La relajada moral de Pujol

Tagamanent es la población catalana donde Jordi Pujol tuvo su revelación / Imagen: Wikipedia

“Nos costará mucho volver a reconstruir todo esto”

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Eva Serra_1_editedEva Serra e.serra@catalunyavanguardista.com

La prensa anda salpicada desde el pasado jueves por el escándalo Pujol. Mucho se escribe y más se comenta por todos los rincones del país que el abanderado de la patria catalana no es más que un evasor de impuestos y el patriarca de una familia plagada de corrupción. El estilo es algo que siempre debiera acompañar al ser humano, y ya no digo al político, pero la realidad muestra a menudo lo contrario.

En el año 2011 y apenas ganadas las elecciones con Mas realicé una entrevista a Jordi Pujol. Había coincidido con él en un evento sobre el cava catalán y se me ocurrió como periodista que era el momento idóneo para saber un poco más sobre el personaje ya retirado: su visión sobre el nacionalismo catalán, su papel negociador en Madrid, sus principales influencias en política o su diagnóstico sobre la posición que iba a adoptar el nuevo gobierno catalán en plena crisis.

“Tiempo después comprendí que el todo esto no era únicamente la masía de can Andreu ni la iglesia, sino que significaba el país. Había que reconstruirlo.” me contestó en una de sus respuestas. Confieso que quise creerle. En aquella entrevista, realizada en el despacho de su Fundación, encontré a un Pujol satisfecho con su obra, crítico con sus adversarios, combativo desde un sentimentalismo octogenario, firme en sus posiciones y hasta paternalista en su mirada. Durante las dos horas que estuvimos allí quise creerle.

[blocktext align=”left”] Ingenuo es aquel que practica un cierto candor, que no sabe de qué va la película porque ha creído en unos valores que a menudo en nuestro establishment son sinónimos de pacatería

Tal vez por ello, al finalizar la entrevista pequé de ingenuidad, algo que en esta tierra suele confundirse. Ingenuo es aquel que practica un cierto candor, que no sabe de qué va la película porque ha creído en unos valores que a menudo en nuestro establishment son sinónimos de pacatería impropia de quienes aspiran a conseguir un puesto o abrirse un rentable lugar en nuestra sociedad. Así he entendido siempre mi profesión, pues el genuino papel de la prensa debiera ser contar la verdad aun a costa de no recibir subvención.

En aquellos momentos, Catalunya Vanguardista editaba en tres idiomas: castellano, inglés y catalán. El motivo era bien simple: informar sobre el talento de nuestros investigadores o sobre los proyectos más destacados en ciencia, cultura, economía, sociedad y gastronomía. Iniciativas que parten de personas que no se plantean más que cumplir con sus profesiones o con las funciones que tienen encomendadas para realizar una labor honesta y capaz para construir una sociedad mejor. Es evidente que la crisis nos colocaba, como a casi todos los medios digitales, en una posición de peligro.

Por el mero hecho de publicar en catalán, y por ley, nos correspondía una subvención de la Generalitat capaz de habernos permitido continuar con nuestras ediciones trilingües. De nuevo, en mi ingenuidad, pensé que el nuevo gobierno iba a comprender que todo cuanto se gesta desde Cataluña podría tener algo más de proyección si se editaba también en castellano y en inglés, por ello le pedí consejo sobre ello a lo que, muy amablemente, se prestó a solicitarme él mismo una reunión con el recién nombrado director de comunicación del entonces nuevo gobierno.

Recuerdo mi perplejidad en aquella primera y única reunión que mantuve en el Palau de la Generalitat. Presenté nuestro proyecto desde su propia naturaleza, la contribución a la difusión del talento y del conocimiento más vanguardista desde una marca que lleva la palabra Catalunya como cabecera. No llevaba yo más intención que la de tramitar la ayuda a publicaciones que la ley contemplaba pero mi sorpresa fue mayúscula cuando el interlocutor afirmó que nuestro proyecto era uno de los únicos que aportaba algo nuevo a diferencia de otros muchos y que por ello íbamos a recibir no sólo la subvención que nos correspondía sino una nutrida agenda de contactos empresariales y, sobre todo, “su bendición”, según palabras textuales. De nuevo, la iglesia. En quince días, según afirmó el nuevo cargo, íbamos a tener una segunda reunión con otro máximo responsable para cerrar el acuerdo. “Ayudamos a quienes nos ayudan”, se despidió el flamante directivo público. Transcurridos tres meses y con un completo silencio por parte de la administración catalana  me encontré de nuevo con Jordi Pujol. Su impecable memoria al reconocerme me sobrecogió. La cálida y acogedora mano de Marta Ferrusola al coger la mía me enterneció cuando le pedí a su marido una reunión tras explicarle el impresentable silencio del nuevo director de comunicación. ¿No te han dicho nada?, me preguntó el ex Presidente.

Era la segunda y última vez que me sentaba en el despacho de su Fundación. Nada más entrar vi que el paternalista tono concedido en la primera entrevista se había transformado en un gesto distante y altivo nada más recibirme, algo que no acabé de comprender. La ingenuidad puede llegar hasta un extremo pero no tanto como para preguntarle si íbamos a perder el tiempo tramitando lo que por ley nos correspondía pues la ingenuidad comenzaba a flaquear visto lo visto. ¿De qué familia eres?, me preguntó Pujol, para seguidamente añadir y repetir tres veces: “Yo a usted no la conozco”.

