Orden en el aula

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Uno de los primeros objetivos que cabe aprender para llevar bien un aula con adolescentes es el orden en la misma. Como padres no deberían aplaudir a docentes que permiten el caos y el barullo de sus hijos por la clase, eso anima al distraigo. El orden permite que los escolares se concentren, se motiven y aprendan.

 

David Rabadà | Catalunya Vanguardista @DAVIDRABADA

Los humanos, si así nos aleccionan, hallamos gozo en algo innato, antiguo y esencial como es la belleza de la curiosidad y su máxima consecuencia, el aprendizaje, un camino que cruza tres puentes hasta llegar al placer de comprender lo que nos rodea. La trilogía anterior de viaductos es la curiosidad inicial, la búsqueda posterior y la comprensión final. Si nuestra enseñanza logra preparar a los alumnos para que sepan impulsar su curiosidad, lanzarse a la indagación y finalmente comprender algo, su aprendizaje no resultará una lápida que soportar, sino unas alas con qué volar deleitosos. Para ello la tranquilidad, el sosiego y la concentración devienen fundamentales en el aula. De hecho todo buen docente conoce muchas estratagemas para mantener todo lo anterior.

Quien considere enemigos a sus alumnos se equivoca y va con tensión hacia el patíbulo, hacia el aula, pero quien recuerda que él también fue adolescente, gana gran parte de la partida

Antes de entrar en el aula siempre pienso cómo debo acceder a ella. Quien considere enemigos a sus alumnos se equivoca y va con tensión hacia el patíbulo, hacia el aula, pero quien recuerda que él también fue adolescente, gana gran parte de la partida. En tal caso le vendrá a la memoria que al profe inseguro y nervioso se le atacaba mientras que al firme y tranquilo se le respetaba. Por tanto siempre intento entrar relajado entre mis adolescentes para que este estado les imbuya igual condición a ellos.

Si entrara tenso inyectaría eso mismo a mis escolares. Aplauda pues a los docentes con fama de entrar tranquilos y relajados en el aula, señal inequívoca que sabrán infundir igual actitud entre sus hijos. Esa paz al entrar también proyecta señales de seguridad en lo que se va a impartir. Ellos, los alumnos, saben captar esa bondad con autoridad del docente experimentado, algo que les infunde respeto, tranquilidad y confianza en el profesor. Al docente histérico nadie le hace caso, es más, se ríen y mofan de él.

Algo muy efectivo para iniciar el silencio en clase lo vi de bachiller con mi profesor de Geología, Julià Pastor. Éste entraba entre nosotros sin mostrar enfado alguno por nuestra algarabía. Llegado a su mesa se sentaba, y en voz baja y relajada, comenzaba la clase. En menos de un minuto lograba que atendiéramos y que en la siguiente sesión estuviéramos en nuestro puesto a la espera de sus explicaciones, esto en bachilleres claro está. En la ESO hay que ganárselos con más argucias y sin chillidos.

Cuando un profesor intenta forzar sus cuerdas vocales por encima de la de sus alumnos aparece una voz irreal que éstos se toman a cachondeo

Algunos docentes desafortunados optan por alzar su voz entre el aullido de los escolares. Una práctica así cansa, enerva y resulta un craso error. Cuando un profesor intenta forzar sus cuerdas vocales por encima de la de sus alumnos aparece una voz irreal que éstos se toman a cachondeo. Por tanto no hay que alzar la voz en el aula para evitar ese falsete. Ese tono agudo altera más a los adolescentes y les crispa más que no ayuda, algo que a su vez les anima más a la charla. Inconscientemente ellos sienten que mandan. Para cambiar tal percepción un profesor diestro debe impartir la clase hablando en tono relajado, vocalizando sin prisas y dejando pausas serenas entre concepto y concepto para poder respirar. Permanecer toda la clase con taquilexia, nervios y ese eterno chillido altera a los púberes al intentar estar por encima de su ruido. Un buen profesor primero infundirá su sosiego y después comenzará la clase y las actividades de aprendizaje.

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De todas formas la atención no se logra tan fácilmente. Me cuentan algunos profesores de universidad que muy a menudo los nuevos jóvenes asisten a las clases sin atender a las explicaciones y charlando entre ellos. Añaden que en caso de preguntar lo hacen interrumpiendo al docente y sin pedir permiso. Quizás eso no lo aprendieron en la ESO. Ante lo anterior, y para mantener el orden, es bueno exigir a los adolescentes que levanten la mano antes de preguntar, la izquierda o la derecha, da lo mismo. Con ello no se pretende nada fascista ni bolchevique, todo lo contrario, sólo se desea que haya un orden de preguntas y que los treinta alumnos del aula no lo hagan a la vez, algo imposible de atender por un solo profesor. Cuando ello ocurre les doy número de espera y así todos las bajan para relajarse. Y eso da orden y tranquilidad en el aula aunque los púberes suelen ser muy ansiosos ante una demanda.

