Los profesores “a examen”

En principio, evaluar la capacidad o la competencia profesional de cualquier individuo, o colectivo, suele estar con buen criterio a cargo de colegas de profesión, acaso de rango superior

¿Bajo qué criterios se evaluará a los profesores? ¿Y quién?

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Dos cuestiones a destacar de las declaraciones de la Consellera d’Ensenyament, Meritxell Ruiz, el pasado día 9 en La Vanguardia. La primera, que «a los profesores hay que evaluarles, estoy preparando un decreto»; la segunda, que «ya no hay que transmitir conceptos y conocimientos, los alumnos deben aprender a construir conocimiento para aprender a resolver problemas de situaciones concretas». De lo segundo se desprende la idea de educación que tiene la Consellera; de lo primero surge la duda sobre qué es lo que se evaluará en los profesores, ya que no será si transmiten conceptos y conocimientos. ¿Qué entonces?

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Xavier Massó / x.masso@catalunyavanguardista.com

Xavier Massó_editedVaya por delante la espléndida réplica que le da hoy Xavier Antich en el rotativo Ara.cat, así como Gregorio Luri en su Café de Ocata. Poco más se puede decir que no sea abundar en lo argumentado en ambos enlaces. Eso sí, puede uno preguntarse si la Sra. Meritxell Ruiz, universitaria licenciada en Economía, considera que todo lo que sabe sobre esta materia se lo ha construido ella sola, y si los conceptos que sin duda maneja son de elaboración propia. De ser así, empezaría uno a explicarse ciertas cosas. Y si no… mejor lo dejamos.

 El profesorado está no evaluado, ¿Quién lo evaluará? El evaluador que lo evalúe, Buen evaluador será

Lo que sí parece detectarse es una cierta confusión «conceptual» entre las nociones de teoría y de práctica; por lo de los «problemas de situaciones concretas», que sobrentiendo opone a supuestos «problemas de situaciones abstractas», tan complejos ellos. Pues bien, y sin que sirva de precedente, la condición de economista de la Sra. Ruiz me impele a recomendarle un manual de economía de primero de carrera, en su tiempo muy al uso, aunque ignoro si llegó a manejarlo durante su paso por la facultad.

Un manual que, ya en el prólogo, advierte al lector contra la consabida falacia de replicarle a alguien con la frase: «Esto que usted dice, está muy bien en teoría, pero en la práctica no es así». Y es una falacia porque, nos dice el autor, una teoría es una explicación de la realidad, que si no se adecúa a ella –que diríamos aristotélicamente-, entonces es una mala teoría. Pero cuando usted, interlocutor, me explique cómo es en la «práctica» la realidad, lo que estará haciendo es exponerme otra teoría. De modo que la afirmación de la Consellera es también teoría –buena o mala; yo pienso que muy mala- sobre lo que es o ha de ser el sistema educativo y la función del profesor. Y si cito un tratado de economía, es porque es materia en la cual se la supone versada.

Pero remitámonos a otro ámbito más «práctico» que me preocupa muy especialmente, sobre todo dada mi «concreta» condición de profesor, y el no menos «concreto» problema que sus declaraciones me sugieren, que no sé cómo resolver. Me refiero, como ya anunciaba en el primer párrafo, a la puesta en relación de las dos afirmaciones y su inevitable resultante. ¿Bajo qué criterios, con tal concepto de educación como el explicitado por ella misma, se evaluará a los profesores? ¿Y quién? Porque como ya se sabe, en alusión al transmutando trabalenguas, aunque hoy sin duda deben estar prohibidos los trabalenguas para evitar que nadie pase por la traumática experiencia de tener que aprender a declamar –además, no sirve para nada en el whatsapp-, aun así, seguro que en materia tan delicada como la evaluación de los profesores, el evaluador que los evalúe, buen evaluador será. Sí, de acuerdo, pero quién. Y qué evaluará.

