Leyes, burocracia y primeras clases

Imagen de Peggy und Marco Lachmann-Anke en Pixabay

La moral ibérica impide todavía ver el sexo como un puente de conversación con los adolescentes en el aula. Cabe insistir que debemos tejer con firmeza una confianza y respeto mutuos. Pero las normas nacionales dejan el tema bajo cierto inmovilismo.

 

David Rabadà | Catalunya Vanguardista @DAVIDRABADA

Desde prácticamente el siglo XVI que el sistema legal español resulta altamente burocrático sea quien sea el régimen político al mando. Tras cuatrocientos años de obligar al respeto escrupuloso de las leyes, la mayoría contradictorias y llenas de obstáculos insalvables, los españoles se han acostumbrado a los papeles y a los formularios. Muestra de ello son todas nuestras leyes educativas que más que facilitar la función didáctica, la entorpecen, la confunden y hasta la empeoran. Al final debe ser el docente quien decida qué hacer en el aula a expensas de la norma.

Nuestro estado pretende que la ley contemple las infinitas situaciones de la realidad, y si ésta no encaja, se encorseta a la realidad dentro de una sacrosanta ley. Este prejuicio enraizado en nuestra historia no facilita en absoluto la gestión escolar sino todo lo contrario. Cada docente debe redactar un arduo informe sobre cada materia que imparte, un texto que a fin de cuentas sirve para llenar el expediente exigido por la burocracia gubernamental pero que en poco mejora el nivel educativo que uno espera del instituto. Podría pensarse que tal volumen de papeles justifica el trabajo de más funcionarios en el ministerio de enseñanza, unos burócratas que, o bien huyeron de la tiza, o bien jamás la vieron.

El docente debe demostrar sus habilidades en el aula y no en la burocracia

Por lo tanto un profesor no debería redactar grandes y tediosas programaciones. Un buen y experimentado docente valdrá más por las clases que imparta que no por su papeleo. En fin, que irá al grano en asuntos de educar e infundir conocimientos. Para ello utilizará estrategias prácticas, clases ordenadas y ejercicios acordes con el nivel impartido. El docente debe demostrar sus habilidades en el aula y no en la burocracia. En ello debe escoger los temas más importantes del libro, ordenarlos con lógica y pensar en clases organizadas de lo fácil a lo complejo con ejercicios actualizados, reales y acordes con los estudiantes. En resumidas cuentas, y ante la burocracia existente, valore al docente que rellena pocos papeles que justifiquen el sueldo de burócratas, pero que sí imparte buenas y ordenadas clases a sus hijos, sobre todo en sus primeras clases.

 

La primera clase

En este viaje educativo, y analizado el cosmos adolescente, ahora toca comenzar el curso para vislumbrar el fracaso escolar y su primo hermano, el fracaso político. En ello los demagogos poco conocen el primer día de clase con los alumnos. Éste suele empezar con una larga sesión con el tutor. Durante esta hora, y aunque la administración te insista que les expliques las normas del centro y el uso de su agenda, el mentor debe dejar bien claro quien es él ante sus estudiantes. Cabe simplemente entrar en el aula, presentarse y empezar una función convincente. En mi caso les argumento que un tutor versado debe saber equilibrar tres fuerzas cuyo límite resulta muy frágil e indefinido. La trilogía de rasgos son los siguientes, el respeto, lo humano y la protección. Esos tres ejes también pueden aplicarse a un buen jefe de empresa, que no a la política educativa.

El primero, el respeto, viene dado por cierta distancia inicial entre el mentor y los aprendices. Si a comienzo de curso su zagal habla con recato de su tutor, la cosa va bien. Si éste, el tutor, es demasiado enrollado le acabarán tomando el pelo, aunque si resulta demasiado estricto, dirán de él que es un autoritario y un dictador. Pues bien, para crear esa distancia y autoridad inicial con mis alumnos aprendí lo siguiente de un sabio docente en un colegio de Granollers, de Albert Solé. El discurso que aprendí fue el que sigue:

