El Baron de Münchhausen en las redes sociales

 

jorge_editedJ.Jorge Sánchez / jjorge@jjorgesanchez.com

Hace unas semanas Luis Goytisolo señalaba en El País («Lo reciente queda antiguo», 01/05/2015) que «tal vez nos encontremos ante un cambio de Edad similar al que se creó en el Renacimiento, en el tránsito de la Edad Media y la Edad Moderna». Esta transición sería consecuencia del impacto de Internet no sólo en los ámbitos económico o político sino, especialmente, en los hábitos sociales.

El escritor ponía como ejemplo la diferencia entre la magnitud de las transformaciones que provocan en las conductas de los sujetos las tecnologías vinculadas a las “redes sociales” y las que suscitaron, en el pasado, aquellas otras que también alteraron notablemente los modos de vida como el automóvil o el avión que, sin embargo, no conmovieron con tal fuerza la vida social en su conjunto. Podría argüirse contra su afirmación que no toma en cuenta el terremoto que supuso el teléfono, la irrupción del cual relata Proust con maestría en la segunda parte del cuarto volumen (Sodome et Gomorrhe) de La recherche du temps perdu de una forma que evoca – no muy lejanamente – las ansiedades, fascinaciones y fobias que suscitan actualmente en muchos las “nuevas tecnologías”. Mas quizás tenga razón y se esté en los albores de una nueva Edad. O puede que en los estertores de otra. O simplemente nos hallemos ante una transformación que dejará inalterados los fundamentos de las estructuras sociales y las costumbres vigentes como en su momento sucedió con la radio o la televisión: los historiadores futuros emitirán un veredicto resaltando para ello las rupturas o las continuidades pues de todo hay. En todo caso, hoy día probablemente lo que sí puede hacerse es analizar con prudencia estos cambios e intentar evitar esquematismos milenaristas apocalípticos o utópicos como los que acostumbran a guiar la práctica política y que tanto sufrimiento producen cuando aplican sus recetas fáciles y simplistas.

Guy Debord "La sociedad del espectáculo"

Guy Debord “La sociedad del espectáculo”

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Las “redes sociales”, entendidas como comunidades predominantemente virtuales (aunque no sólo) que se sustentan en un específico software propiedad de una empresa u organización privada – generalmente con ánimo de lucro -, presentan a primera vista, es cierto, singularidades irreductibles a los antiguos medios de entablar lazos públicos pero también semejanzas y la reflexión crítica no debería detenerse en una sola de sus caras. En estas líneas, y en esta ocasión, una de estas novedades podría ser examinada a la luz, u oscuridad, de algunas de las tesis del célebre trabajo del situacionista francés Guy Debord La sociedad del espectáculo, publicado en una fecha al tiempo tan lejana y próxima como 1967.

“El espectáculo no es un conjunto de imágenes sino una relación social entre las personas mediatizada por las imágenes”

Debord caracteriza la sociedad capitalista contemporánea como una “sociedad del espectáculo” en la que éste, lejos de ser un “suplemento”, una “decoración sobreañadida”, una diversión u ornamento o una creación para facilitar nuestra propia comprensión de lo que somos, es “el núcleo del irrealismo de la sociedad real”. El “espectáculo”, la representación de la vida social, ha reemplazado de hecho a esta misma hasta el punto que, actualmente, “el espectáculo no es un conjunto de imágenes sino una relación social entre las personas mediatizada por las imágenes”. Las imágenes ya no serían la expresión, la decoración armada o la construcción imaginaria que explica y da razón de una organización social, algo secundario y posterior, sino un elemento constituyente: no habría relación social que no estuviera atravesada y configurada por las representaciones contemporáneas de la existencia comunitaria e individual y no al revés.

De la aceptación de su afirmación pueden deducirse numerosas consecuencias algunas explícitamente presentes en sus textos, otras implícitas y otras que ni siquiera anticipó. De entre las pertenecientes al primer grupo podría seleccionarse aquella que afirma que en nuestra cultura se está produciendo la sustitución del tiempo vivido de las personas por su versión publicitada, una apreciación que puede entenderse en el sentido de que si un suceso no es difundido públicamente no es integrado como tal en la conciencia del individuo. O su envés: la posibilidad de la construcción de una biografía a partir de acontecimientos no vividos realmente pero sí publicitados algo que, en las redes sociales, está jugando cada vez más un papel nada desdeñable.

Una muestra de la frecuencia y multiplicación de esta capacidad de construir existencias falsas la ha protagonizado recientemente en España la actriz Anna Allen

Así, las timelines de Facebook pueden llegar a contener ingentes cantidades de sucesos citados, mencionados, referidos, apropiados, compartidos y, en esa medida, integrados en nuestro acontecer biográfico – de hecho el timeline es una biografía virtual – aunque no hayan sido directamente experimentados. Pero también incorporan otros inventados, imaginados o pura y simplemente falseados que no pueden ser discriminados sin una investigación atenta y minuciosa y cuya publicación, en algunos casos, se convierte en la referencia principal sobre la que se formulan juicios iniciales de tanta importancia como la candidatura a un puesto de trabajo, propuestas de intercambio, de venta, de compra, citas, etc. Una muestra de la frecuencia y multiplicación de esta capacidad de construir existencias falsas la ha protagonizado recientemente en España la actriz Anna Allen[1] pero las redes sociales están plagadas de producciones adulteradas y si se hiciera un inventario referido sólo a personajes de los llamados “públicos”, a celebrities, encontraríamos denuncias de estas invenciones casi diariamente[2]. Con todo, hay que reconocer que esto no constituiría una novedad cualitativa respecto al pasado. Puede que incluso sea una característica habitual de los humanos desde el Neolítico: levantar personajes mediante la fábula, la ficción, la desmesura, la reinterpretación o, lisa y llanamente, la mentira.