Jordi Pujol durante la entrevista con Catalunya Vanguardista
Jordi Pujol durante la entrevista con Catalunya Vanguardista

Había pasado de tutearme a hablarme de usted. De mirarme como lo haría un tierno abuelo a alejar su mirada de la mía. De prestarse solícito y encantador a mirar el reloj con la prisa del todopoderoso que apenas tiene tiempo que perder con una insignificante publicación pero lo que más rompió el personaje en dos  fue mi falso constructo al pensar que iba a hablar con un intelectual de la política para encontrarme con un simple y banal botiguer que solo atiende a insignes clientes conocidos. Todavía recuerdo su mirada de sorpresa cuando,al despedirme le comenté que no tuviera la menor duda de que nuestra publicación continuaría, aún a costa de perder dos de nuestras ediciones por falta de liquidez: la catalana y la inglesa. Y así ha sido.

Ahora dicen en CIU que están escandalizados y sorprendidos. Dudo mucho que lo estén pues en realidad Jordi Pujol no ha pasado a ser más que un político obligado a salir por la puerta de atrás, triste final para quien ha ostentado el cargo mesiánico de esa iglesia fundada por él donde solo han cabido sus fieles feligreses como receptores del platillo misal, pero al fin y al cabo, su fundador y terrateniente. Ahora hablan de refundación pero nuestra ingenuidad ya queda lejos, tan lejos como aquel silencio llegado desde el Palau de la Generalitat auspiciado por la actual directiva del partido que continúa con ese estilo tan propio de quienes se han creído con autoridad para dirigir nuestro destino. Para dirimir quiénes saldrán adelante y quiénes no.

Recientemente el director de un importante medio de comunicación en Cataluña me comentó su difícil situación por “las presiones que recibe por parte de los Pujol”. Si creemos en una verdadera prensa libre tendremos que renunciar a las subvenciones como máxima para poder ejercer nuestro trabajo y esperar salir adelante con la frente alta para informar debidamente. Aquí no tenemos miedo y sí mucho respeto por las personas que son capaces de construir un mundo mejor, alejado de doctrinas y de sumisión pues solo desde la libertad y desde la independencia se puede ejercer un trabajo limpio. Puede parecer ingenuo pero la historia demuestra que el progreso no ha estado nunca asociado al servilismo.

[blocktext align=”left”]En Cataluña, tras tantos años de clan, hemos olvidado que el verdadero sustrato de la democracia reside en el pueblo

El problema no parte ellos sino de nosotros. En Cataluña, tras tantos años de clan, hemos olvidado que el verdadero sustrato de la democracia reside en el pueblo y que el pueblo catalán ha estado siempre caracterizado por personas emprendedoras y valientes, capaces de actuar con la honestidad propia de quien pretende abrirse camino sin la necesidad de ese rancio clientelismo caciquil tan ligado a siglos anteriores y tan amparado en el sistema de clanes que en el pasado estrangulaba cualquier forma de emprendimiento secular. La iglesia que fundó Jordi Pujol no puede ser refundada si nos queda algo de dignidad.

Cuántos jóvenes universitarios se ven obligados a abandonar el país mientras un puñado de tecnócratas cobran sus dilatados sueldos para no cumplir con sus funciones básicas. Cuántos pequeños y medianos empresarios (lejos de esas doscientas familias) han visto sus ahorros y sus negocios en la más absoluta quiebra mientras otros abren y cierran persiana con falsas facturas. Cuántos funcionarios catalanes han tenido que renunciar a su paga extra mientras en el resto de España se están cobrando a pesar de la crisis. Cuántos artistas y escritores  a pesar de su talento tienen que luchar día a día para poder continuar con sus profesiones lidiando con la miseria mientras otros, “los de siempre”, van recibiendo subvenciones y cargos públicos.

A mi pregunta en esa entrevista de si era mejor antes, Pujol contestó:

“A nivel español y a nivel catalán ha habido grandes políticos que, a pesar de todo, hicieron su trabajo, aunque nosotros no tendríamos que haber aceptado algunas de las cosas que a nivel general nos propusieron desde España y que resultó un engaño. Lo tendríamos que haber visto. Pero entonces todo era muy difícil y además lo aceptamos con una actitud de lealtad”.

Pues sí, Sr. Pujol, su engaño lo tendríamos que haber visto y no haberlo aceptado nunca, que para eso están las urnas y aquí unos cuantos catalanes. “Nos costará”, pero lo conseguiremos.

 

 

 

 

 

 

1 Comentario

  1. Lo consabido, que lo era, adquiere otra dimensión cuando, no precisamente por remordimiento, sino porque te están “pillando”, te ves obligado a confesar. Esto es el final de “Ubú”. Allá ellos, los infelices que dieron pábulo desde un primer momento a un personaje tan atrabiliario y opaco. Me alegro por lo que le espera.

    Companys fue un político mediocre que se redimió en su muerte a manos de otros más mediocres, y mucho más imbéciles, que él. Pujol fue un buen político que se condenó por su avidez codiciosa… Si lo que cuenta al fin y al cabo es cómo uno acaba, el suyo no será un buen atraque en Ítaca. Como aquel irlandés ¿De nombre Parnell, tal vez? En el caso de Parnell creo recordar que fue un tema de faldas; en el de Pujol serán papeles bancarios y multitudes de proto-ex-nueras rebotadas. Hasta en eso ha sido cutre. Bon voyage!

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