Los cuentos mentirosos

Imagen: Pixabay

Los cuentos infantiles tradicionales, reflejaban un mundo de adultos moldeado por éstos de manera que les resultara comprensible a los destinatarios de la narración, tanto en su condición de niños como en la de adultos que tenían que llegar a ser.

 

Xavier Massó | Catalunya Vanguardista

Por supuesto que en la narración se transmitían los valores propios de un determinado modelo social, pero también una serie de advertencias o admoniciones que, con su correspondiente moraleja, podríamos considerar independientes de la ideología en que se inscribía el relato, y que serían en cierto modo atemporales, clásicos.

Y es que en todos estos cuentos infantiles hay siempre, desde la representación de un mundo más o menos tergiversado, una moraleja cuya finalidad es coadyuvar a la propia seguridad y supervivencia de una condición débil como la de la infancia, y susceptible por ello de exposición a ciertos peligros que entraña esta situación de indefensión. Desde los nada metafóricos riesgos de adentrarse en un bosque al atardecer, hasta la prudente reserva que es recomendable mantener frente a desconocidos exageradamente solícitos y lisonjeros. Desgraciadamente, no faltan en nuestros días casos análogos a los descritos en cuentos como ‘Hansel y Gretel’, ‘La Caperucita Roja’, ‘Pinocho’ o tantos otros, o bajo formas más tecnológicamente sofisticadas, como la utilización de las redes sociales, que obviamente dichos relatos tradicionales no podían prever.

El mundo puede ser un lugar muy peligroso, especialmente para el que no esté advertido

Se ha objetado que estas narraciones inducen a los niños a la desconfianza, y que las terribles penalidades que sufren la mayoría de transgresores cuya curiosidad o ingenuidad les llevan a actuar más allá de los límites de la prudencia, tienen una finalidad claramente aleccionadora y coercitiva, fundamentada en el miedo ante la perspectiva del castigo –social o «natural»-. También se ha dicho que pueden producir efectos traumáticos en los niños. Y puede que sea cierto. Se transmite ciertamente una imagen del mundo como un lugar peligroso en el cual los niños son sus víctimas propiciatorias. En resumen, que no todo el mundo es bueno y el mal acecha. Pero es que, se mire como se mire, no todo el mundo es bueno. Y sí, ciertamente, el mundo puede ser un lugar muy peligroso, especialmente para el que no esté advertido de ello.

Desde la Psicología y la Pedagogía más genuinamente «buenistas» y hoy hegemónicas, se ha advertido ad nauseam e los perniciosos efectos que estos cuentos tradicionales tienen para el equilibrio psíquico de los niños. Y en sintonía con la ideología que estas mismas corrientes han imprimido en los sistemas educativos del mundo occidental, dichas narraciones han quedado prácticamente proscritas. Se han substituido por otras de nuevo cuño, afectadas de una corrección política rayana en la mojigatería o, también, por adaptaciones edulcoradas de estos mismos cuentos tradicionales. Y esto es ni más ni menos que una aberración, porque eliminando la moraleja, dejamos a los destinatarios en situación de indefensión.

Circulan actualmente versiones del cuento de ‘Caperucita’ cuya abuela no es devorada por el lobo / Pixabay

Como es sabido, circulan actualmente versiones del cuento de ‘Caperucita’ cuya abuela no es devorada por el lobo, reconvertido en un bonachón cánido vegetariano, para que los niños no se traumaticen ante tan cruel tragedia. Podemos imaginar también entonces que Hansel y Gretel, en lugar de topar con una malvada bruja que los ceba para comérselos cuando estén rollizos, dan con una bondadosa anciana que les los acoge en su humilde cabaña… O con Pinocho permaneciendo por siempre más en una «Isla de los juegos» sospechosamente parecida a muchas modernas, modernísimas, escuelas actuales; con su amigo «Polilla» convirtiéndose en asno solo metafóricamente y sin que ello sea en absoluto un hecho siquiera digno de mención…

Al alterar un relato se suprime el mensaje que transmitía

Al alterar un relato se suprime el mensaje que transmitía. Y el problema es que, más allá de los eventuales traumas que pueda producir el descubrimiento de  ciertas realidades –al fin y al cabo, la infancia es una etapa de descubrimientos y también luego resulta que los Reyes Magos son los padres-, el caso es que aproximarse a determinada gente sigue siendo peligroso para un menor, de la misma manera que no parece recomendable que un niño se adentre solo en un bosque repleto de lobos, o de pedófilos ofreciendo caramelos hipertextuales. Como tampoco lo es, nos atreveríamos a aventurar, que un niño se pase toda su infancia exclusivamente dedicado a actividades lúdicas. Entre otras razones porque cuando crezca, algo tendrá que hacer en la vida, y si no puede vivir de rentas, lo tendrá muy mal. Y con ello estamos transmitiendo una imagen de la sociedad que no se corresponde con la real. Y esto es, sin más, un fraude. Si se oculta la realidad y no se advierte de los peligros que en ella acechan, no debería extrañarnos que luego caigan en las celadas que ésta les tiende, ya sean, niños, adolescentes o adultos.