Hasta ahora, sin embargo, en el repertorio canónico de “lo público” las figuras con notoriedad social que habían producido biografías manifiestamente falsas eran relativamente pocas y los ejemplos expuestos a la opinión pública se enmarcaban habitualmente en el régimen de la ficción literaria: recordemos el Barón de Münchhausen de Bürger o el mismísimo Quijote. De hecho, muestra no sólo de una posible insuficiencia científica sino también de la rareza del fenómeno, la descripción de la acumulación de mentiras como patología hubo de esperar a que el psiquiatra francés Ernest Dupré, a principios del s. XX, acuñara el término “mitomanía” para referirse a esta anomalía de la conducta y enunciara sus rasgos distintivos. Con todo, esta afirmación tan genérica sobre su limitación ¿no podría ser puesta entre paréntesis? ¿Quién no incluiría en esta categoría a sujetos de relevancia histórica como Alejandro Magno, Napoleón, Hitler o Stalin por citar sólo algunos? Mas a pesar de que estos casos pudieran soportar su incorporación al tipo del mitómano ni se agotan en absoluto en él, ni está claro que éste constituya el elemento dominante de esas personalidades.

La frontera entre la mitomanía y la realidad ha estado fuertemente trazada a lo largo de la historia reciente

En cualquier caso, y admitiendo la pertinencia de una posible discusión conceptual sobre los límites del fenómeno, la frontera entre la mitomanía y la realidad ha estado fuertemente trazada a lo largo de la historia reciente no sólo desde el punto de vista filosófico – pese a las variaciones de acento en distintos períodos, escuelas y autores – sino también desde el que podría denominarse “existencial” o “vivencial”. Por ello, las personalidades edificadas sobre experiencias ficticias no dominaban el espacio público y en el privado, en cuanto sobrepasaban determinados límites, eran o tratadas como variantes de la locura, y por ello excluidas de la actividad social o recluidas en instituciones, o consideradas perturbadas y orilladas de los núcleos sociales decisorios.

En esta época, en cambio, las “redes sociales”, están quebrando la siempre frágil línea de separación entre lo público y lo privado sobre la que se asentaba la política de la fabulación socialmente admitida: en Facebook o Twitter lo privado y lo público se confunden hasta el punto de que la exhibición ostentosa y cotidiana de privacidad llega hasta la antaño íntima y restringida esfera de la desnudez o la actividad sexual. Y esta extensión del dominio de lo público ha permitido que las habituales restricciones sobre la fantasía o la simple y burda mentira abandonen sus antiguos recintos y se expandan y, con ella, las producciones de personalidades ficticias: Münchhausen ha dejado de ser una excepción curiosa, una figura meramente literaria para devenir un término capaz de caracterizar el comportamiento en las redes sociales de muchos sujetos.

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¿Estamos entonces ante un escenario apocalíptico, ante una ruptura radical, ante el triunfo de la falsedad sobre la realidad? No necesariamente ¿Qué puede suceder cuando una patología se generaliza? La respuesta más simple sería: que se convierte en una conducta normal. Ya está. Algo parecido pasó en su momento con el estrés, la histeria, la angustia o la depresión y el mundo Occidental es difícil diagnosticar si es hoy peor, moralmente hablando, que en la época previa a la Primera Guerra Mundial o a la Segunda cuando estas patologías saturaron el horizonte. Tampoco se trataría de recuperar viejas proclamas como aquella que afirmaba que el verdadero manicomio es el que está fuera, en el exterior de los muros de reclusión, y los locos son los cuerdos: ¿reina el mundo de la mentira y la verdad ha desaparecido? Cabe repetirlo: no necesariamente. Ahora bien, esta voluntad de evitar la sentimentalidad milenarista no debe conducirnos a ignorar la dimensión de esta transformación o minimizarla y darla por buena, considerarla inocua o, peor, calificarla como un “progreso” en el marco de una revolución tecnológica que, ésta y esta vez sí, nos traerá el paraíso sobre la Tierra.

“La íntima conexión de esas mentiras, que se encadenan tan naturalmente unas con otras, acaba por destruir en el lector el sentimiento de la realidad”

El problema y su posible solución, si se acepta que existe tal problema y que debe resolverse, tal vez debería pensarse “fuera” de la disyuntiva apocalipsis/utopía y de una actitud ingenua ante “lo tecnológico”: bastaría con no fiar una parte sustancial de nuestra comunicación a las “redes sociales”[3]. Si en ellas imperara la ficción y la invención lo más recomendable sería limitar nuestra exposición y moderar la intensidad de nuestros intercambios en ellas. Así reduciríamos el peligroso efecto sobre el que el escritor Théophile Gaultier alertaba en su prólogo a la edición francesa de Las Aventuras del Barón de Münchhausen en 1853: “La íntima conexión de esas mentiras, que se encadenan tan naturalmente unas con otras, acaba por destruir en el lector el sentimiento de la realidad”.

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Notas al pie:

[1]http://www.lavanguardia.com/series/personajes/20150302/54427820907/anna-allen-mentiras-oscars.html.

[2]Probablemente una de las más famosas de los últimos tiempos es la del falso productor de cine Christophe Rocancourt (http://fr.wikipedia.org/wiki/Christophe_Rocancourt).

[3]Una propuesta tan de sentido común como la instrucción que la empresa Ferrari dirigió recientemente a sus empleados: «Menos correos electrónicos y más diálogo con tus compañeros» (http://tlife.guru/profesional/por-que-estamos-abandonando-el-email/).

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