<< Quisiera empezar el curso dejando claras ciertas cosas […], yo no soy vuestro amigo […], para ello pondré un ejemplo que comprenderéis perfectamente. Supongamos que gana vuestro equipo de fútbol preferido y que por ello salís a la calle y en un acto de euforia rompéis los cristales del McDonald’s. Al contarlo a un amigo este puede elogiar tal necedad, que uai, o bien reprimirla, macho te has pasado, pero no podrá sancionarte. Probad sino conmigo y como educador tendré que dar parte a vuestros padres e incluso a las autoridades locales de tal fechoría. Por otro lado la amistad surge con el tiempo, la madurez y el compromiso. Creer que ahora podemos ser amigos incumpliría los tres preceptos que toda amistad debe albergar, estima, respeto y compartir, mucho compartir. Sólo con el tiempo se comparte lo bueno y lo malo de la vida y se sabe quien es o no amigo nuestro. Eso por tanto no quita que en un futuro podamos ser amigos, yo mismo tengo alumnos adultos con quienes comparto cenas, copas e intimidades, pero en su pasado les dije lo mismo que ahora os digo, yo no puedo ser vuestro amigo. En fin, que no me gusta que se me trate como a un colega ni que se me cojan confianzas. De todas formas, y sin ser vuestro amigo tampoco soy vuestro enemigo. En mis obligaciones como profesor están las de ayudaros, educaros y enseñaros cuanto sepa, por tanto en mis manos está un papel de orientación y auxilio. Entonces si no soy amigo ni enemigo, ¿qué soy? Pues simplemente un educador. Deseo que esto quede claro de aquí en adelante…>>

Pero después de la arenga anterior añadía todas mis manías en clase para generar más respeto y orden en el aula. La postura en la silla para no cansarse durante las clases; acercarse el pupitre para evitar espaldas forzadas y doloridas; o como me gustan los apuntes, eran parte de mis chascarrillos forjados por la experiencia y el tiempo.

Todo el discurso anterior suscitaba la sorpresa de los alumnos y cierto rechazo inicial que desaparecía durante la segunda parte del contrato del buen tutor, la humanidad

Todo el discurso anterior suscitaba la sorpresa de los alumnos y cierto rechazo inicial que desaparecía durante la segunda parte del contrato del buen tutor, la humanidad. Ésta debe llegar más tarde para preservar cierto respeto. La estratagema es la sorpresa ante el púber. Si éste se imagina al tutor como un adulto, y de repente el mentor accede a favores y atenciones personales en privado, sorprende al alumno afectado y la noticia fulgura como la pólvora entre los demás. En breve la curiosidad dará su fruto en el grupo y muchos querrán saber que hay detrás de mi terminator. Y ahí empieza su confianza en mi persona, algo que vuelve a ser fascinante en el aula. Ese lado humano les desvela mis sentimientos de ayuda y solidaridad hacia ellos, nos acerca a una mayor confianza. Ésta, la confianza, permite que te perdonen algunos pecadillos que todo profesor posee. Para saberlos pregunte a mis alumnos. La lista es larga. Y ya se sabe que no siempre quien educa es educado, pero quien es educado siempre educa. Yo y mis defectos somos educados.

Confesaré uno de mis grandes vicios es ser fumador empedernido. Una o dos cajetillas me humeaba a diario. Mis alumnos lo sabían, aunque siempre procuraba fumar lejos de su presencia. E incluso cuando los de bachillerato lo hacían delante del centro me dirigía hacia ellos. Sabía que fuera del colegio yo no poseía potestad para prohibirles su dosis de nicotina, pero les insistía que lo hicieran pasada la esquina para que no les vieran los pequeños que salían a la misma hora. Y de eso se trata a veces, que los propios estudiantes den ejemplo. Por desgracia muchos centros educativos prefieren exhibir más a sus mejores deportistas que a sus alumnos ejemplares.

Si os ven fumar – les argumentaba -, pensarán que el tabaco hace mayor y eso carece de sentido si pretendemos que no lo hagan luego. El mal ejemplo confunde y educar, educamos todos, hasta vosotros también, los mayores.

En fin, que yo y mis defectos éramos educados.

El tercer elemento para lograr el equilibrio de fuerzas el primer día de clase era la protección. Ello significa que yo debía defender al grupo ante injusticias u otras inclemencias durante el curso, hasta de otros malos educadores. Recuerdo el caso de un instituto de Santa Coloma de Gramanet en donde la profesora de inglés acusó a mi clase de tirar una bolsa por la ventana. Dirección organizó su caza de brujas mientras los alumnos negaban una y otra vez su presunta culpabilidad. Investigué los hechos y analicé la prueba. Ésta, la bolsa, mostraba gran cantidad de moho por lo que deduje que procedía del tejado en donde había permanecido mucho tiempo. La lluvia y el viento de aquella mañana habían arrojado el plástico al patio delante del aula. Aclarados los hechos, todo volvió a la normalidad pero sin la disculpa de la denunciante, la profesora de inglés, ni del acusador, el director de aquel centro. Al final, los alumnos, que de tontos no tienen ni un pelo, todavía me recuerdan la historia. Hoy en día salimos a cenar de vez en cuando pero sin el director ni la de inglés, claro está.

Este artículo forma parte de una serie titulada “Fracaso escolar o fracaso político“, a cargo de nuestro colaborador, David Rabadà.

Entrega anterior: Hablar de sexo en clase (5)

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