Los «barcos negros» del comodoro Perry

Barcos del Comodoro Perry en su segunda visita a Japón en 1854. / Wikimedia

Tal día como hoy… 8 de julio de 1853 los «barcos negros» del comodoro Perry llegaban a Tokio

.

El 8 de julio de 1853, los «barcos negros» del comodoro Perry, una modesta flotilla de buques de guerra a vapor de la escuadra estadounidense, se plantaban en la bahía de Edo –actual bahía de Tokio- y «convencían» al Imperio japonés de la conveniencia de abrir sus puertos al comercio extranjero y, entre otras cosas, a acoger debidamente a los eventuales náufragos americanos y devolverlos sanos y salvos. Acababa con ello un aislamiento voluntario que había durado 250 años y empezaba en Japón la era Meiji.

.

Con sus cuatro vapores M. C. Perry se plantó en la Bahía de Tokio exigiendo la apertura de puertos japoneses al comercio americano y el derecho de sus buques a hacer escala

CV / Desde el final de las guerras civiles del siglo XVII y la instauración del shogunato Tokugawa, Japón vivía en un aislamiento prácticamente absoluto y contra el tiempo. Solo se comerciaba, y lo justo, con China, Corea y Holanda –esta última en el puerto de Nagasaki-. Por lo demás era un país cerrado bajo una férrea dictadura militar –el Shogun, algo así como un primer ministro plenipotenciario- con el Mikado –el emperador- relegado a mera autoridad religiosa y sin poder efectivo alguno. A diferencia de los aztecas o los incas, los japoneses entendieron desde un primer momento que detrás de los misioneros españoles, portugueses y franceses, o de los pastores anglicanos, venían las espadas y los cañones de los conquistadores, y se propusieron conjurar este peligro encerrándose en sí mismos. Solo mantuvieron un restringido comercio con los holandeses, en quienes al parecer no vieron peligro serio.

Un serio contratiempo a este esplendido aislamiento fue la noticia del resultado de las guerras del opio entre Gran Bretaña y el referente oriental por excelencia, China, que inquietó sobremanera al régimen de los samuráis.  Pero los tiempos estaban cambiando, las rutas comerciales hacia oriente convertían al archipiélago nipón en una escala perfecta y las reticencias japonesas empezaron a suscitar la abierta contrariedad de las potencias occidentales en plena época de expansión colonial. Tampoco ayudó la arraigada costumbre de asesinar a los náufragos –principalmente de balleneros americanos que faenaban relativamente cerca-. Por su cuenta y riesgo, pero con la aquiescencia de Gran Bretaña y Francia, una potencia todavía de segundo orden en aquellos tiempos, los EEUU, decidió tomar cartas del asunto.

Commodore Matthew Calbraith Perry, USN / Wikimedia

Y esa fue la misión que se le encomendó al comodoro Matthew Calbraight Perry (1794-1758). Con sus cuatro vapores se plantó en la Bahía de Tokio exigiendo la apertura de puertos japoneses al comercio americano y el derecho de sus buques a hacer escala. La elección de Tokio no fue casual. Allí residía el shogunato, mientras que el emperador radicaba en Kioto. La visión de aquellos barcos entibió el ardor guerrero de los samuráis hasta el punto de convencerles de la sensatez de no contrariar sus deseos y ceder a sus pretensiones.

Un año después, Japón suscribía el tratado de Kanagawa, por el cual cuatro puertos japoneses se abrían el comercio con los EEUU, se garantizaba la asistencia a los náufragos y se establecía un consulado americano permanente. Algo inédito hasta entonces el en Imperio del Sol Naciente. Poco después imitaban a los americanos los británicos, los franceses y los rusos.

A largo de los veinte años siguientes, no sin convulsiones, intervenciones extranjeras y guerras civiles entre modernizadores –a favor del emperador- y aislacionistas – a favor del shogunato y los samuráis- Japón inició su modernización y su conversión en gran potencia bajo el reinado del emperador Meiji, entre 1868 y 1912, 42 años a lo largo de los cuales Japón pasó de ser un país medieval a una superpotencia mundial.

Lo de «barcos negros» se debía al humo de los barcos de vapor, que los japoneses desconocían. La película ‘El último samurai’ (Edward Zwick, 2003) describe el proceso que se abrió en Japón después de esta forzada apertura al exterior, aunque con una fidelidad histórica algo licenciosa.

.

Dejar comentario

Deja tu comentario
Pon tu nombre aquí