Un caso actual serían las redes de pornografía infantil o las artimañas de los pedófilos para captar víctimas en las redes sociales. Pero es que si, por un lado, se advierte a los niños de este peligro concreto, pero por el otro se les ha transmitido un relato «buenista» e idílico, la contradicción es evidente. Y para un niño más. Simplemente, no le estamos dotando de instrumentos para defenderse y tomar las precauciones necesarias. ¿Pero cómo es posible incurrir en semejantes contradicciones?

Por supuesto que el problema no consiste solo en la proscripción de los cuentos infantiles tradicionales o su adulteración suprimiendo la moraleja que contenían. Esto es solo el trasunto de algo mucho más complejo y que afecta al modelo educativo en su totalidad a partir de un error de base. Y hablamos solo de la infancia, pero deberíamos hacerlo también de la adolescencia.

Si, por un lado, se advierte a los niños de este peligro concreto, pero por el otro se les ha transmitido un relato «buenista» e idílico, la contradicción es evidente / Pixabay

Aunque la infancia sea una etapa biológica, su concepto, culturalmente hablando, es una construcción social europea del siglo XIX; de la misma manera que la adolescencia lo sería norteamericana y del siglo XX. Y el problema que ejemplificábamos en la proscripción de los cuentos tradicionales, respondería al desplazamiento de la significación social de estas nociones, por muy diversas razones que aquí solo podremos apuntar.

Aun siendo construcciones sociales o culturales, tanto la infancia como la adolescencia se correspondían con nociones ligadas a su originaria dependencia biológica, entendidas como etapas de un proceso natural en el cual adquieren sentido y significación no tanto por sí mismas, sino como fases previas y de preparación para a la etapa adulta, que sería la de plenitud, tanto biológica como socialmente. Luego vendría la vejez y, claro, la muerte como final del proceso. En definitiva, una perspectiva diacrónica de la vida.

No es casualidad que los libros de texto de la ESO contengan cada vez menos páginas

De lo que se trataría entonces, lógicamente, sería de instruir socialmente al individuo para las futuras funciones y desempeños propios de la etapa adulta, paralelamente a su crecimiento biológico y a su maduración psíquica. Pues bien, este modelo diacrónico se ha ido substituyendo progresivamente por una aproximación sincrónica, desde la cual cada una de las etapas que constituyen el proceso de la vida adquieren sentido por sí mismas a partir de centrar nuestra atención en su propia lógica, pasando de ser consideradas fases de un proceso a «estados» por sí mismos.

Esto, que se corresponde con el paradigma hegemónico en Psicología y Pedagogía, no tendría porqué ser negativo de entrada, siempre y cuando no perdamos de vista la perspectiva procesual, diacrónica. Al fin y al cabo, el cambio en la forma de entender la infancia, o la adolescencia, más allá de sus servidumbres biológicas, responde fundamentalmente a los profundos cambios experimentados por las llamadas sociedades del bienestar, tanto por las nuevas exigencias que plantean, como por las posibilidades que ofrecen: Ya sea el alargamiento de las etapas de aprendizaje y la consiguiente situación de dependencia que comporta, demorando el acceso a la etapa adulta -socialmente entendida, que no biológicamente-, hasta el disfrute y la adopción de formas de vida propias de cada uno de estos «estados», inéditas hace solo un siglo, ciertamente mucho más ventajosas y atractivas.

El problema radica en el «olvido» de la perspectiva diacrónica. Porque entonces  la infancia o a la adolescencia solo se abordan desde sus respectivas lógicas internas, en función solo de ellas mismas y omitiendo su inexorable condición de fases de un proceso. Un «olvido» que, aplicado al sistema educativo, ha sido de consecuencias devastadoras. No es casualidad que los libros de texto de la ESO contengan cada vez menos páginas, menos letras y más ilustraciones. Proseguiremos sobre ello próximamente en continuidad con ese artículo.

 

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