Las 95 tesis de Lutero

Martín Lutero clavando sus noventa y cinco tesis en una puerta de la iglesia de Todos los Santos de Wittenberg, según una reproducción pictórica de 1872 (Luthers Thesenanschlag, por Ferdinand Pauwels). / Wikimedia

Tal día como hoy… 31 de octubre de 1517 Martín Lutero presentaba sus 95 tesis

 

El 31 de octubre de 1517, Martín Lutero, fraile agustino y profesor de Teología en la Universidad de Wittemberg, clavaba en la puerta de la Iglesia de Todos los Santos de esta ciudad sus 95 tesis contra las indulgencias, con el título ‘Cuestionamiento al poder y eficacia de las indulgencias’. Se considera que este hecho marcó el inicio de la Reforma Protestante.

 

CV / No está claro que este fuera el día exacto en que Lutero colgó sus tesis rompiendo con la Iglesia, aunque la tradición lo mantiene así. Sí es la fecha en que consta que Lutero envió por carta dichas tesis al arzobispo elector de Maguncia, Alberto de Brandemburgo. Es posible que este mismo día las colgara en la puerta de la Iglesia de Todos los Santos, y en otras de la misma población, o que lo hiciera a lo largo de los días siguientes.

Con su acción, se inició un proceso cismático de consecuencias no solo religiosas, sino también sociales, políticas y  bélicas, que sacudió toda Europa

Lo que sí está claro es que con su acción, se inició un proceso cismático de consecuencias no solo religiosas, sino también sociales, políticas y  bélicas, que sacudió toda Europa durante los siguientes siglos. Desde el punto de vista más estrictamente religioso, la Iglesia católica perdió prácticamente a la mitad de su feligresía.

En un principio, las tesis de Lutero iban dirigidas contra las indulgencias, pero contenían implicaciones teológicas mucho más profundas que, a su vez, llevarían a transformaciones sociales de amplio calado en Europa, tanto en aquellas partes que se fueron acogiendo progresivamente a la Reforma, como en las que permanecieron «fieles» al papa de Roma. En resumen, el modelo medieval había concluido.

Según la doctrina católica, el alma de los que morían en la gracia de Dios iba al cielo, mientras que la de los que lo hacían en pecado, al infierno: la salvación o la condenación según los actos realizados en vida. Pero se ideó también un lugar intermedio, el purgatorio, para aquellos que, aun no mereciendo el rigor de la condenación eterna a las calderas del Pedro Botero, no eran dignos de entrar directamente en el cielo porque tenían algunos «pecadillos» que expiar. Éstos iban al purgatorio durante un tiempo incierto hasta que, una vez expiados sus pecados, estaban en condiciones de recibir el perdón y acceder al paraíso celestial. El purgatorio era pues un lugar del que se salía, a diferencia del infierno: “Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate” –abandonad toda esperanza, los que aquí entréis- puso Dante a las puertas del infierno en su ‘Divina Comedia”.

El «perdón» es una gracia irreductiblemente divina, y la Iglesia no puede atribuírsela; menos aún con fines crematísticos

Con el infierno no había pues nada que hacer, pero con el purgatorio sí, al menos en lo concerniente a convertirlo en un negocio, a imitación de lo que llamaríamos hoy «libertad bajo fianza» o «rebaja de pena». El que se sabía con algunos pecadillos que le iban a reportar un tiempo de sufrimiento en el purgatorio, podía redimir pena mediante el ofrecimiento de los debidos óbolos a la Iglesia. Es decir, pagando, la Iglesia eximía de las penas del purgatorio, total o parcialmente, según el caso. No es difícil imaginar en qué acabó convirtiéndose el comercio de las indulgencias.

Para Lutero, esto era ni más ni menos que una corrupción de la doctrina divina y una perversión de la fe con un pretexto meramente lucrativo. Aun sin negar del todo, al menos en un principio, la función divina de la Iglesia –a diferencia de lo postularán otros cismáticos, como Calvino-, Lutero sí le negaba la potestad de investirse la facultad del perdón, usurpando unas funciones que en ningún momento de las Sagradas Escrituras constara que Jesucristo hubiera delegado. En otras palabras, el «perdón» es una gracia irreductiblemente divina, y la Iglesia no puede atribuírsela; menos aún con fines crematísticos. Es más, todos merecemos el infierno, y solo Dios, en su infinita misericordia, puede decidir si nos salva de nuestro destino natural: la condenación.

Lutero no solo estaba cuestionando una atribución concreta de la Iglesia, sino la propia concepción que ésta tenía de sí misma como vicaria de Dios en la Tierra

Con ello, Lutero no solo estaba cuestionando una atribución concreta de la Iglesia, sino la propia concepción que ésta tenía de sí misma como vicaria de Dios en la Tierra y mediadora entre el creador y sus creaturas. “Extra Ecclesiam nulla salus”, había sentenciado san Cipriano de Cartago en el siglo III. Fuera de la Iglesia no hay salvación. Para Lutero, en cambio, la relación entre el hombre y su creador deberá ser íntima e intransferible, y la salvación, el perdón, depende única e irreductiblemente de Dios. De ahí a cuestionar la propia existencia de la estructura y la jerarquía eclesiástica, iba un paso. Así lo entendió también la Iglesia católica, que optó por condenar a Lutero como hereje.

El cisma estaba servido.

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