Padres denunciadores o hijos con errores

Imagen de mohamed Hassan en Pixabay

Los padres protectores y compradores miman de forma extrema a sus lobeznos, incluso llegan en ocasiones a denunciar sin razón al equipo docente, algo que nos lleva al otro lado de la educación, a la deformación del individuo.

 

David Rabadà | Catalunya Vanguardista @DAVIDRABADA

Pongamos el ejemplo de una madre que llevó a los tribunales a un docente por haber robado los libros de su hijo. Al final del proceso se demostró que la familia jamás había comprado dichos volúmenes. Recuerdo también el caso de unos padres que tramitaron una querella por maltrato psicológico a un profesor que llamó la atención de su hijo con un grito. U otro caso en donde el docente confiscó temporalmente un móvil de un alumno por utilizarlo en clase. En esa ocasión el docente casi fue denunciado por apropiación indebida. Y si quiere otro ejemplo más kafkiano el de un maestro que quiso registrar la mochila de un escolar bajo la sospecha que escondía un hurto. La familia del chaval averiguó que podía denunciar al profesor por violación de la propiedad. Si antes se decía que la letra con sangre entra, ahora es el docente quien recibe letras y sangre con denuncias potenciales. Años atrás era el maestro quien intentaba persuadir al escolar diciéndole que avisaría a sus padres, ahora es al revés, es el alumno quien amenaza al educador con sus progenitores. Querer mantener la rectitud de forma contundente sobre los alumnos ya no parece aconsejable.

Ante todos los riesgos anteriores el docente suele optar por aguantar el chaparrón en lugar de pasar a la acción y ser él quien denuncie a los mentores por obstrucción a la educación, algo todavía no contemplado por la ley. En marzo de 2004, y en Cerdanyola del Vallès, hubo una amenaza de denuncia por obligar a un alumno de tercero de ESO a sentarse en clase.

–          Oriol, ¿podrías sentarte que voy a empezar la clase?

–          …

–          Ya me has oído, ¿podrías sentarte?

–          Bueno – todavía de pie el alumno.

–          Por favor, ¿vas a sentarte o no?

–          Espera – le dijo mientras se paseaba luciendo sus nuevas y caras zapatillas deportivas.

–          Bueno, ya está bien, ¿quién te has creído que eres? ¿Miss mundo?

–          Puede.

–          Pues maquíllate guapa pero luego siéntate – el alumno asintió e hinchó el pecho y puso sus brazos en jarras simulando ser modelo. Lentamente y con gran arrogancia se dirigió a su pupitre y parsimoniosamente se sentó sonriendo.

Pasaron varios meses y los progenitores exigieron entrevista al docente. El padre nada más sentarse en el despacho profirió lo siguiente:

–          Hace once semanas usted cometió un abuso de poder sobre mi hijo, le dijo maquíllate guapa. Eso es un abuso psicológico. Si es necesario llevaré este caso ante inspección y le denunciaré.

–          Mi intención con su hijo siempre ha sido educarle como persona.

–          ¡De eso nada! Usted debe impartir conocimientos, de educarle ya me encargaré yo.

–          No creo

–          ¡Usted no crea nada! Mire, tiene mucha suerte que yo sea una persona como soy. Si estuviéramos en otro barrio a usted ya le habrían reventado los neumáticos del coche.

–          Perdón, ¿me está amenazando?

Y sí, le estaba amenazando, algo que sí es denunciable ante la justicia. Lo divertido de la situación fue la intervención de la asesora pedagógica de turno.

–          El padre tenía razón en algunas cosas – le dijo al docente –, pero no en la forma de exponerlas, claro está. Deberías reflexionar y averiguar el porqué te ha sucedido esto con este alumno.

Total, unos padres amenazaban y el profesor debía reflexionar. El problema de todo aquello fue que el resto del grupo se enteró de lo ocurrido y se sintieron amos del aula ante una dirección escolar tan débil. Pasaron de la observancia a la rebeldía. Poco a poco los docentes quedaron desautorizados dentro del grupo de Oriol. El docente afectado, al curso siguiente, aprobó unas oposiciones y se largó del centro. Al año siguiente, ese cuarto de ESO resultó ser incontrolable, ¿a quien debíamos haber hecho reflexionar? ¿A los padres quizás? ¿O mejor haberlos denunciado por amenaza a un docente? Carmen Perona, abogada y autora del libro La Responsabilidad Jurídica del Profesorado en los Centros Públicos y Privados, ya puso de manifiesto que los docentes podrían usar las mismas armas que utilizan los demás contra éstos, la denuncia, pero pocos lo hacen.

