Padres y docentes, ¿qué decirnos?

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Un momento crucial durante el inicio de curso es la reunión entre el tutor y todos los padres. Suele convocarse a finales de septiembre cuando ya se llevan unas semanas de clase y los chavales ya van un poco rodados. Allí se informa a los progenitores de diversas particularidades del curso y del colegio.

 

David Rabadà | Catalunya Vanguardista @DAVIDRABADA

El guion más común es que se les explique el horario escolar, las excursiones previstas, la normativa del centro, los días festivos, los periodos vacacionales, las materias que se impartirán y otras patochadas que emanan humo y esconden lo esencial, como debe ser el tutor ante sus hijos.

La reunión con los padres debe revestir un mensaje claro y empático que refuerce la confianza entre progenitores y docentes. En este sentido yo repetía lo que había explicado a sus vástagos mi primer día de clase para reforzar el mensaje en donde el docente no es un amigo de los alumnos, sino un orientador cómplice que enseña y ayuda. Así rompía con el protocolo encomendado por la administración, y con sinceridad, contaba a los padres lo que yo pretendía ser con sus hijos. El horario, los trimestres y los festivos se pueden consultar en la web del centro y del ministerio. A lo sumo entregaba unas fotocopias de ello a los padres. Así, y sin más comentarios, podía dirigirme al meollo de la reunión y añadía a los tutores legales de mis estudiantes que lo fundamental entre ellos y el colegio para educar a sus hijos debía ser la confianza. En ese sentido lo primero que instaba era que los padres no vinieran a quejarse del centro durante el primer trimestre, que dejaran ese margen de tiempo para que profesores y alumnos se adaptaran al nuevo curso y con ello limaran esas asperezas al no conocerse todavía. En definitiva, les pedía que confiaran en el claustro de profesores para que éste se ganara la confianza de sus hijos.

Por ejemplo, y muy a menudo, aparecen padres en los institutos a pedir explicaciones por un presunto castigo injusto, algo que desautoriza a la larga a los docentes

Por ejemplo, y muy a menudo, aparecen padres en los institutos a pedir explicaciones por un presunto castigo injusto, algo que desautoriza a la larga a los docentes. Hay que entender que una ansiedad excesiva en obtener explicaciones sobre las decisiones escolares genera dos problemas educativos de raíz. El primero es que no se ha confiado de antemano en los profesores, y el segundo que el alumno aprende a manipular a sus adultos entorpeciendo el objetivo entre padres y docentes, el de educar. En caso extremo, y si uno decide quejarse, su visita al centro no debe ser conocida por su hijo. E insisto, eso desautoriza al docente y demás educadores. Sería lo mismo cuando un profesor intercede en aula ajena.

Por ejemplo, un docente se quejó que los alumnos de mi tutoría eran muy ruidosos, que charlaban demasiado. Con ello me pedía que los sancionara de su parte. Claro estaba que conmigo sí se comportaban. Ante tal queja le contesté que si yo intercedía y les abroncaba le perderían el respeto y la confianza a él, no a mi. La historia terminó mal. Aquel docente jamás supo ganarse la confianza y el respeto de aquellos zagales. En igual sentido, y si unos padres me desautorizan en el aula, después me costará mucho recuperar el control del grupo entero. Todo este tema debe quedar muy claro durante la reunión con los padres a inicio de curso.

Los educadores, padres, docentes u otros, no deben cambiar las decisiones tomadas por una parte sin un consenso previo

Los educadores, padres, docentes u otros, no deben cambiar las decisiones tomadas por una parte sin un consenso previo. Un maestro no puede cambiar la fecha de un examen de otro docente y aún menos retirar el castigo de unos padres. En condiciones normales hay que acatar y apoyar lo decidido por los demás educadores. Luego siempre se está a tiempo de hablarlo en la más estricta privacidad y rebajar, o no, el límite establecido. Pero mi discurso durante la reunión de padres no se apeaba aquí. Para reforzar lo que se dijo a los alumnos durante la primera tutoría, lo repetía también a los padres. Si en clase se argumentó que un profesor no es amigo de los alumnos pero tampoco enemigo, aquí tenía aún más fuerza, sólo que al final yo añadía que los padres tampoco debían ser amigos ni enemigos de sus hijos. De amigos y enemigos sus hijos conocerán a muchos, de padres sólo a unos. En este sentido, un argumento demoledor en contra la amistad entre educadores y alumnos me la ofreció un periodista y viejo amigo mío, Ignasi Ortuño. Él me contaba que con su hijo de seis años mantuvo la siguiente conversación:

–          Yo hijo mío – le decía el padre –, quiero ser tu mejor amigo.

–          No papá, tú no puedes ser mi mejor amigo.

–          ¿Por qué?

–          Porque eres mi padre y eso es más importante que ser amigo.

–          ¿De dónde has sacado esto?

–          Pues que de padre sólo tengo uno y de amigos muchos.

En fin, que ser padre o madre es más que único, resulta exclusivo y rebasa el sentimiento de amistad. Pero lo mejor vino veinte años más tarde con el mismo amigo, el periodista, y su hijo:

–          Padre, estoy muy contento que ahora, y como adultos, los dos sí seamos amigos.

Y es que habían pasado décadas suficientes para comprender con madurez el concepto de amistad entre padre e hijo. Por dicha razón terminaba mi arenga con los padres de la siguiente manera.

<< Ustedes como padres, y nosotros como profesores, debemos mantener un frente unido ante nuestros chavales a través de la agenda, entrevistas, teléfono o Internet. Ambos somos educadores, pero jamás amigos ni enemigos de los hijos. Sino mantenemos un frente unido ellos aprenderán pronto a manejarnos, a dividirnos y a hacernos fracasar como educadores suyos >>

Cabe añadir que en la reunión anterior no superaba los 45 minutos. Piense que 30 es poco y una hora cansa. Tres cuartos de hora permiten unos minutos extras para dudas, charlas en privado y demás ajustes entre tutor y asistentes. Ahora, y digan lo que digan algunos pedagogos, que comience el curso.

 

Las primeras clases

Decía el escritor Fernando Savater, independientemente de sus conjuras políticas, que los maestros deben ser conservadores hoy por rectitud de conciencia para que algunos alumnos puedan ser mañana revolucionarios con conocimiento de causa. Un objetivo fundamental del aula, y pasando de izquierdas o derechas, es dar conocimientos reales para que los alumnos desarrollen criterios propios y veraces. Por tanto, y en el paraninfo escolar, no debe predominar el estruendo, la distracción y la algarabía sino el conocimiento y los valores. En caso de caos no se enseñará ni educará a los retoños para que piensen por sí mismos, sino todo lo contrario, se les estafará con una educación de pan y circo. Y le insisto, desconfíe de la pedagogía que es colega y divertida durante los primeros días. Al final el grupo se le convertirá en una jauría y poco podrá enseñar a los escolares. Mejor caer algo serio al principio y no ser colega de los alumnos para no parecer un camarada y devenir un mal educador.

Todo profesor debe infundir conocimientos reales, valores morales y criterios lógicos. Para ello, y en mi experiencia, hay una serie de objetivos a alcanzar: el orden cívico en clase, el aprendizaje de lo esencial, la síntesis entre ello, y finalmente el esfuerzo personal en los valores. Veámoslos uno a uno en los próximos capítulos.

Este artículo forma parte de una serie titulada “Fracaso escolar o fracaso político“, a cargo de nuestro colaborador, David Rabadà.

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