Leopoldo O’Donell

Retrato del general español, Leopoldo O'Donnell y Jorís (1809-1867) / Wikimedia

El 5 de noviembre de 1867 fallecía Leopoldo O’Donell, aristócrata, militar y político español, en cuatro ocasiones primer ministro –entre los años 1856 y 1866- durante el reinado de Isabel II, y uno de los más significados generales dentro de la tradición decimonónica de los «espadones» -militares que entraban en política y recurrían con frecuencia a los pronunciamientos- en la que figuran también Espartero, Narváez, Serrano, Prim, Pavía…

 

CV / Había nacido en 1809 en Santa Cruz de Tenerife en una aristocrática familia de tradición militar y origen irlandés. Como tantos otros colegas suyos, inició su carrera militar durante la primera guerra carlista (1833-1840), que concluyó con el grado de brigadier y mariscal de campo. Adscrito al Partido Moderado, cuyo liderazgo compartía con Narváez. Tras el derrocamiento de la reina madre María Cristina, tuvo que exiliarse a Francia con la regencia de Espartero.

Participó también en la coalición que echó a Espartero, tras la cual ocupó varios cargos importantes hasta ser llamado en 1856 por Isabel II para convertirse en primer ministro, cargo que ocupó hasta en cuatro ocasiones durante los siguientes 10 años. Descontento con la línea de Narváez al frente de los moderados, creó su propio partido, la Unión Liberal, que se reivindicaba como la síntesis entre los antagónicos partidos del liberalismo español decimonónico, los moderados y los progresistas.

Descontento con la línea de Narváez al frente de los moderados, creó su propio partido, la Unión Liberal, que se reivindicaba como la síntesis entre los antagónicos partidos del liberalismo español decimonónico, los moderados y los progresistas

Su etapa más importante como primer ministro fue sin duda entre 1858 y 1863, siete años durante los cuales, salvo un breve lapso entre 1859 y 1860, gobernó ininterrumpidamente. Consiguió captar para su proyecto de la Unión Liberal a destacados moderados, como a Cánovas del Castillo, de quien se dice que era en realidad el cerebro de la operación, y al general Prim, líder de los progresistas tras el retiro de Espartero. Según algunos historiadores, O’Donell estaba convencido de que bajo su presidencia iba a situar de nuevo a España entre las grandes potencias europeas.

Aprovechando la situación de bonanza económica, impulsó una activa política exterior. Intervino en México junto a Gran Bretaña y Francia –donde envió a Prim, que se enemistó con él-, en Indochina, donde actuó como comparsa de Francia, y declaró a Perú y Chile la inútil Guerra del Pacífico. Todos ellos episodios anecdóticos y de poca relevancia en comparación con la importancia que les daba el propio O’Donell en sus delirios de grandeza.

El episodio más importante de su mandato fue sin duda la guerra de Marruecos (1859-1860), un conflicto que duró cuatro meses y que declaró en gran medida para distraer las pulsiones levantiscas, golpistas y guerracivilistas que asolaban el país. El propio O’Donell se implicó personalmente en esta guerra, se desplazó él mismo a Marruecos para dirigir las operaciones militares, y se llevó con él a todos los generales más importantes para evitar que conspiraran en su ausencia. Con escasas excepciones, y gracias a las campañas de manipulación, consiguió un amplio apoyo popular e institucional para la guerra, que la Iglesia bendijo como una cruzada.

El episodio más importante de su mandato fue sin duda la guerra de Marruecos (1859-1860), un conflicto que duró cuatro meses y que declaró en gran medida para distraer las pulsiones levantiscas, golpistas y guerracivilistas que asolaban el país

Una muestra de este apoyo serían las levas aportadas por Diputaciones regionales, destacando el cuerpo de voluntarios catalanes –incluidos en el cuerpo de ejército al mando de Prim- en el que había desde liberales hasta carlistas y soldados de fortuna de toda laya; o el cuerpo de voluntarios vascos, todos ellos carlistas aburridos por la paz, que pensaron acaso que mientras no pudieran matar liberales, iban a matar infieles. Los voluntarios vascos, por cierto, no llegaron a entrar en combate porque cuando se incorporaron al ejército a las puertas de Tánger, ya se habían iniciado las conversaciones de paz.

Lejos del triunfalismo oficial con el que se envolvió, lo que guerra de Marruecos demostró fehacientemente fue que España estaba muy lejos de ser la gran potencia que soñaba O’Donell y que su ejército era de andar por casa, sin apenas capacidad para vencer a un enemigo muy inferior y con generales ineptos –Engels destaca solo a Prim como brillante, aunque lo califica de temerario- (Marx y Engels, ‘Revolución en España’,  XIV). Políticamente se saldó también con un fracaso. Pese a los éxitos militares, Gran Bretaña vetó cualquier ocupación española de la costa del Estrecho de Gibraltar, lo cual dio al traste con las aspiraciones expansionistas, y solo se permitió que permaneciera una guarnición en Tetuán hasta que Marruecos pagar la indemnización de guerra. La única incorporación territorial fue el enclave pesquero del Ifni, que no se ocupó hasta 1934, más de setenta años después. Por lo demás, el dicho popular expresó la situación como «guerra grande, paz chica».

Cuando la situación económica internacional empeoró, España se encontró, una vez más, arruinada. Por lo demás, no se llevaron a cabo las necesarias transformaciones. El sufragio era muy restrictivamente censitario y el fraude electoral estaba a la orden del día, como la corrupción generalizada. Las luchas sociales empezaron a arreciar y los partidos republicano –federalistas y unitarios- empezaron a coger fuerza, así como el sector más radical de los progresistas liberales. Prim retornó a los progresistas y, a su vez, el giro reaccionario y autoritario de la corte de Isabel II se hizo cada vez más acusado, con Narváez al frente. Y O’Donell se quedó solo con su Unión Liberal.

En marzo de 1863 fue destituido por Isabel II y España entró de lleno en una deriva autoritaria y represiva que situó a progresistas, republicanos y demócratas fuera de la ley. O’Donell había intentado salvar una monarquía que no deseaba ser redimida

En marzo de 1863 fue destituido por Isabel II y España entró de lleno en una deriva autoritaria y represiva que situó a progresistas, republicanos y demócratas fuera de la ley. O’Donell había intentado salvar una monarquía que no deseaba ser redimida. Aun así, fue llamado de nuevo por Isabel II para ejercer de primer ministro, en un último intento por enderezar la situación, durante el breve periodo de un año, entre junio de 1865 y 1866. Recurrió a la represión y el bloque contrario a Isabel II empezó a engrosarse incluso con generales unionistas. Destituido de nuevo, se instaló en Biarritz, desde donde intentó mantener  un cada vez más precario control sobre la Unión Liberal.

Falleció un año después, el 5 de noviembre de 1867, a causa de una intoxicación por haber ingerido ostras en mal estado en un restaurante local. A su muerte, le substituyó al frente de los unionistas el general Serrano, tras cuyo pacto con el general Prim, líder de los progresistas, el destino de Isabel II, «la de los tristes destinos» en palabras de Benito Pérez Galdós, quedó sellado sin remisión.

 

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Domingo, 6 de noviembre de 1911

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