Carmen Perona, abogada y autora del libro La Responsabilidad Jurídica del Profesorado en los Centros Públicos y Privados, ya puso de manifiesto que los docentes podrían usar las mismas armas que utilizan los demás contra éstos, la denuncia, pero pocos lo hacen

En mayo de 2003 un maestro de Badalona amonestó en clase a uno de sus alumnos por escupir a sus compañeros. Le riñó repetidas veces y el chiquillo nuevamente escupió a los vecinos de mesa. Le avisó por última vez y en esta ocasión lanzó un gargajo a una niña. El maestro se acercó, perdió el aguante y le dio un cachete. No tardaron los padres en denunciar al docente y la audiencia condenó al maestro a pagar una multa. El escritor Josep Maria Espinàs manifestó lo siguiente al respecto.

<< Independientemente de la pérdida de nervios del maestro, es curioso cómo salir en defensa de la mayoría le salió muy caro quedando clara la impunidad de los débiles >>

En resumen, y para terminar con los padres que denuncian, se puede decir que son educadores que dejan gran libertad de elección al hijo, le justifican, no le marcan ni disciplina ni límites claros y obviamente le pagan muchos caprichos. Suelen ser además muy amigos de su prole y por tanto les permiten que elijan con demasiada libertad todo aquello que desean. Eso es un progresismo muy mal entendido. ¿Creen acaso que a los doce años su prole puede tomar decisiones adultas? Por otro lado, estos protectores suelen quejarse a menudo del colegio justificando a su hijo.

En septiembre de 2006 el profesor Ángel Azpiroz fue golpeado y herido por el padre de un alumno a quien había castigado. Sirva también el caso del CEIP Eduard Marquina donde en otoño del 2006 una familia agredió de palabra y obra al equipo directivo por discrepancias educativas. En un sistema así no es de extrañar que a la larga los muchachos se crean con derecho a todo y se tornen unos adolescentes irrespetuosos, dictadores, e irresponsables. Han aprendido que pidiendo o insistiendo en todas sus demandas obtienen su premio. Si ello les falla recurren al chantaje moral para hacer sentir culpables a sus progenitores. Les dirán que el profe les castigó injustamente, que aquello que piden toda la clase ya lo tiene, que a los demás sus padres ya les dejan salir, y que si ellos no gozan de ello es porque no les quieren. En fin, que el hijo se ha transformado en el mejor actor que Hollywood deseara.

Es obvio que imponer límites durante la infancia es importantísimo para conseguir que los chavales lleguen a ser responsables

Si con todo ello recibiera un no por respuesta, recurrirá al plan B, al desafío y al mal comportamiento, todo lo que infunda el miedo en la familia. Ante tal situación él se sale con la suya. Es obvio que imponer límites durante la infancia es importantísimo para conseguir que los chavales lleguen a ser responsables. Muchos problemas de disciplina adolescente surgen de una ausencia de esos nos en la niñez. Y algo más importante, no es más feliz el niño caprichoso halagado con mil síes que quien valora lo que tiene tras algunos nos, es al revés. Ya dijimos que Platón afirmaba que la felicidad residía en la privación. Tener las cosas con facilidad alegra unos minutos, con esfuerzo, mucho más.

Así pues, podemos definir a los hijos de estos protectores como grandes insistentes en lo que al final consiguen que les paguen. A cambio son muy inconstantes en el trabajo, con un ego muy fuerte y un orgullo muy, pero que muy provocativo. Aunque sus trabajos en clase sean nulos e inconstantes, cuando es necesario se activan y aprueban el curso, por lo que no solían repetir curso o, lo que es peor, se les hace pasar para no agravar a otro grupo. Recuerde algo muy importante, su egocentrismo afecta a la mayoría de la clase con sus frecuentes fechorías. No es de extrañar que se decida lo mencionado con hijos tan sobreprotegidos. Donde no llega la familia, el colegio sólo puede tomar una decisión, abdicar. Es decir, que pase de curso y que deje de perjudicar a los demás estudiantes lo antes posible.

Este artículo forma parte de una serie titulada “Fracaso escolar o fracaso político“, a cargo de nuestro colaborador, David Rabadà.

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