Cabría suponer que la evaluación de los profesores debería recaer sobre otros profesores de su misma especialidad

En principio, evaluar la capacidad o la competencia profesional de cualquier individuo, o colectivo, suele estar con buen criterio a cargo de colegas de profesión, acaso de rango superior. También un profano tiene, cómo no, su derecho a evaluar a quien se le antoje. Uno puede pensar que cierto médico es un melón y huir de él como de una canción de Bertín Osborne. Y puede que no se equivoque. Pero siempre se tratará de impresiones subjetivas que sólo se pueden contrastar desde los resultados, estos sí, objetivos. Y siempre hará falta contrastar con otro(s) experto(s) en la materia. Cierto que si voy al médico porque me duele la garganta y el galeno me diagnostica una hernia discal, de entrada desconfiaré –muy especialmente si no me duele para nada la espalda-. Pero entonces, lo que haré con toda probabilidad no será quedarme con mi dolor de garganta, ni destrozarme la espalda para darle la razón, sino que acudiré a otro médico. Y contrastaré.

Así que, en principio, cabría suponer que la evaluación de los profesores debería recaer sobre otros profesores de su misma especialidad. No veo cómo iba a evaluar un profesor de Lengua a uno de Matemáticas, ni a la inversa. Está, ciertamente, la posibilidad de contrastar lo que los alumnos hayan aprendido, pero esto no sólo requiere igualmente de alguien que esté en condiciones competenciales de contrastarlo, sino también de que dicha contrastación se lleve a cabo con la debida objetividad. Y claro, como los exámenes, externos o internos, están pasados de moda…

¿Pero cómo se evalúa esto de la felicidad? ¿Con una encuesta entre los alumnos?

Además, hay otro problema. Todavía los profesores son, gran parte de ellos, individuos pertenecientes a un atrabiliario colectivo cuya tarea fundamental, piensan ellos, consiste precisamente en transmitir conceptos y conocimientos; incluso los hay tan recalcitrantes que se empeñan contumazmente en ello contra viento y marea. Y resulta que ahora ya no se trata de esto. Y es verdad que si lo que se ha de evaluar no es si transmiten conceptos y conocimientos, sino, por ejemplo, el grado de felicidad de los alumnos del profesor X, puede entonces que un matemático, por ejemplo, no sea el más indicado para evaluar a un profesor de matemáticas. ¿Pero cómo se evalúa esto de la felicidad? ¿Con una encuesta entre los alumnos? ¿Entrevistas personales a cargo de expertos en beatología? ¿Qué es entonces lo que se evalúa?
Así que, ¿Quién evaluará al profesorado Sra. Consellera? ¿Los mismos que le dieron por escrito estas declaraciones? ¿Y se puede saber qué evaluarán?

No hace mucho, en el transcurso de un debate sobre Educación, le pregunté a un contertulio, conspicuo innovador pedagógico con multitud de cargos institucionales en su haber, si las metodologías educativas que planteaba, muy sospechosamente similares a las apuntadas por la Consellera, iban en la línea de pretender que los alumnos aprendieran con más facilidad y mejor, por ejemplo, el método Ruffini de división de polinomios. La respuesta fue que, hoy en día, esto no interesa a los alumnos –como si alguna vez hubiera interesado-, y que, además, probablemente Ruffini sea perfectamente prescindible en el nuevo sistema educativo. Es decir, y remitiéndome a la pregunta formulada, la respuesta fue un elíptico, pero rotundo, no. Bien está reconocerlo, y hasta admitamos que tuviera razón; pero entonces ¿qué vendía? ¿Van a ser estos los que evaluarán al profesorado?

Verá, Sra. Consellera, a mí no me preocupa que me evalúen, muy al contrario, pero me gustaría saber quién me evaluará y sobre qué. Es comprensible ¿no le parece? A usted, no como economista, sino como política, ya la evaluaremos cuando toque votar. Por lo que haya dicho y por lo que haya hecho. Porque evaluadores lo somos todos. Y también buenos evaluadores seremos.

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