La noche de los Cristales Rotos

La sinagoga ortodoxa Ohel Jakob (en Múnich) después del ataque incendiario, 9 de noviembre de 1938. / Wikimedia

Tal día como hoy…10 de noviembre de 1938 Alemania despertaba tras la “noche de los Cristales Rotos”

 

El 10 de noviembre de 1938 Alemania amaneció con las sinagogas quemadas y las calles con los vidrios de los escaparates de las tiendas propiedad de judíos saqueadas por la patulea nazi. Había sido la noche de los Cristales Rotos, que se prolongó hasta la madrugada y parte de la mañana. Hubo 91 asesinados y 30.000 detenidos. Pero estos detenidos no eran los responsables de los muertos, sino sus familiares, parientes y amigos… Todos ciudadanos judíos, como los asesinados.

 

CV / El antisemitismo tenía tradición en Alemania y en toda Europa desde antiguo. A lo largo de la Edad Media, los pogromos se habían ido sucediendo con cierta regularidad, muy especialmente coincidiendo con el endeudamiento de los reyes de turno, o con motivo de cualquier epidemia o catástrofe que requiriera de alguien a quien echarle la culpa. Y nadie mejor que los judíos, claro. Pero lo de los nazis con los judíos fue mucho peor, por la malignidad implícita a lo que era un genocidio programado con toda la meticulosidad racional y su consiguiente aplicación técnica, encaminada al exterminio de un pueblo.

La obsesión de los nazis por los judíos era una más de sus muchas patologías psíquicas, que además fue utilizada propagandísticamente como arma arrojadiza

La obsesión de los nazis por los judíos era una más de sus muchas patologías psíquicas, que además fue utilizada propagandísticamente como arma arrojadiza y elemento cohesionador de la sociedad alemana que se pretendía construir. Dicho de otra manera, Goebbels era un psicópata, pero no un tonto. Los nazis azuzaron a la población alemana contra los judíos no solamente desde sus delirantes planteamientos eugenésicos y racistas, como sería el caso de los gitanos, sino con el agravante de haber sido los culpables de la derrota alemana en la I Guerra Mundial, con la famosa «puñalada en la espalda»; judíos comunistas, claro.

Desde que en 1933 Hitler se había convertido en canciller, la presión sobre los judíos fue in crescendo / Wikimedia

Lo de la puñalada en la espalda no se lo inventaron los nazis, sino los arrogantemente derrotados altos mandos del ejército alemán. Durante la investigación que la República de Weimar llevó a cabo por las responsabilidades militares en la funesta dirección de la guerra, el mariscal von Hindenburg afirmó, en un ejercicio de cinismo autoexculpatorio rayano en la demencia y contra toda evidencia, que el ejército alemán no había sido derrotado en el campo de batalla, sino que Alemania había perdido por la traicionera revolución interna dirigida por los judíos y los comunistas. Y con estos mimbres bastó para que un hábil propagandista como Goebbels explotara hábilmente las fobias de Hitler y construyera el cesto, acusando a los judíos también de la posterior crisis económica y de todos los males habidos y por haber. Y mucha gente se lo creyó.

Desde que en 1933 Hitler se había convertido en canciller, la presión sobre los judíos fue in crescendo. Mientras tanto, con unos mirando hacia el otro lado, y otros -acaso porque miraran hacia dónde mirasen siempre veían lo mismo-, escondiendo la cabeza bajo el ala, Hitler fue consolidándose en el poder. Incluso cuando en 1934 Hitler se deshizo de Röhm y la mayoría de dirigentes de las SA en otra famosa noche, la de los Cuchillos Largos,  muchos quisieron ver un acto de moderación por parte de Hitler, pues al fin y al cabo, pensaron, se había cargado a los más radicales e indeseables de sus propios seguidores.

La maquinaria nazi estaba lista en 1938 para manifestarse abierta y definitivamente tal como era, sin necesidad de más preámbulos

Pero el huevo de la serpiente había crecido cuidadosamente atendido en incubadoras patrocinadas por muchos que, después de 1939 -algunos después de 1945-, perdieron inopinadamente la memoria. La maquinaria nazi estaba lista en 1938 para manifestarse abierta y definitivamente tal como era, sin necesidad de más preámbulos. Solo faltaba el pretexto.

El 7 de noviembre de 1938, un judío polaco de origen alemán, Herzschel Grynszpan, disparaba contra el secretario de la embajada alemana en París, que fallecía dos días después, el 9 de noviembre. Era el día de la celebración nazi del 15 aniversario del putsch de Múnich. Los nazis vieron el filón y lo aprovecharon. Aquella misma tarde, Goebbels, tras haber consultado a Hitler, lanzó un discurso incendiario en la cervecería Bürgerbräukeller, la misma donde se había urdido el putsch, afirmando que no sería sorprendente que los indignados ciudadanos alemanes se tomaran la justicia por su mano y atacasen «espontáneamente» los negocios judíos y las sinagogas. A los líderes nazis que estaban escuchando no les hizo falta oír más…

Muchos pensaron que la noche de los Cristales Rotos marcaba el máximo de las atrocidades nazis; todavía no habían visto nada…

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