Locura a mil metros por minuto

Andreas Lubitz en su perfil de Facebook

La temeraria incertidumbre del ser estupendo

 

Eva Serra_1_editedEva Serra /  e.serra@catalunyavanguardista.com

El impacto emocional causado por la catástrofe del pasado martes se ha dimensionado hoy, dos días después del suceso, tras conocer las últimas noticias: la acción voluntaria de un individuo de estrellar un avión con 150 vidas humanas, con el autor de la masacre incluido. La caja negra ha relevado el dato que nadie podía sospechar pero que sin embargo existe. Andreas Lubitz, un joven a priori normal, ha protagonizado la inesperada respuesta a la incógnita que técnicos aeronáuticos, ingenieros, pilotos, políticos, controladores, psicólogos o periodistas no hacían más que buscar entre múltiples conjeturas. La sociedad, especialmente la europea, ha quedado en estado de shock.

Cuando cualquier accidente se produce debido a un fallo técnico pueden buscarse responsables pero no así cuando el error es humanamente incomprensible como a todas luces parece. Andreas Lubitz era para la gente que le conoció “Un chico majísimo, con muchos amigos. Totalmente normal”. “Era amable y educado”. “Sano y deportista”. “Brillante en sus estudios”. Alguien quien además, tuvo la ventaja de vivir de aquello que más le gustaba hacer, volar. Vecino de una pacífica localidad alemana de apenas 12.500 habitantes. Ciertamente han pasado pocas horas desde que tanto la fiscalía a cargo de la investigación como el propio presidente de la compañía aeronaútica quien, por cierto, ha sido impecable en su rueda de prensa, hayan trascendido más testimonios.

Pero si un accidente aéreo ya de por sí tiene un considerable impacto social, éste lo aumenta por tratarse de un ser para todos “estupendo”. Eso es lo más grave.

Nuestra sociedad, la que nos toca como contemporánea, produce seres casi perfectos. Guapos y altos gracias a unos genes sanos y a una buena alimentación. Fuertes y musculosos tras un adecuado deporte y unas prácticas constantes para estar en forma. Listos y triunfadores merced a unos buenos centros educativos y a grandes empresas que persiguen la excelencia. Simpáticos y sociables con una estupenda sociedad del bienestar y unas veloces y efectivas redes sociales que nos conectan con un mundo sin fronteras. Inteligencias múltiples capaces de atesorar en un solo individuo toda la cadena de conquistas que a lo largo de la historia se habían repartido de forma desigual, cuando uno podía ser listo y feo frente a otro que era guapo y tonto y mientras un cuerpo de Adonis compensaba a la débil musculatura de una poderosa mente. Ese desajuste era sostenible, mientras que ahora nadie vale la pena si no lo es todo en sí mismo.

Ignoro como cualquiera cuál fue el desencadenante para que ese Andreas Lubitz decidiera acabar con la existencia de otros 149 seres humanos y la suya propia. Nadie podrá probablemente dar con los motivos reales que recorrieron esos ochos minutos de caída donde pudo rectificar, abrir la puerta de la cabina, confesar al comandante de la nave su locura y pedirle ayuda para asegurarle que solo era un loco homicida pese a todas sus virtudes sociales. Según informa un periodista de Der Spiegel a través de su cuenta en Twitter, el paréntesis en su formación durante 2009 se habría debido a una depresión o colapso por estrés, tal y como señalan excompañeros de Lubitz.

Pensaba esta mañana tras leer la prensa en el impacto que esta noticia haya podido causar en los familiares de las víctimas. ¿Era algo evitable? ¿Pudo ser reversible? Con toda la prudencia y con todo ese margen de error que se le confiere a las estadísticas como también a las reacciones humanas, tal vez estos dramáticos sucesos nos ayuden a comprender que el ser humano es contradictorio, imperfecto, incorrecto, vulnerable, ilógico, irresponsable, temerario; a veces cruel y despiadado, otras asesino; eso forma parte de nuestra especie. Lamentablemente las víctimas no pueden ya opinar ni pretender buscar culpables pero nosotros, los vivos, tal vez podamos empezar a pensar que nuestras sociedades tan estéticamente perfeccionistas y abocadas al rigor de lo estupendo fracasan aún en sus mejores probabilidades. Quizá tengamos que comenzar a comprender que uno no puede subir ni bajar a mil metros por minuto.

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