estrategia muy apropiada. Permite que los docentes dediquen un curso entero, o solo medio, a estudiar en profundidad un aspecto de su trabajo. En cambio, ¿cuántos años hace que no se conceden estas licencias?

¿Dónde están las horas de reducción para los mayores de 55 años? Está muy bien la formación inicial y la permanente, pero se aprende a dar clases a partir del rodaje, de las horas de impartición en un aula. En consecuencia, no se puede desperdiciar el capital humano acumulado por los profesores y las profesoras con más años de docencia. Aun así, en algunas Comunidades, la Administración ha dejado de asignar la reducción de horas lectivas a los mayores de 55 años, unas horas que se podían dedicar a la elaboración de materiales y a la organización de actividades.

¿Dónde están los catedráticos? Todo funcionario tiene derecho a una carrera profesional. En el caso de la enseñanza secundaria, la vía mayoritaria tendría que ser el acceso a los cuerpos de catedráticos. No se trata de dar una gratificación, un aguinaldo, al profesorado más veterano, sino, una vez más, de aprovechar el capital humano para cumplir las tareas encomendadas por la ley. Además de la jefatura de los departamentos didácticos, les corresponde dirigir también los proyectos de innovación e investigación didáctica de la propia especialidad que se realizan en el centro; la formación en prácticas de los profesores de nuevo ingreso que se incorporen al departamento; y coordinar de los programas de formación continua del profesorado que se desarrollen dentro del departamento. Sin embargo, la Generalitat de Cataluña, y otras administraciones autonómicas, se resisten a convocar concursos de acceso a cátedras.

Podríamos añadir otras herramientas para incentivar al profesorado a mejorar su trabajo: la convocatoria de premios para materiales didácticos, la publicación de artículos escritos por docentes, el intercambio de experiencias entre los centros…

Parece que la Administración se conforma con redactar normativas donde aparece el término “innovación”, como si se tratara de una palabra mágica, que funciona con tan solo mentarla. Después se insiste en la necesidad de formación del profesorado, dejando entender que no estamos suficientemente formados, y, paradójicamente, se limitan lo recursos reales para hacer factible esta actualización tan necesaria.

¿Realmente se apuesta por la innovación o tanta reforma curricular no es más que un maquillaje legislativo?

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Josep Oton es catedrático de Historia y secretario de la Fundación Episteme.

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