Los móviles en las aulas

 

La titular de Educación, Isabel Celaá, ha anunciado que su ministerio está considerando la posibilidad de prohibir los teléfonos móviles en las aulas, o sea, en las escuelas e institutos. 

 

Xavier Massó | Catalunya Vanguardista

La réplica del Conseller d’Ensenyament catalán, Josep Bargalló, pronunciándose en contra de tal medida, no se ha hecho esperar; como no podía ser de otra manera. No sin antes desautorizar a la ministra, proclamándose la única autoridad competente en Cataluña sobre la materia.

Pero es que, además, el inefable Bargalló dice tener también sus razones. Por un lado aduce que a él no le gusta prohibir, y que el Consell Escolar de Catalunya ya dictaminó en su momento que el uso del móvil es positivo si se utiliza para fines educativos. Por el otro, afirma sin pestañear que tal prohibición significaría darles la espalda a las nuevas tecnologías, lo cual, hemos de suponer, sería algo así como oponerse cerrilmente al progreso.

Unas declaraciones, las del conseller, que son de una insubstancialidad estremecedora

Unas declaraciones, las del conseller, que son de una insubstancialidad estremecedora. En primer lugar, porque eso de «prohibido prohibir» suena a sesentayochismo trasnochado y a pretexto torticero. Hay otras proscripciones en los centros educativos, como por ejemplo el tabaco o las bebidas alcohólicas, sin que, con buen criterio por su parte en este caso, el hecho de que sean prohibiciones impela al Sr. Bargalló a levantarlas. De modo que acogerse ahora a supuestos escrúpulos antiprohibicionistas en el caso de los móviles resulta, sin más, una majadería; por cierto, nada creíble.

Y en segundo lugar, porque es evidente, aunque tal vez el conseller no haya captado el «matiz», que la ministra no se estaba refiriendo en modo alguno a prohibir los móviles en aquellos aspectos cuyo uso con fines educativos pueda eventualmente resultar positivo -sin que entremos ahora a valorar si los hay o no-, sino a otros «usos» mucho más extendidos, que acaso no sean del conocimiento del conseller, verbigracia: dedicarse a mandar mensajes de whatsapp, a colgar fotos en instagram o a ver vídeos con el móvil durante las horas clase… por no hablar de conversaciones telefónicas a viva voz.

Hay otras proscripciones en los centros educativos, como por ejemplo el tabaco o las bebidas alcohólicas

Y es que, aun al precio de incurrir en una hermenéutica acaso excesivamente temeraria, ni parece que el uso de whatsapp en el aula por parte del alumnado sea para consultar a otro compañero sobre algún aspecto poco claro de la explicación del profesor sobre la ley de Boyle-Mariotte –eso en todo caso podría ocurrir durante la realización de un examen, pero como los van a suprimir un día de estos, ya qué más da…-, ni tampoco nada hace pensar que la ministra se estuviera refiriendo a sus aplicaciones educativas cuando planteaba la posibilidad de prohibirlos, sino, simplemente, a restringir su uso a ciertos ámbitos. Como están haciendo en otros países; Francia, sin ir más lejos…

Y es que lo de no prohibir el móvil en las aulas amparándose en sus eventuales efectos positivos bajo determinadas circunstancias suena muy frivolón. Porque también el uso de los antibióticos bajo ciertos supuestos tiene efectos beneficiosos, sin que su consumo deje de estar por ello sujeto a prescripción médica. Y se supone también, aunque acaso sea mucho suponer y desconozcamos el criterio del Sr. Bargalló sobre este particular, que el objeto de la estancia de un alumno en un aula es aprender lo que allí se está enseñando, matemáticas, química, lengua… o lo que sea. Es decir, actividades cuya requerida atención acaso no sea del todo compatible con la utilización simultánea del móvil para conversar virtualmente sobre cualquier otro tema, por más interés que pueda tener para los intervinientes, o estar viendo una película, que para esto ya están los cines. Tema por cierto, muy a propósito, porque por la misma regla de tres aducida por el conseller, entonces también le estarían dando la espalda a las nuevas tecnologías las salas de cine, el código de circulación o la aviación civil; instancias, todas ellas, con serias restricciones al uso de los terminales móviles, por citar solo algunos conocidos ejemplos.

¿Y por qué se prohíbe el uso del móvil en una sala de cine durante la proyección de una película, al conductor de un vehículo o al pasajero de un avión durante el despegue y el aterrizaje? Pues, simplemente, por ser incompatible su uso con los requisitos de la actividad que, en cada caso, se está realizando ¿Y es compatible estar manteniendo una conversación en whatsapp con una clase de matemáticas? Pues, la verdad, diríase que más bien no.

¿Y por qué se prohíbe el uso del móvil en una sala de cine durante la proyección de una película, al conductor de un vehículo o al pasajero de un avión?

Y si las razones de la ministra son las que aquí hemos expuesto, pues entonces, al menos en esto, está actuando buen tino; y Bargalló incurriendo en un desatino. Y hasta aunque no lo fueran, porque igualmente tendrían como consecuencia la evitación de estas incompatibilidades, amén de otras.

Porque hay también consideraciones de otro orden, de igual o más calado, sobre las reservas que habría que tener con respecto al uso desaforado de las nuevas tecnologías en general -y del móvil en particular-, y sus eventuales efectos perversos en los niños y adolescentes. Hay abundante literatura científica sobre el tema. Sirva como ejemplo el tratado ‘Demencia digital: el peligro de las nuevas tecnologías’ (2013), escrito por el psiquiatra, psicólogo, filósofo y neurocientífico alemán Manfred Spitzer.

Ignoramos si éste u otros ensayos en la misma línea son del conocimiento de los asesores del Sr. Bargalló. Aun así, y sin entrar en mayores profundidades, los argumentos que aduce en favor del mantenimiento del móvil en las aulas catalanas son más bien ramplones y faltos de enjundia. Aunque a lo peor la cosa va de otro palo, y resulte que por ser la ministra quien lo proponga, sea ello razón suficiente para que el conseller se oponga.

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