La unidad entre docentes hace la fuerza

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Si los pedagogos teóricos y los políticos demagogos no hacen caso a los datos científicos y a los docentes veteranos, sólo nos queda una solución, llevar bien el aula. Para ello la unidad de criterios es fundamental para educar a los chavales.

 

David Rabadà | Catalunya Vanguardista @DAVIDRABADA

Si se logra un mínimo de cohesión educativa entre progenitores y docentes se alcanzarán grandes logros. En caso contrario, y si las divisiones aparecen, las fisuras se abren y los educadores dejan de serlo. Entonces ellos, los educables, hallarán todo tipo de libertades que en nada favorecerán su éxito personal y estudiantil.

Los púberes desarrollan grandes habilidades en el momento de pedir algo. Ellos aprenden con gran celeridad quien accederá más rápido a sus demandas. Cuando un adulto les dice no y va otro adulto y les dice sí, algo no funciona en su educación. Los hijos marcharán un día de nuestro nido y cuando lo hagan es preferible que hayan aprendido respeto y responsabilidad, no a manipular a sus adultos. Por tanto hay que mantener un frente unido con la pareja y esta con los profesores y la administración.

A menudo me encuentro con alumnos que me piden algo con argucias muy sobadas.

–          Déjame ir al baño profe.

–          Ahora no Rufián, que acabas de ir.

–          Pues el de sociales siempre me deja.

–          Pues luego hablo con el de sociales y convenimos qué hacer contigo en el futuro.

Y de ésta manera mi alumno se halla acorralado entre el de sociales, yo y su mentira. Los padres, y ante una demanda, pueden hacer lo mismo con un, luego hablaré con tu padre. En fin, hay que mostrar paciencia, empatía y cariño pero también valores, normas y conducta.

En este asunto, en el de la unión hace la fuerza, he vivido múltiples experiencias. En una ocasión una jefa de estudios discutió conmigo por la exigencia de unas alumnas. La docente iba de colega con sus adolescentes y me exigía que les dejara fotocopiar los exámenes corregidos fuera del colegio. Yo me reuní con mis alumnas y les argumenté que la ley no lo permitía y que si las pruebas se perdían no podría demostrar quien había suspendido o aprobado ante una inspección rutinaria. Añadía no obstante que, como siempre, dejaba ver las pruebas durante una sesión entera para que me plantearan todas sus dudas y anotaran los errores cometidos, algo más didáctico que simplemente fotocopiar unas hojas. El asunto pareció quedar zanjado pero días más tarde la jefa de estudios dio rienda suelta a las alumnas en su demanda. De hecho les dijo que podían exigirme fotocopiar aquellos controles. Ello provocó una discusión con la susodicha responsable y me negué a dejar salir los exámenes del centro. Pues bien, la discusión llegó al oído de éstas alumnas y pasó lo predecible, pues que les dimos demasiada información para que luego nos manipularan a su favor. Al ver quién les favorecía y quién no, ahora ya sabían hacia dónde dirigir siempre sus demandas. A partir de ese momento yo quedé desautorizado en mi aula y los conflictos se perpetuaron durante todo el curso. Contradecir injustamente a un compañero, o apoyar a unos alumnos en contra de éste, trae que otro día estos mismos alumnos crean que pueden hacer lo mismo contigo, en fin, que todos los educadores salgan perdiendo. En el futuro otro docente podría desautorizar al primero y así hasta el infinito, algo que no educa en el respeto y la responsabilidad a nuestros estudiantes sino que les invita a la manipulación bajo su elevado egocentrismo.

Los educadores deberíamos mostrar en público el menor número de discrepancias ante nuestros alumnos para mantener nuestro objetivo, educar

En fin, que los educadores deberíamos mostrar en público el menor número de discrepancias ante nuestros alumnos para mantener nuestro objetivo, educar. Y es seguro que nadie piensa como otro, pero si uno decide algo, el otro debe apoyar esa opción aunque la crea ese día injusta. Si se debate algo entre ambos, es mejor hacerlo en privado y quizás luego rebajar la resolución bajo consenso común. Los púberes deben vernos como un frente unido y no como a unos adultos a quien manipular.

Recuerdo también un colegio en donde quise sancionar a un alumno por violento. Este, fumador de marihuana convulsivo, llegaba colocado a clase y con alardes agresivos. Cabe añadir que el padre, adicto como él, compartía la pipa del coloque en casa. Pero además en clase había otros colegas que le acompañaban. Un día quise plantar cara a este fumeta ante la imposibilidad de impartir clase al resto de mis alumnos. Éste se alzó en cólera y me espetó un golpe en el pecho para escaparse del aula. Hice mi informe a dirección pero ésta no quiso hacer nada al respecto y el grupo se creció en ello. De hecho el jefe de estudios tenía muy buen rollito con padre, alumno y compinches. Pero el tiempo fue poniendo las cosas en su sitio y finalmente dirección tuvo que actuar. Y así llegó un día en que sancionó al fumeta sin patio. A la mañana siguiente el chaval apareció con una nota papal, que también una bula, donde se le excusaba del castigo bajo el pretexto de una visita médica. El protegido abandonó el centro en dirección quien sabe dónde y evitó así la punición. La disciplina del centro quedó desautorizada, yo ya hacía tiempo, y la falta de unión sin fuerza fue la culpable. En un par de años aquel grupo se transformó en ingobernable y el jefe de estudios perdió su buen rollito con sus fumetas. Es más, y como tutor, cayó en una depresión ante aquella clase tan díscola y agresiva. Quizás ahora debamos analizar los perfiles de algunos malos profesores para evitar errores como los anteriores. A ello vamos en el próximo apartado.

Este artículo forma parte de una serie titulada “Fracaso escolar o fracaso político“, a cargo de nuestro colaborador, David Rabadà.

Entrega anterior: El fracaso escolar capitalista (33)

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