Meteoritos, la simiente de la Tierra

La composición de los meteoritos explica los elementos presentes en la Tierra / Pixabay

Sobre la superficie terrestre existen catalogados más de 180 cráteres de impacto que nos recuerdan el origen y formación de la Tierra. En épocas arcaicas estos impactos fueron mucho más frecuentes e intensos. Pero lluvias, glaciares y vientos erosionaron su rastro y hoy en día sólo quedan estos 184 recientes junto con algunos más por descubrir.

 

David Rabadà | Catalunya Vanguardista @DAVIDRABADA

Otro factor que evita que en la Tierra hubiera menos impactos fue su escudo atmosférico, así como también la actual gran superficie de océanos en donde caen y no dejan cráter. Aunque también la intensa producción de sedimentos terrestres ha enterrado a muchos de ellos bajo formaciones geológicas. Véase por ejemplo el de Chicxulub en México de hace unos 66 millones de años, y que ha sido atribuido a la extinción de los dinosaurios. Hoy en día este impacto yace bajo centenares de metros de sedimentos como también el de Red Wing Creek en Dakota que ha funcionado como trampa para un yacimiento de petróleo. Otros más han tenido su interés como minas subterráneas de uranio, hierro, níquel, cobre y hasta diamantes. En fin, que los cráteres por descubrir son muchos, sobre todo en países con falta de recursos científicos que no pueden prospectar tanto el terreno.

Los cráteres por descubrir son muchos, sobre todo en países con falta de recursos científicos que no pueden prospectar tanto el terreno

Pero en otros cuerpos rocosos sin océanos, ni mecanismos de erosión, enterramiento o escudo atmosférico, no sólo vemos cientos de cráteres de impacto sino millones de ellos. Por ejemplo tenemos a Marte, la Luna o Mercurio que todavía guardan la imagen de un pasado muy remoto. Esta fase de acumulación de meteoritos sobre otros núcleos mayores se la ha llamado periodo de acreción para los planetas. Las múltiples colisiones orbitando a diferentes distancias del Sol comenzaron a formar nuestros planetas y satélites hace más de 4.000 millones de años. La composición y edad de los cuerpos que siguen cayendo así nos lo demuestran.

Las dimensiones de los meteoroides son muy dispares, desde microscópicos hasta grandes bólidos superiores a decenas de metros. Sus velocidades de entrada van desde los 40.000 Km/h hasta los 260.000. Algunos, los de mayor tamaño, logran caer en nuestra superficie, los meteoritos, y otros menores se desintegran por completo ante la fricción con la atmósfera, los meteoroides. Todos ellos pierden más de un 90 por ciento de su masa durante su ablación atmosférica alcanzando temperaturas superiores a los 3.500 grados. De ello su luz cuando se precipitan sobre nosotros. Se calcula que sobre la Tierra caen entre 40 a 80 toneladas por año de estos cuerpos. De los recuperados sobre nuestra superficie hemos obtenido abundante información que explica la formación primigenia de la Tierra y de otros planetas. Los orígenes de los meteoritos los hallamos en tres sectores principales, en fragmentos de cometas y asteroides independientes, en el cinturón orbital entre Júpiter y Marte, y entre fragmentos expelidos por grandes impactos sobre Marte, la Luna y otros cuerpos.

Sobre la superficie terrestre existen catalogados más de 180 cráteres de impacto que nos recuerdan el origen y formación de la Tierra / Pixabay

Su composición explica los elementos presentes en la Tierra, desde las condritas que contienen hierro, carbono y aminoácidos, hasta los diferenciados que contienen silicatos, hierro, níquel, azufre, fósforo y casi toda la tabla periódica de los elementos. Todos ellos, y bajo una Tierra primigenia fundida por los impactos, se fueron separando por densidad para dar las diferentes capas planetarias. En el núcleo terrestre se concentraron los más densos predominando el hierro y el níquel de los meteoritos metálicos, en el manto se situaron muchos silicatos y metales densos procedentes de los meteoritos metalorocosos, y finalmente la corteza se fue diferenciando por la afluencia de los silicatos y elementos menos densos de las acondritas y las condritas. Todo ello bajo muchas mezclas, flujos y tendencias generales.

Lo más curioso de los meteoritos ha sido su edad. La gran mayoría oscila entre los 4.400 millones de años hasta superar los 4.500

Pero lo más curioso de los meteoritos ha sido su edad. La gran mayoría oscila entre los 4.400 millones de años hasta superar los 4.500, por lo cual sabemos que fueron anteriores y hasta contemporáneos a la formación de los planetas. En Marte, por ejemplo, su hemisferio sur, más claro, abrupto, alto y antiguo, está lleno de cráteres de impacto fruto de un intenso bombardeo de meteoritos entre los 4.500 a los 3.900 millones de años (Era Noeica). En cambio el norte, más oscuro, llano, bajo y joven, se halla cubierto por grandes extensiones de lavas andesíticas que apenas superan los 3.000 millones de años (Era Amazónica). En tal hemisferio la presencia de cráteres fue mucho menor por lo que se supone que las rocas magmáticas los recubrieron. La discusión ante la dualidad de un hemisferio sur plagado de cráteres y uno norte con muchos menos, se halla todavía en debate.

En Marte, Mercurio y en la Luna sabemos que por su menor tamaño no conservaron tanto calor y que su tectónica no llegó a fraguar en una dinámica de placas / Pixabay

En la Luna, posterior a Marte en su formación, ocurre algo parecido con tierras altas, viejas y claras con respecto a zonas oscuras, jóvenes y bajas. Las primeras fueron originadas por las ascensión de magmas menos densos desde su interior (anortositas de 4.400 a 4.000 millones de años). Las segundas y posteriores, los llamados mares lunares, fueron producidos por el impacto y fusión del sustrato que generó gran cantidad de magmas basálticos entre los 3.900 y 3.300 millones de años. En ambos cuerpos, Marte y la Luna, se constata la caída frecuente de meteoritos y la fusión global de sus cuerpos más allá de los 4.000 millones de años. Esa dualidad de tierras altas y bajas también ocurre en la Tierra entre los fondos oceánicos y las tierras emergidas. Pero más tarde veremos su causa.

En Marte y la Luna, se constata la caída frecuente de meteoritos y la fusión global de sus cuerpos más allá de los 4.000 millones de años

En resumidas cuentas, núcleos mayores captaron por gravedad a millones de meteoritos que se fueron agregando a los primeros y más voluminosos. La energía disipada por los millones de impactos fundió la masa inicial planetaria. Luego por densidad se fueron diferenciando en distintas capas aunque en su interior acumularon una gran cantidad de calor latente. Éste, y en la Tierra, mueve nuestra Tectónica de Placas. Sin calor no habría un interior plástico que permitiría el movimiento y hundimiento de las placas desde la corteza terrestre. Esta, la Tectónica de Placas, deviene el paradigma central que explica la geología terrestre. Pero, ¿y para el resto de cuerpos celestes? ¿existe un paradigma que los englobe? En Marte, Mercurio y en la Luna sabemos que por su menor tamaño no conservaron tanto calor y que su tectónica no llegó a fraguar en una dinámica de placas. Si a ello sumamos más cuerpos celestes que vamos conociendo con dinámicas muy distintas a las terrestres, debemos dirigirnos hacia una Teoría Sintética de la Astronomía para seguir avanzando en esta Evolución en la Tierra.

Este artículo es la continuación de una serie titulada “Evolución en la Tierra“, a cargo de nuestro colaborador científico, David Rabadà.

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