Cuando preguntan en clase quieren que se les responda de manera inmediata, algo que no permite que trabajen ni piensen las ideas en armonía. En ello les regalo una rima, apunta y después pregunta, para así evitar su ansiedad y que afiancen bien los conocimientos en sus anotaciones. Una vez el escolar ha apuntado la explicación, cabe atenderle con sosiego.

Algo que permite que en el aula se relajen y mantengan el orden son las anécdotas, es decir, los paros sin necesidad de apuntar

Algo que permite que en el aula se relajen y mantengan el orden son las anécdotas, es decir, los paros sin necesidad de apuntar. Es la versión del cuento infantil antes de ir a dormir pero ahora en modo adolescente. Yo mismo utilizo mis viajes por el Tercer Mundo para ofrecer esos paréntesis que los alumnos agradecen. Pero no los ofrezco a cualquier precio, sólo premio a la clase si ésta permanece tranquila y en silencio. También les comento las ideas de filósofos en medio de mis clases de matemáticas, algo que choca a los alumnos, ¿qué tenía que ver Aristóteles y Platón con la ciencia? La anécdota en la ESO o Platón en Bachillerato sorprende a mis escolares a cambio de su atención y orden en clase.

Mezclar asuntos de disciplinas distintas sin aparente relación, llama su curiosidad y les quita las ganas del desorden. Bajo esta estrategia se pueden entrelazar la tutoría con la historia, la filosofía con las matemáticas y los hábitos con las naturales. Hablar del Tercer Mundo en tutoría, tras previa clase sobre África, refuerza la sensibilidad del alumno; comentar que algunos pitagóricos se escandalizaron al descubrir los números irracionales sorprende al más pasota; o discutir lo pernicioso que puede resultar el tabaco después de una clase sobre el sistema respiratorio, hace que el mensaje en naturales llegue más claro. Ante la política educativa actual esto parece retrógrado y antiguo, aunque en la realidad ello devenga efectivo e instructivo. Ya llegaremos.

Pero muy a menudo el problema para mantener el orden en el aula es la cháchara que algunos alumnos se niegan a abandonar. Hacerles mantener el silencio y el respeto hacia los que sí quieren atender resulta algo muy complicado. Además ser un profesor temido o un docente esquivo ya no está de moda. ¿Qué te queda entonces? Pues retirar la palabra a quien chismorrea suele ser efectivo. Pongamos que llevas avisando varias veces a Rufián por sus chácharas con el de al lado. En el momento que éste pregunta puede ser efectivo retirarle el derecho a la palabra. Con simpatía, para evitar rebotes, le respondo, antes ya te he avisado, hablabas, pues ahora no tienes voz en clase. El, y a la larga, comprende que debe ganarse ese derecho y no vivir de regalos. En grupos más díscolos la sanción justa y el ganarse poco a poco al grupo resulta mano de santo. Si ellos creen y confían en el docente, hacen bastante caso de su silencio y orden en clase.

La punición debería ser lo último para lograr el orden, pero no algo a evitar. Científicamente sabemos que nuestro cerebro está adaptado al premio y al castigo

La punición debería ser lo último para lograr el orden, pero no algo a evitar. Científicamente sabemos que nuestro cerebro está adaptado al premio y al castigo. Por desgracia la idea equivocada que los niños son buenos por naturaleza y que la educación los vuelve malos crece día a día. Es más, ante los estudios psiquiátricos publicados en revistas técnicas internacionales esto deviene totalmente erróneo. Los niños muy pequeños se muestran egoístas y déspotas hacia sus compañeros de guardería. Pasados los meses, y con la intervención correctora de los educadores, el número de fechorías cae radicalmente.

Los campos de la psiquiatría, y son palabras de mi estimado doctor Adolf Tobeña, han establecido con datos contrastados y experimentos que en todo el mundo nuestra mente está adaptada al castigo y a los límites. Así se corrigen nuestros genes innatos que nos abogan a comportamientos agresivos, egoístas y contrarios al bien común. Sólo se puede ser feliz, buen ciudadano y profesional óptimo cuando valoramos las cosas logradas con límites, castigos y premios merecidos. Ferran Adrià, quien con perseverancia ha logrado ser uno de los mejores cocineros del mundo, decía que la diferencia entre los buenos y los muy buenos es el esfuerzo.

