La  clase acomodada prefiere los lugares clásicos, la popular consulta más las críticas no profesionales y la intelectual tiene alta disposición a pagar.

La clase popular se decanta por las comedias teatrales y la intelectual prefiere los dramas

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SINC / Las artes teatrales son servicios deficitarios que precisan de subvenciones para su supervivencia. Con frecuencia se ha puesto en cuestión este tipo de políticas sobre el supuesto de que se trata de servicios consumidos mayoritariamente por las elites económicas de la sociedad.

Newcastle acoge diferentes tipos de teatros, desde el más moderno –como es el del Northern Stage–, a otros más antiguos. Theatre Royal de Newcastle. Imagen: Darrel Birkett.

Un estudio publicado en el Journal of Cultural Economics refuta este planteamiento. Según sus resultados, la denominada “clase intelectual” prefiere los dramas, la “clase popular” se decanta por las comedias y los más adinerados se dejan llevar por las opiniones de la crítica profesional cuando pagan una entrada para un espectáculo teatral.

“El objetivo era analizar la demanda de teatro. Para ello nos basamos en un tipo de modelos que se utiliza en microeconomia y que analizan cómo toman decisiones los individuos. Estos modelos son muy utilizados en transporte y en marketing y se denominan modelos de elección discreta. Hicimos encuestas en los dos teatros más importantes de Newcastle”, explica a SINC J.M. Grisolía, coautor del estudio e investigador de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria.

Esta ciudad acoge diferentes tipos de teatros, desde el más moderno –como es el del Northern Stage–, a otros más antiguos. Los expertos trabajaron con la información obtenida a partir de una encuesta a 300 personas, de las que recogieron 3.000 observaciones.

“Les presentamos a los individuos diez escenarios hipotéticos de elección con cinco alternativas cada uno. Cada alternativa se define por sus atributos: precio de la función (desde 7 libras hasta 35), el tipo de teatro, de representación (comedia, drama y teatro experimental), repertorio (clásico, moderno, contemporáneo), autor (conocido o desconocido), criticas de expertos y criticas populares (amigos, foros, boca a oreja, etc.)”, apunta el investigador.

Los expertos combinaron las diferentes variables para obtener múltiples interacciones hasta llegar a diez situaciones de elección para capturar más informaciones de cada sujeto. El modelo utilizado es el denominado modelo de clases latentes, que agrupa en diferentes categorías a los individuos de la muestra.

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Cada clase, su escenario

El modelo identifica claramente tres clases diferenciadas que van al teatro: una clase “acomodada” que representa el 43,1% de la muestra y se caracteriza por su preferencia por lugares clásicos, que disfruta de todo tipo de obras de teatro, y que muestran una mayor disposición a pagar, sobre todo si los comentarios de la crítica son positivos.

Por su parte, la clase “popular”, abarca más a los jóvenes asistentes (25,4% de la muestra) a los que les interesan sobre todo las comedias, que consultan más las críticas no profesionales y que presentan una baja disposición a pagar.

Por último, el modelo identifica una clase “intelectual” o “cultural” (31,5%) con una alta disposición a pagar por las producciones teatrales y que tienen especial preferencia por los dramas, así como una opinión más independiente de las críticas. “Es importante resaltar que la clase intelectual no equivale a la clase adinerada”, subraya el autor.

“Estas serían las tres formas en las que el teatro conecta con la sociedad. Aunque se ve como algo elitista, tiene una parte popular. Los resultados son muy útiles para acciones de marketing y políticas de ventas, así como para entender la función del teatro en cada sección social”, concluye Grisolía.

La investigación ha contado con la financiación del Gobierno británico a través del Arts and Humanities Research Council –agencia encargada de la promoción de las humanidades y el arte en general– y ha sido realizada por un equipo formado por el español José M. Grisolía, de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, y Ken Willis, de la Universidad de Newcastle (Reino Unido).