Los ecos del destierro

Larra lo escribió en 1835: "Por poco liberal que uno sea, o está uno en la emigración, o de vuelta de ella, o disponiéndose para otra; el liberal es el símbolo del movimiento perpetuo" / Wikimedia

España tiene fama de país cainita y posee un agitado siglo XIX, salpicado de guerras civiles, dinastías, pronunciamientos, revoluciones y gobiernos que duraban meses si no semanas, de ahí que el exilio sea uno de los temas de su literatura y una antología de escritores desterrados esté bien nutrida.

 

Portada del libro

Alfredo Valenzuela / EFE

“La voz del desterrado” es la antología literaria que, referida a la primera mitad de ese siglo, han preparado el profesor de la Universidad de Cádiz David Loyola y la profesora de la Universidad de Córdoba Eva María Flores, quienes en el prefacio a esta recopilación publicada por Guillermo Escolar Editor afirman que “la historia de España en el siglo XIX parece literatura”.

Ambos profesores consideran que si esa literatura fuese teatro la función habría de contar “con actores que a cada giro del argumento salían y entraban a escena con papeles en ocasiones apenas aprendidos, con atrezos inadecuados o improvisados; con intelectuales y certezas tan irreconciliables que reclamaban a gritos la tragedia”.

Larra, Espronceda, Blanco White, Moratín, Alberto Lista, Martínez de la Rosa, el Duque de Rivas, Manuel Silvela y Antonio Alcalá Galiano forman parte de la treintena de autores seleccionados por unos textos que reflejan la preocupación por el devenir de la patria y el sentimiento de pérdida por su lejanía.

Los exilios de este periodo histórico se produjeron en oleadas, tan seguidas que la salida de unos coincidía con el regreso de otros

Los exilios de este periodo histórico se produjeron en oleadas, tan seguidas que la salida de unos coincidía con el regreso de otros, como sucedió con los exiliados por la Guerra de la Independencia, a los que sucedieron los afrancesados, y posteriormente las entradas y salidas de absolutistas y liberales, y de carlistas y liberales.

Larra lo escribió en 1835: “Por poco liberal que uno sea, o está uno en la emigración, o de vuelta de ella, o disponiéndose para otra; el liberal es el símbolo del movimiento perpetuo”.

David Loyola ha explicado a Efe que han tenido que seleccionar los autores porque fueron muchos los exiliados que se dedicaron a la literatura y al periodismo, en lo que ha denominado como una “tradición literaria” por “la abundancia de textos, impresiones y motivos literarios interesantes”.

Una literatura que ha sido “poco conocida”, según Loyola, quien lo ha atribuido a “la lejanía del siglo XIX” y “al peso del exilio republicano” de la Guerra Civil, aunque, no obstante, ha señalado que “fue precisamente a partir del exilio republicano cuando algunos autores echaron la vista atrás” en busca de estos escritores que habían vivido lo mismo que ellos.

En efecto fueron muchos, como destacó en 1826 un espía del gobierno español en Londres cuando informó: “La manía de escribir se ha apoderado de muchos refugiados españoles”

En efecto fueron muchos, como destacó en 1826 un espía del gobierno español en Londres cuando informó: “La manía de escribir se ha apoderado de muchos refugiados españoles”.

Los antólogos señalan que en ese periodo del exilio liberal “el centro intelectual de España se había desplazado siguiendo los pasos de los emigrados y dejando al país sumido en un absoluto páramo cultural”.

Algo que ya había sucedido en la restauración absolutista de 1814, cuando, según Vicente Llorens, “se produjo en la España literaria un vacío total” y “las pocas obras de valor que llegaron a publicarse por entonces vieron la luz en países extranjeros”.

Destaca una anécdota que califican de “inconcebible”, la del torero Muselina, que no sabía leer ni escribir pero que fue fichado por el gobierno inglés en el listado de “literatos”

Los exiliados, o “emigrados” como se les denominaba entonces, se dieron con tal vigor a la literatura que los antólogos han localizado una anécdota que califican de “inconcebible”, la del torero Muselina, que no sabía leer ni escribir pero que fue fichado por el gobierno inglés en el listado de “literatos”.

En el exilio era fácil que se embrollaran los papeles, según las memorias de Alcalá Galiano, que cuenta que en algún oscuro lugar de Londres, para sobrevivir, el subteniente José Izquierdo manufactura preservativos; el capitán Regal “borda primorosamente con mostacilla”, y el coronel Nicolás de Santiago, “el agresivo radical de antaño, duelista permanente, se ocupa en construir collares y adornos de oro, coral y pasta, para señoras, con el mayor primor, gusto y delicadeza”.

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