Un profesor que se ha ganado su autoritas entre sus estudiantes, no fue un progre y colega al principio sino alguien que impuso un barniz de disciplina inicialmente

De todas formas hay algo que siempre ayuda a ganarse el orden en el aula, y eso son los límites. Ello permite generar paz en clase con pocas sanciones, es decir el educador controla al grupo con su autoridad (autoritas ganada) y no con su autoritarismo (potestats por ley). Un profesor que se ha ganado su autoritas entre sus estudiantes, no fue un progre y colega al principio sino alguien que impuso un barniz de disciplina inicialmente. En eso los educadores deben decretar la sanción en el momento justo de la infracción y no esperar a luego porque luego será jamás. Si sancionamos tarde a un adolescente, éste habrá perdido la noción del error que cometió.

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Muchas veces he vivido, y por devaneos burocráticos, la expulsión justificada de un escolar semanas más tarde de su pecado. Ello conlleva su reacción iracunda al creer menos grave la falta que cometió, es decir, se puso tierra por medio y el adolescente perdió la trascendencia real de lo que perpetró. Cabe añadir que los púberes viven más en el presente que en el futuro y que sus acciones inmediatas corren rápidamente al cajón del olvido o de la deformación subjetiva. Por tanto, el recargo inmediato les guía y educa en contra de corrientes paracientíficas que desaconsejan el uso de tal estratagema. De hecho, y por los años noventa, lo que aquí llamaremos pedagogía teórica, decía que el hombre es la única especie que castiga, algo falso y totalmente falaz.

que el hombre es la única especie que castiga, algo falso y totalmente falaz

Si consultamos toda la etología animal nos damos cuenta que todos los mamíferos usan el premio y la sanción para educar. Es más, según un artículo publicado en 2007 en la prestigiosa revista Nature, se demostró que nuestro cerebro, como la del resto de mamíferos, ostenta regiones especificadas y adaptadas al castigo. Aún así la pedagogía teórica oraba que los niños nacían buenos pero que era la cultura la causante de su maldad. En un Science del año 2000, Tremblay y otros autores publicaban un amplio y detallado estudio en donde describían que entre los 20 y los 132 meses de edad, los comportamientos agresivos en los patios escolares descendían vertiginosamente, es decir, que la educación los hacía mejores, los templaba. Eran los educadores, quienes al intervenir en casos de patadas, empujones e insultos, imponían su autoridad provocando que los chavales adoptaran prácticas más cívicas.

En un estudio se llegaba a la conclusión mundial que un 70 por ciento de los individuos tendemos a saltarnos las normas mientras que tan sólo un 30 las cumple a menudo

Nuestra tendencia innata al egoísmo, a las fechorías y a las trampas resulta algo intrínseco. Según un artículo de Zhong y otros autores publicado en la revista Psychological Science del 2010, quedaba demostrado que los humanos tendemos a perpetrar trampas en los juegos si la oscuridad nos rodea, es decir, la nocturnidad nos anima innatamente a las engañifas. En otro estudio de Keizer y otros colaboradores para la revista Science de 2008 se llegaba a la conclusión mundial que un 70 por ciento de los individuos tendemos a saltarnos las normas mientras que tan sólo un 30 las cumple a menudo. De ese 70, más de la mitad incumple las reglas al apuntarse a lo que hace la mayoría y un 30 lo perpetra sistemáticamente.

En otro artículo firmado por Buckholtz y Meyer-Lindenberg en la revista Trends in Neurosciences del 2008, se describían más de 14 genes que controlan la agresividad en los humanos. Por ejemplo, si tienes el gen MAOA-H (monoxidasa H), y has sufrido maltratos, aun así desarrollas comportamientos pacíficos y solidarios. Si por el contrario careces de él, sólo una buena educación corrige tu tendencia. La política educativa actual debería tomar buena nota de todo ello.

En fin, y después de todas estas investigaciones científicas, la conclusión es demoledora: los humanos somos innatamente egoístas y tramposos a no ser que la educación NOS lo corrija. Nuestra genética codifica nuestra agresividad pero nuestro cerebro está adaptado a los límites para corregir esta tendencia. En esto último los límites modulan nuestro comportamiento, reducen nuestro egoísmo individual y favorecen el bien común social. Visto pues que la maldad, el egoísmo y el mínimo esfuerzo en cumplir las reglas contienen una clara carga innata en nuestra especie, sólo con educación y moral correctoras se corrige tales tendencias. La escuela, por tanto, debe aplicar límites sin dejarse llevar por modas pedagógicas y paracientíficas. Éstas en nada hallan pruebas para imponer su creencia.

