Manuel Azaña

Azaña fue un intelectual, un escritor y un político que encarnaba los ideales de la España ilustrada / Wikimedia

Tal día como hoy… 3 de noviembre de 1940 fallecía Manuel Azaña

 

El 3 de noviembre de 1940 fallecía exiliado y perseguido en Montauban (Francia), el presidente de la II República Española, Manuel Azaña. Había llegado a Francia en febrero, tras la caída de Cataluña. Llevaba tiempo enfermo y, en cierto modo, su muerte fue también una victoria póstuma contra Franco, que no pudo permitirse encarcelarlo y fusilarlo, como hizo con tantos otros, y como sin duda alguna hubiera hecho con él.

 

CV / Azaña fue un intelectual, un escritor y un político que encarnaba los ideales de la España ilustrada; la España que perdió la guerra civil. Fue presidente del gobierno entre 1931 y 1933, y luego presidente de la República desde 1936 hasta su dimisión el 27 de febrero de 1939. Contra la idea difundida por la propaganda franquista, según la cual habría sido un personaje políticamente radical e intolerante, no solo no fue nada de eso, sino todo lo contrario. Desde el lado republicano se le acusó con frecuencia de connivencia con la derecha y de derrotista durante la guerra.

Desde el lado republicano se le acusó con frecuencia de connivencia con la derecha y de derrotista durante la guerra

Durante los últimos seis meses de guerra, estuvo políticamente aislado. Había intentado, sin éxito, promover iniciativas que facilitaran la mediación de Francia e Inglaterra en la guerra española, y que dicha mediación facilitara el establecimiento de un alto el fuego. Lo hizo paralelamente a su discurso ‘Paz, Piedad y Perdón…’, pronunciado en vísperas del comienzo de la batalla del Ebro. Después, cada vez más distanciado de Negrín, quedó reducido a una figura meramente testimonial, muy atormentado él mismo por la tragedia que el país estaba viviendo, y consciente de la dictadura que se avecinaba.

Tras pasar a Francia, Negrín le indicó que se alojara en la embajada española en París mientras se preparaba su regreso al centro, donde la República seguía resistiendo. Pero Azaña tenía muy claro que todo estaba perdido y le replicó que no pensaba volver, anunciando su dimisión tan pronto como Francia e Inglaterra reconocieron el régimen de Franco.

Cuando los alemanes ocuparon Francia, Azaña estaba refugiado en Pyla-sur-Mer, una población cercana a Burdeos

El 19 de junio, con Francia hundiéndose ante el empuje del ejército alemán, Negrín le facilitó dos pasajes –para él y para su esposa- en un barco con destino a México, pero su mal estado de salud le obligó a permanecer en Francia. Cuando los alemanes ocuparon Francia, Azaña estaba refugiado en Pyla-sur-Mer, una población cercana a Burdeos. Tras la capitulación de Pétain y la constitución de la Francia de Vichy, sus familiares y su médico lo trasladaron a Montauban, donde, sin ser la panacea, estaría algo menos inseguro que bajo jurisdicción directamente alemana.

En septiembre, la embajada mexicana tuvo noticias de que un grupo de falangistas estaba llegando a Montauban, con la más que probable intención de secuestrar a Azaña y llevárselo a España. El embajador mexicano Luis Ignacio Rodríguez Taboada alquiló entonces algunas habitaciones en el Hotel du Midi y trasladaron allí a Azaña, donde estaría más seguro. Falleció a las 23:45h del 3 de noviembre, en presencia de su esposa, Dolores de Rivas,  el general Juan Hernández Sarabia, el pintor Francisco Galicia, el mayordomo Antonio Lot, el obispo francés Pierre-Marie Théas y la monja Ignace, que lo había estado cuidando los últimos días.

Fue enterrado en  el cementerio de Montauban, con una simple lápida y una cruz de bronce sobre la inscripción ‘Manuel Azaña: 1880-1940’

Fue enterrado en  el cementerio de Montauban, con una simple lápida y una cruz de bronce sobre la inscripción ‘Manuel Azaña: 1880-1940’. El mariscal Pétain prohibió expresamente que se le realizaran funerales de jefe de estado, imponiendo que de cubrirse con alguna bandera española, fuera la rojigualda monárquica que había adoptado la dictadura franquista; bajo ningún concepto, por supuesto, la bandera tricolor republicana. Intervino entonces el embajador de México, que lo cubrió con una bandera mexicana, espetándole al prefecto colaboracionista francés:

Lo cubrirá con orgullo la bandera de México. Para nosotros será un privilegio, para los republicanos una esperanza, y para ustedes, una dolorosa lección”.

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