Opinión y opinadores

Restaurant in The Musee d'Orsay (wikipedia)
Restaurant in The Musee d’Orsay (wikipedia)

 

¿Opinión «Menú» o «A la carta »?

Por Xavier Massó / x.masso@catalunyavanguardista.com

Xavier Massó_edited¿Cómo podemos saber si estamos bien informados y nuestras opiniones son más o menos solventes? La información  que recibimos, en cuanto a datos empíricos se refiere, tal vez nunca sea puramente objetiva, pero puede y debe tender a serlo. Procesamos la información que recibimos y, pasándola por el tamiz de nuestro criterio, nos formamos una opinión sobre este o aquel tema concreto. De nuestro criterio previo dependerá la opinión que nos formemos. Es por ello que, aun disponiendo de información idéntica sobre un mismo tema, dos personas pueden sostener opiniones diametralmente opuestas. Desde esta perspectiva y atendiendo a los “polémicos” tiempos que estamos viviendo, hay dos cuestiones que, a mi juicio, deben ser tenidas en cuenta en una sección que, como ésta, se titula de “opinión”.

La primera sería si en una sección de opinión deberíamos encontrarnos con un opinador de la información que aporta o con un informador de sus opiniones. En el primer caso, la opinión que se exprese requiere de una exposición de hechos, de un aporte de información a partir de la cual se emiten una serie de juicios y de argumentos que conforman nuestra opinión sobre la materia opinada. En el segundo, en cambio, la opinión se antepone a los hechos en la medida que estos se dan o por consabidos o por obviados y se presentan, de hacerlo, bajo la forma de opinión y subordinados a ella.

Creo que en el primer caso nos encontramos ante lo que propiamente debería ser una sección de opinión, es decir, con una información opinada. En el segundo, en cambio, lo que tenemos es una opinión presuntamente informada y lo que se nos transfiere no es primordialmente dicha información, sino una opinión, documentada o no. Y la credibilidad que le otorguemos, nos guste o no, dependerá entonces de otros factores como la autoridad, la credibilidad que nos merece el opinador, la afinidad o simpatía que sintamos hacia él…

Desgraciadamente, el modelo que hoy en día, en plena era de la información y en la autoproclamada «sociedad del conocimiento», domina campando a sus anchas por doquier, es el segundo. Y digo desgraciadamente no porque este formato tenga que ser necesariamente negativo, por supuesto que no siempre lo es y en ocasiones hasta puede que sea inevitable e incluso deseable, sino porque el uso ramplón, capcioso y con finalidades inconfesables que actualmente se acostumbra a hacer de él en tantas de las llamadas «tribunas de opinión», tiene como consecuencia la pura y simple transmisión de opinión, con los supuestos hechos que la sostienen ya  previamente digeridos y conformados por un criterio, el del opinador, a partir del cual surge la opinión.

[blocktext align=”left”]La opinión «menú» tiene un doble peligro. Por un lado, puede ser tendenciosa por parte del emisor; por el otro, puede resultarle más cómoda al receptor

Como consecuencia de esto, y de ello es una prueba el espectáculo mediático de sicofantes metidos a opinadores, tertulianos y otras charadas por el estilo, el gran público recibe la opiniones ya previamente enlatadas y elaboradas de acuerdo con un criterio, sin que la información en sí sea poco más una simple citación pro domo sua del opinador. El resultado, la (de)formación de opinión entre el gran público, que la recibe y asume acríticamente, atendiendo sólo a factores como la afinidad, ideológica, de talante o cualquier otra, con aquel opinador cuyas opiniones se asume acríticamente como propias. El lado obscuro de la formación de opinión.

Se me ocurren a bote pronto dos ejemplos de este formato de opinador informado, es decir, del informador de su opinión. Uno bueno y otro malo. Supongamos que tengo interés en saber si hay, o puede haber, vida inteligente  más allá de la Tierra y busco la «opinión» -en una acepción muy forzada del término- de un astrofísico. Lógicamente, si mis conocimientos de astrofísica son escasos, el modelo que tendrá que adoptar mi interlocutor será el del opinador informado, sin que pueda, porque no los entendería, hacerme ni tan siquiera una somera descripción informativa de los hechos en que se sustenta su opinión, sino a la inversa, exponerme aquella información que se ajuste a su criterio. Nada que objetar.

Pero una cosa es el ámbito de la ciencia estricta, donde, además, el sentido del término “opinión” tiene unas connotaciones muy distintas a las de su uso habitual, y otra la consideración que me merezca, es decir, la opinión que yo pueda tener en el sentido de si me agrada o no, la respuesta que me dé. Y si resulta que, por cualesquiera razones, lo que busco es a alguien que me dé la respuesta que yo quiero recibir, pongamos por ejemplo que sí, que haya vida en otros planetas, y me voy a un astrofísico -en el supuesto de que exista alguno de tal opinión- que ya sé de entrada que me dirá que sí, y que si no lo hallo me voy a un astrólogo o a un parapsicólogo, entonces, precisamente entonces, es cuando estaría ante un espejo al otro lado del cual se encuentra el informador de su opinión.

Si este mismo formato lo trasladamos a otros más «opinables», a la vez que cotidianos, como la política, la economía o el nacionalismo, estaríamos ante un modelo de opinión «menú», donde se nos da todo hecho y sólo ficticiamente estamos eligiendo. Lo contrario sería, en cambio, la «opinión a la carta»: se nos informa de lo que hay y nosotros, de acuerdo con nuestro criterio, elegimos.

Porque una cosa es informar manifestando las propias opiniones para que el lector, de acuerdo con su propia capacidad de discernimiento, se forme la suya, y otra muy distinta es opinar, sin más, bajo la presunción de estar bien informado.

Vivimos en un tiempo que las nuevas tecnologías han facilitado como nunca antes el acceso a la información. Ahora bien ¿significa ello que hoy en día estamos más informados que antes? Y más aún ¿sabemos metabolizar las ingentes cantidades de información de acuerdo con un criterio previo que nos permita procesarla adecuadamente y formarnos una opinión solvente? La opinión «menú» tiene un doble peligro. Por un lado, puede ser tendenciosa por parte del emisor; por el otro, puede resultarle más cómoda al receptor. Aquí, al menos en la medida de lo posible, intentaremos evitar ambas cosas.

 

 

1 Comentario

  1. Podemos saber si estamos bien informados, pero sólo en el sentido de ser conscientes de la información de que disponemos y de las limitaciones que nos impone. Pero si nuestra opinión es solvente -muy acertadamente no dice usted “verdadera”-, eso ya es más difícil. “Solvente” lo interpreto yo como “consistente”, que sea verosímil y sometida a la posibilidad de revisión. La prevención de que tal vez nuestras opiniones estén equivocadas ha de estar siempre presente. De lo contrario caemos en el opinador informado que usted define, independientemente de la información de que dispongamos.

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