Los orígenes de la Historia oral

José Antonio Pérez Pérez. Doctor investigador del Instituto de Historia Social Valentín de Foronda / Foto: Mikel Mtz. de Trespuentes. UPV/EHU.

Homero, el gran poeta clásico a quien se atribuye ser autor de ‘La Ilíada’ y ‘La Odisea’, comenzaba sus poemas invocando a la ‘Musa divina’ como inspiradora de sus obras. A diferencia de él, Heródoto de Halicarnaso ponía su nombre en la primera línea de sus relatos. Esta firma personal servía como garantía que aseguraba la veracidad de los hechos que contaba. En sus textos encontramos también la palabra que terminaría denominando a este nuevo género de escritura: historia.

 

José Antonio Pérez Pérez – UPV/EHU

Los relatos de Heródoto fueron el resultado de sus propias investigaciones personales. En seguida advirtió en ellos que no pretendía contar los mitos de los dioses y héroes antiguos, sino los hechos de los hombres y evitar que “el motivo por el que lucharon unos contra otros, quede sin gloria”. Es decir, aunque su objetivo era rendir homenaje a quienes combatieron en las Guerras Médicas que enfrentaron a los griegos con el todopoderoso imperio persa, trataba de comprender, y lo que es más importante, de explicar las razones de aquel conflicto.

Una de las novedades más notables que introdujo Heródoto en sus obras fue la incorporación del testimonio de los protagonistas

Una de las novedades más notables que introdujo Heródoto en sus obras fue la incorporación del testimonio de los protagonistas, las vivencias personales de quienes participaron o fueron testigos de los hechos que pretendía contar, algo que después también haría Tucídides al narrar las Guerras del Peloponeso. Por ello, el gran cronista griego no solo es considerado el primer historiador, sino también el impulsor de la Historia oral, es decir, la metodología que tiene en cuenta los testimonios de los hombres y las mujeres que vivieron en una determinada época para poder comprenderla.

Las fuentes orales fueron utilizadas más tarde en la elaboración de las crónicas medievales. Incluso ilustrados como Voltaire recurrieron a los testimonios personales para escribir alguna de sus obras como ‘El siglo de Luis XVI’, al igual que hizo Michelet tras escuchar atentamente a su padre y a otros coetáneos con el objetivo de entender mejor el espíritu que alentó los orígenes de la Revolución Francesa. Sin embargo, el uso de estas fuentes fue decayendo a largo del siglo XIX. El afán por contar una historia rigurosa hizo que los profesionales de esta disciplina renunciasen a la utilización de los testimonios orales en favor de la documentación escrita, al considerar que los primeros eran fuentes subjetivas y, por lo tanto, poco fiables.

Esta opinión empezó a cambiar a mediados del siglo pasado, cuando un grupo de historiadores en Francia, Inglaterra y Estados Unidos comenzaron a desprenderse de las viejas obsesiones del positivismo, centradas en reproducir los hechos tal y como sucedieron, contando la historia a partir de “los grandes hombres” que la protagonizaron. Frente ello, se fueron abriendo paso nuevas escuelas y corrientes, mucho más interesadas en estudiar e incorporar al relato de lo ocurrido todo cuanto el hombre dice, escribe, piensa e imagina. Fue precisamente a partir de ese contexto cuando surgieron las primeras investigaciones sistematizadas que fueron analizando los testimonios orales como fuentes documentales. Pero estas iniciativas no partieron en principio del campo de la historia.

En el año 1948, el periodista Allan Nevins fundó en la Universidad de Columbia el primer centro de Historia oral, una especie de banco de la memoria

En el año 1948, el periodista Allan Nevins fundó en la Universidad de Columbia el primer centro de Historia oral, una especie de banco de la memoria, con el fin de recuperar los testimonios de pequeñas comunidades y grupos sociales, proyecto que fue secundado en 1954 por la Universidad de Berkeley, creando un archivo de fuentes orales para ser utilizado en el futuro por estudiantes e investigadores. Con ello, la Historia oral daba sus primeros pasos dentro del mundo académico.

Fue el historiador Paul Tompson quien dio el impulso definitivo a esta disciplina a través de su obra ‘La voz del pasado’, donde defendió que “la Historia oral devuelve la historia a la gente con sus propias palabras. Y, al ofrecer un pasado, también les ayuda a encontrar un futuro de elaboración propia… Le da vida a la propia historia ampliando así su enfoque. Habla de personajes no sólo extraídos de entre los líderes, sino también de entre la mayoría desconocida de la gente”. Esta concepción, que abogaba directamente por “dar voz a los sin voz”, conectó rápidamente con un importante sector de profesores e investigadores, y, sobre todo, de historiadoras, especialmente sensibles con la escasa atención que hasta esos momentos había prestado la historia a determinados grupos sociales, entre ellos el formado por las propias mujeres. En este sentido, la utilización de las fuentes orales en los estudios de carácter histórico y antropológico ha sido determinante para abrir nuevas perspectivas de análisis y ensanchar nuestro conocimiento.

Los testimonios orales deben ser sometidos al mismo análisis crítico y riguroso que el resto de fuentes primarias

Sin embargo, la Historia oral no es ninguna panacea. La subjetividad, tan reivindicada en los últimos tiempos, ha contribuido a profundizar en determinados aspectos y facetas para comprender el comportamiento de los seres humanos y de las comunidades y grupos sociales que conforman, pero esta debe ser analizada desde una perspectiva que considere seriamente el propio contexto en que se “construyen”, se difunden los testimonios y, sobre todo, que tenga en cuenta la reelaboración que hacen los protagonistas de sus propias vidas en cada época. Además, no conviene olvidar que los testimonios son memoria. Al historiador corresponde tratarlos, diseccionarlos y contextualizarlos correctamente hasta convertirlos en historia. Obviar esa circunstancia sería tanto como ignorar las limitaciones que también presenta esa metodología y quedarse únicamente con todo lo bueno que nos aporta, con el encanto del relato idealizado que de sí mismas hacen las personas que entrevistamos para investigar el pasado. Por ello, los testimonios orales deben ser sometidos al mismo análisis crítico y riguroso que el resto de fuentes primarias, tal y como hacemos con una carta, un registro bautismal, un padrón o un decreto. Solo de este modo la Historia oral conseguirá desprenderse de ciertas etiquetas y contribuir de un modo eficaz al conocimiento de nuestro pasado más reciente.

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