Hay que tratarles como un adulto, ellos lo desean. Para ello el educador tiene que ser sincero y explicarle la verdad

Es importante, por tanto, que en clase se dictamine la sanción en el momento del incidente y que no se argumente demasiado. El escolar se sentirá alterado y sin perspectiva objetiva para comprender. No obstante, y llegada la calma, debe ofrecerse diálogo y reflexión al rapaz. Aquí sí que valen las argumentaciones necesarias, pero no hay que excederse, con unos minutos basta. Hay que tratarles como un adulto, ellos lo desean. Para ello el educador tiene que ser sincero y explicarle la verdad.

En una ocasión, y ante un alumno muy díscolo, le conté claro y sin dulzuras lo que se decía de él entre profesores, padres y compañeros. Añadí que su perfil era el típico de alguno de los diagnósticos de moda por los psicopedagogos, y le preguntaba al alumno si él era eso, un caso previsible, un ejemplo más de esa situación. Con esa estratagema le decía claramente que si quería cambiar estaba en su mano. En caso contrario sus coetáneos seguirían pensando de él siempre lo mismo, que era el prototipo de algo predecible.

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Téngase en cuenta que los adolescentes lo que quieren ser es todo menos previsibles. En su naturaleza está el ímpetu del cambio, no el de lo conservador, ¿acaso piercings y tatoos se dan hoy en ancianos de ochenta años? Pero aunque ellos deseen cambiar el mundo, la urbanidad no está reñida con ello. Deben entender que unas normas comunes construyen armonía en su alrededor social.

Una cosa que también funciona para mantener el orden se da en la puerta del aula. En caso de retraso o entrada de un alumno en medio de una clase, éste debe llamar a la puerta. No es nada atávico ni pasado de moda, simplemente es práctico. Quien entra debe avisar de su intromisión para prevenir que la clase va a interrumpirse temporalmente. Luego, y en privado, debería acercarse al docente para exponer la razón de su entrada.

Un docente que procure por el orden en el aula exigirá tal protocolo. Pero si el alumno no llama a la puerta puede reaccionarse como sigue. Con buen humor y desenfado, se le explica el protocolo requerido, se le pide que salga de nuevo y que repita la entrada tal como se le ha indicado. En esta nueva ocasión yo teatralizo la llegada con un, buenos días, ¿cómo tú por aquí? La clase se ríe y aprende. El humor en todo esto resulta fundamental. Todos los humanos interpretamos de manera innata muchos signos, uno es la sonrisa. Recuerde que ésta desarma y en cambio las cejas juntas ponen a la defensiva. Mejor escenificar un monólogo, al mejor estilo Buenafuente, que no una pelea que correrá por todo el instituto. En fin, mejor caer en gracia que en desgracia. Un buen chiste al volver a casa no suele recordarse, una contienda es parloteo de días.

Si el docente no equilibra los tres espacios mencionados, explicaciones, descanso y actividades, los alumnos se te cansan a media sesión y dejan de prestarte atención

Y llegamos a otro truco para crear orden en el interior del aula, el tempo entre explicaciones teóricas, momentos de descanso y actividades de aprendizaje. La trilogía anterior resulta crucial para encumbrar la cima del orden en clase. Si el docente no equilibra los tres espacios mencionados, explicaciones, descanso y actividades, los alumnos se te cansan a media sesión y dejan de prestarte atención.

A estas alturas parece bastante claro que para que haya orden en clase debe haber autoridad, que no autoritarismo. Eso nos lleva a una afirmación que a veces no gusta a muchos pedagogos teóricos. Esta autoridad, como en cualquier empresa o ejército, se aplica y es práctica. Un negocio, un fortín y un aula no deben ser una democracia, en otro caso los alumnos podrían organizar unos comicios y votar en contra de ir al colegio, de asistir a los exámenes o de realizar los deberes, obligaciones que les vienen encomendadas por ley. Pero si así fuera, ¿qué le parecería si los alumnos impartieran las áreas y sancionaran a maestros y padres? ¿Acaso en una empresa se deciden todas las cosas por comicios? Valore por tanto a los docentes que controlan a sus alumnos, y aún siendo fervientes demócratas, imponen normas claras entre sus estudiantes. Hablemos ahora, y en el siguiente apartado, de la democracia en el aula.

Este artículo forma parte de una serie titulada “Fracaso escolar o fracaso político“, a cargo de nuestro colaborador, David Rabadà.

Entrega anterior: Padres y docentes, ¿qué decirnos? (7)

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