Oskar Schlinder

Oskar Schindler en Argentina después de la Segunda Guerra Mundial / Wikimedia

Tal día como hoy… 9 de octubre de 1974 fallecía Oskar Schlinder

 

El 9 de octubre de 1974 fallecía en Hildesheim (Alemania), a los 66 años de edad, Oskar Schlinder, el hombre que salvó a miles de judíos del exterminio durante la II Guerra Mundial. La novela ‘El Arca de Schlinder’ (Thomas Keneally, 1982) y la posterior película de Steven Spielberg ‘La Lista de Schlinder’ (1993), le hicieron póstumamente famoso a nivel mundial.

 

CV / El de Schlinder es un caso de opción ética sobrevenida, simplemente por razones morales, frente a la barbarie del Holocausto. Algo que le dignifica y enaltece, frente, no ya al silencio, sino a la inacción y a la complicidad pasiva –cuando no activa- de la mayoría de sus compatriotas.

El de Schlinder es un caso de opción ética sobrevenida, simplemente por razones morales, frente a la barbarie del Holocausto

No había en él convicciones morales y humanitarias previas que prefiguraran su actitud. Más bien todo lo contrario. Fue un personaje oportunista, de espíritu lúdico, bohemio, aventurero y, sin duda alguna, algo tramposo. Fue miembro del partido nazi y de la Abwehr, los servicios de inteligencia militares. Por oportunismo, sí, pero también porque no había incompatibilidades decisivas. Pero tuvo una reacción que debería de haber sido la propia de cualquier ser humano, precisamente por su condición de humano, que no todos tuvieron.

En su obra ‘Comportamiento individual y comportamiento de masa en situaciones extremas’, Bruno Bettelheim (1903-1990), que conoció los campos de concentración como interno, nos describe las sórdidas redes de complicidades, colaboración y delación entre verdugos y víctimas. Algo que también Hanna Arendt (1906-1975) abordó desde otra perspectiva en ‘Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal’ (1963). El envilecimiento moral se justifica interiormente en aras a la supervivencia. El genocidio, se nos viene a decir, no hubiera sido posible sin complicidades entre las víctimas: hay que sobrevivir a la barbarie, como sea.

Él no estaba amenazado, pertenecía al bando de los verdugos, pero se arriesgó porque el contacto con la barbarie le repugnó tanto que le impulsó a actuar

El caso de Schlinder, y de ahí su mérito la esperanza que representa para la condición humana, es todo lo contrario. Él no estaba amenazado, pertenecía al bando de los verdugos, pero se arriesgó porque el contacto con la barbarie le repugnó tanto que le impulsó a actuar. Y lo hizo racionalmente, sin oponerse frontalmente, aunque arriesgando su vida en el empeño, salvando a cuantos judíos pudo. No es el resto de su biografía un ejemplo moral demasiado edificante, pero supo estar a mucha más altura moral que la mayoría de arquitectos que diseñan los edificios morales

De estudiante, fue expulsado de la Escuela Técnica por falsificar el boletín de notas. Aficionado a la buena vida -su padre era un industrial alemán en los Sudetes- participó en competiciones de motociclismo. Tras casarse en 1928 e instalarse por su cuenta, probó suerte en varios negocios, todos ellos ruinosos. Estuvo una temporada en paro, sin ayuda paterna, cuya empresa había quebrado también, viviendo de su suegro. Fue detenido varias veces por embriaguez pública y tuvo varios lances amorosos, con hijos extramatrimoniales incluidos. En 1938 se afilió al partido nazi y entró a trabajar en la Abwehr.

Durante la guerra, valiéndose de sus contactos, se hizo con una fábrica en Polonia, consiguiendo contratos para abastecer de ollas y utensilios de campaña al ejército

Durante la guerra, valiéndose de sus contactos, se hizo con una fábrica en Polonia, consiguiendo contratos para abastecer de ollas y utensilios de campaña al ejército. Allí entró en contacto con la realidad del trabajo forzoso y el genocidio. Y reaccionó protegiendo a sus trabajadores judíos. Llegó a arruinarse a base de sobornos. Tras la guerra sus antiguos trabajadores le regalaron un anillo fundido con dientes de oro de sus exempleados. En el anillo inscribieron una frase del Talmud: “Quien salva una vida, salva al mundo entero”.

Pero Schlinder no encontró acomodo en la Alemania de la posguerra. En 1949 emigró a Argentina, donde montó granjas de gallinas y nutrias. El negocio quebró en 1958. Schlinder abandonó entonces a su mujer y regresó a Alemania, donde se las arregló para montar una fábrica de cemento. En 1963 se declaró nuevamente en bancarrota. En 1964 sufrió un infarto y ya no volvió a emprender ningún negocio. Sobrevivió gracias a las donaciones de judíos de todo el mundo, hasta su muerte.

El estado de Israel nombró a Schlinder «Justo entre las Naciones», y la República Federal Alemana le concedió en 1966 la Orden del Mérito

En una entrevista realizada en 1948, el periodista Herbert Steinhouse dijo de él: “Las excepcionales acciones de Schindler provenían de un elemental sentido de la decencia y la humanidad en el que nuestra sofisticada época ya apenas cree. Un oportunista arrepentido vio la luz y se rebeló contra el sadismo y la vil criminalidad que le rodeaba”.

El estado de Israel nombró a Schlinder «Justo entre las Naciones», y la República Federal Alemana le concedió en 1966 la Orden del Mérito. Dijo él mismo sobre sus acciones: “Sentí que los judíos estaban siendo destruidos y tenía que ayudarlos, no había otra opción”.

Oskar Schlinder está enterado en el cementerio de Monte Sion de Jerusalén.

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