María Zambrano

Retrato fotográfico de María Zambrano (1904-1991). Archivo fotográfico procedente de la Fundación María Zambrano, en Vélez Málaga, donde no aparece ni se menciona el autor de la fotografía. / Wikimedia

Tal día como hoy… 22 de abril de 1904 nacía María Zambrano

 

El 22 de abril de 1904 nacía en Vélez-Málaga (Málaga) María Zambrano Alarcón, filósofa y ensayista, sin duda alguna una de las más destacadas figuras intelectuales españolas del siglo XX. Como sería normal sospechar en estos casos, tratándose de una intelectual española, filósofa y además mujer, es una autora olvidada, solo provisional y tímidamente recuperada a finales del siglo XX., con el Premio Príncipe de Asturias en 1981, y el Premio Cervantes en 1988.

 

CV / Aunque ella solía afirmar que «somos gestos», se la conoció, en términos elogiosos, como «La Señora de la palabra». A los cuatro años de edad se trasladó con su familia a Madrid, era hija de maestros de escuela, padre y madre, y luego a Segovia, donde estudió el Bachillerato. En 1924 su familia se trasladó nuevamente a Madrid y María inició sus estudios universitarios en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central –actual Complutense-. Fue alumna de las figuras de la época: García Morente, Xavier Zubiri, Julián Besteiro, Ortega y Gasset… Al poco tiempo, y pese a su juventud, fue invitada a las tertulias de La Revista de Occidente, publicación con la que empezó a colaborar. En 1931 fue nombrada profesora auxiliar de Zubiri en la Càtedra de Historia de la Filosofía. Conoció y trató a Antonio Machado, a Miguel Hernández, a Octavio Paz, a Alejo Carpentier, a Simone Weil…

Aunque ella solía afirmar que «somos gestos», se la conoció, en términos elogiosos, como «La Señora de la palabra»

María Zambrano siempre se consideró católica, lo cual no fue óbice para que simpatizara abierta y entusiásticamente con los ideales republicanos y progresistas, integrada en la coalición republicano-socialista dirigida por Azaña. Ello no obstante, rechazó todas las ofertas que recibió para participar como candidata. A ella le interesaba la política, pero no convertirse al «oficio» de política.

Al estallar la guerra civil, se posicionó sin fisuras al lado de la República. Fue firmante del manifiesto de intelectuales en favor de la República, e intentó infructuosamente que se adhiriera a él Ortega, pero éste declinó. Lo de los gestos y la palabra lo cumplió siempre a rajatabla. En cierta ocasión, regresando de un viaje al extranjero para promocionar la causa de la República, un periodista le preguntó por qué regresaba a España si la guerra estaba perdida: “Precisamente por esto”, respondió.  Poco vale la palabra sin los gestos que le dan sentido…

Al finalizar la guerra, comenzó un exilio prácticamente tan largo como su vida, porque en realidad nunca volvió del todo a España. Pasó por Francia, Estados Unidos, Puerto Rico, Cuba, y acabó recalando un tiempo en México, donde ejerció como profesora invitada en la Universidad de Morelia, en Michoacán. Al concluir la II Guerra Mundial se instaló en París, Roma, Ginebra… En la España franquista fue una perfecta ignorada. El reconocimiento fue tardío y poco efectivo. Eso sí, en 1981 recibió el Premio Príncipe de Asturias y en 1988, tres años antes de su muerte, el Premio Cervantes. Y claro, la estación del AVE de Málaga lleva su nombre…

Tras casi medio siglo de exilio externo e interno, se instaló en Madrid, la misma ciudad que la había visto crecer. Allí murió el 6 de febrero de 1991, a los 86 años de edad

Con María Zambrano ocurrió lo que con tantos otros provenientes de una tradición que, si se nos permite la expresión, “el viento se llevó”: la tradición liberal progresista y republicana española, la de los Azaña, Machado, Besteiro, Galdós… no es que Zambrano fuera una «olvidada», sino simplemente ignorada y sin cabida en los nuevos tiempos. Es lo que tan magistral como crudamente describió otro gran olvidado, Max Aub, en ‘La gallina ciega’. La pérdida de una tradición que se tradujo en la orfandad intelectual por falta de referentes que todavía hoy seguimos arrastrando. Y uno de estos referentes era y es, sin duda alguna, María Zambrano.

Tras casi medio siglo de exilio externo e interno, se instaló en Madrid, la misma ciudad que la había visto crecer. Allí murió el 6 de febrero de 1991, a los 86 años de edad. Fue enterrada en el cementerio de Vélez-Málaga, su villa natal, entre un naranjo y un limonero. En su lápida está inscrito el epitafio que ella misma eligió, el verso del Cantar de los Cantares Surge amica mea et veni: Levántate, amiga mía, y ven.

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