Miguel Hernández

Miguel Hernandez ( 1919 - 1942) / Wikimedia

Tal día como hoy… 28 de marzo de 1942 fallecía el poeta Miguel Hernández

 

El 28 de marzo de 1942, a las 5:32h de la madrugada, fallecía en la prisión alicantina del «Reformatorio de adultos de Alicante» el poeta Miguel Hernández. Llevaba casi tres años preso en las cárceles franquistas, habiendo contraído sucesivamente bronquitis, tifus y, finalmente, tuberculosis. Es uno de los mejores poetas españoles del siglo XX y de todos los tiempos.

 

CV / Incluso en los últimos años de la dictadura franquista, Miguel Hernández era uno de aquellos poetas que, aun figurando fugazmente en las últimas páginas del libro de «Historia de la Literatura», nunca se llegaba a él. Ni siquiera a Machado, aunque sí al apellido en la persona de su hermano Manuel. Nos gustaría decir que hoy esto es anécdota de unos pretéritos tiempos negros, y los es ciertamente, pero por razones muy distintas a las que serían de desear: hoy, lamentablemente, la literatura ha desaparecido de los programas de estudio.

Había nacido en Orihuela (Alicante) el 30 de octubre de 1910. Era hijo de un ganadero que empleó a su hijo como pastor desde muy temprana edad

Seguro que, de saberlo, a Miguel Hernández le disgustaría mucho. A él, precisamente, que se constituyó en poeta a base de tesón y voluntad, a las que unió su innegable talento. Había nacido en Orihuela (Alicante) el 30 de octubre de 1910. Era hijo de un ganadero que empleó a su hijo como pastor desde muy temprana edad. Aun así, el joven Miguel estudió Primaria entre 1918 y 1923 en una escuela religiosa. Y también consiguió acceder al Bachillerato. Advertidos de su talento, los jesuitas del colegio lo propusieron para una beca que le permitiera continuar los estudios, pero su padre se negó en redondo y tuvo que abandonarlos en 1925, para dedicarse en exclusiva a apacentar los rebaños familiares.

A diferencia de otros personajes de la cohorte generacional inmediatamente anterior, como Dalí, Buñuel o Lorca, Miguel Hernández no lo tuvo nada fácil. Ni estuvo en la glamurosa Residencia de Estudiantes de Madrid, ni tuvo acceso a las puertas giratorias para las cuales hacían falta unas credenciales de las que carecía. En cierto modo fue un outsider. Literariamente se le suele situar en la generación del 36, más por razones de edad que por otra cosa. Quizás la mejor definición que de él se ha dicho la pronunció Dámaso Alonso, al calificarle como «genial epígono de la generación del 27», a la que nunca perteneció.

Quizás la mejor definición que de él se ha dicho la pronunció Dámaso Alonso, al calificarle como «genial epígono de la generación del 27», a la que nunca perteneció

Dedicado en exclusiva al pastoreo, prosiguió ello no obstante con sus «veleidades» intelectuales. Era un asiduo de la biblioteca y se llevaba los libros prestados al monte. Incluso llegó a llevar consigo una máquina de escribir… Leyó mucho, y de lo que hay que leer: los clásicos –Virgilio, Homero, Petrarca, Dante…-, los del Siglo de oro –Cervantes, Quevedo, Calderón, Góngora…-, y a los más recientes, igualmente selectos. Es decir, a todos aquellos cuya lectura debería ser preceptivo acreditar para poder acceder al servicio de préstamo de otros nuevos libros…

Su trayectoria como poeta fue fugaz, como su vida. En Orihuela formó parte de un círculo literario de jóvenes de clase más o menos acomodada, entre los cuales estaba José Marín Gutiérrez, por seudónimo Ramón Sijé, el de su inolvidable ‘Elegía’. Pasó luego a Madrid, donde conoció a Neruda y a Vicente Alexandre. Estando en Madrid, en diciembre de 1935 le llegó la noticia de la muerte de Sijé, su amigo del alma, tan temprano. Publicó entonces su ‘Elegía’, que no solo causó sensación, sino que mereció los más entusiastas elogios de alguien muy poco propenso a prodigarlos: ni más ni menos que Juan Ramón Jiménez, en un artículo publicado en ‘El Sol’.

El estallido de la Guerra Civil le sorprendió en plena evolución ideológica. Apostó por la República, se alistó como miliciano y entró en el Partido Comunista

El estallido de la Guerra Civil le sorprendió en plena evolución ideológica. Apostó por la República, se alistó como miliciano y entró en el Partido Comunista. Fue comisario político y estuvo en varios frentes, participando en las campañas de alfabetización de los soldados de la República, leyéndoles sus poemas… Sabía ver en él mismo las injusticias sociales por cuya superación decidió luchar. De ésta época, en ‘Vientos del pueblo’, dejó escrito:

Yugos os quiere poner,

Gentes de la yerba mala,

Yugos que habréis de dejar,

Rotos sobre sus espaldas.

Crepúsculo de los bueyes,

Está despuntando el alba.

Pero no fue el alba lo que despuntó para él, sino la amarga derrota. Fue detenido en Madrid por la policía franquista, con su cabeza puesta a precio, pero liberado porque no le reconocieron. Durante la guerra se había casado con su novia de toda la vida, Josefina Manresa, aquella a la cual le había escrito

Una querencia tengo por tu acento,

Una apetencia por tu compañía,

Y una dolencia melancolía,

Por la ausencia del aire de tu viento

Regresó a Orihuela para estar con ella, pero tuvo que huir tras ser denunciado. Consiguió pasar a Portugal, pero la policía salazarista lo detuvo y fue devuelto a España. Esta vez sí lo reconocieron. Fue condenado a muerte en un consejo de guerra. Algún antiguo amigo falangista intercedió por él, pero no pasaron de la conmutación de la pena de muerte por la de muerte en vida: treinta años de cárcel. Allí escribió sus ‘Nanas a la cebolla’. Llegó a decir, a propósito de su paso por la cárcel de Palencia, que no podía ni llorar porque las lágrimas se le congelaban por el frío. Enfermó y fue trasladado a Alicante, donde murió, tal vez pensando en su hijo como en su ‘Niño yuntero’:

¿Quién salvará a este niñito,

menor que un grano de avena?

¿De dónde saldrá el martillo,

verdugo de esta cadena?

Hoy, hace setenta y siete años, un poeta moría en la cárcel. Seguirá vivo por siempre en nuestra memoria.

Dejar comentario

Deja tu comentario
Pon tu nombre aquí